‘Gorrinas y bellotas’, de las tertulias con Gundi y Ale

Aquel cochino verato cruzó el Tiétar por El Pozuelo, se pasó a El Arenal llegó hasta El Frontón y, al oír a los perros de Casagrande, torció con el Levante en el morro hasta llegar a El Espartero. De ahí, al Bünchen y, cruzando el carreterín, hasta Calabazas y el puente romano y allí, con los jamones doloridos por las navajas de quien lo había echado de Gredos, llegó hasta Navalcán, paraíso que apestaba a grullas, bellotas, huertas y hembras de cebo y montanera. No había gran rastro de jabalinas, aquello eran todas tierras de labor, pero se olía a libertad, a perdigón de “setima” y a ausencia de macarenos.

 

El Jala y el Cerralbeño eran dos novilleros, amigos, sobre todo, rivales en el ruedo y con una afición que se había visto poco desde el Cordobés. Su paisano Raúl Sánchez ya sonaba como figura, pero eso era otra historia. Las noches de luna eran difíciles, porque en su zona había poco ganado bueno, “Tacones”,  “Pichorronco” y poco más, y la Guardia Civil hacía pocas concesiones. Era la política de tolerancia cero del Caudillo. Los “cuatro latas” y los caballos de la Benemérita parecían tener alas en aquellas noches de luna y muletazos furtivos.

El gorrino verato acabó tras varios días, baruto y rochero, ante el paraíso de los jabalíes libres, que no era otra cosa que un montón de bellotas y media docena de cochinas ibéricas. Sólo había un problema: no podían o no querían subir la cuesta. Tras varios gruñidos y reclamos se decidió a bajar él mismo y, tras unos pocos de traspiés a oscuras, dio con su pellejo entre las gorrinas y las bellotas. Acabada la faena, puso rumbo al resto del mundo, pero aquella cuesta era un abismo y, con el cansancio, demasiado lance.

Fabriciano, Fabri para todo Navalcán, iba bien de mañana a echar de comer a las guarras, algo de pienso, muchas sobras, higos “pasiques” y toda la bellota posible para dar sabor a los jamones. Le había tocado de su abuelo una zajurda de las que llamaban “soterradas”, es decir, hechas en un agujero, en la tierra, más seguras, más fáciles de construir, más baratas y más fáciles de atender. Fabri se ensució los pantalones cuando, al inclinarse a vaciar el costal, un jabalí se le vino encima intentando morderle. El suelo de la zajurda estaba a casi dos metros por debajo de sus pies, aún así, cuando vio al jabalí saltar, se cagó. El gorrino verato reculó y, en un rincón del corral de la zajurda, se aplastó entre las guarras. Cuando el Jala se enteró, fue derechito a casa de Fabri y, desde allí, a la telefónica para mandar recado al Cerralbeño que, al día siguiente, estaba allí con los “trastos de matar”.

Una vez en el borde de la zajurda, separadas las cochinas y con el jabalí en el corral, plantearon la estrategia y desenfundaron los bártulos. Nada de florituras, había que ir a lo práctico. Nada se podía hacer en aquel suelo embarrado, sería casi imposible templar con un jabalí, nada de ética ni estética, no a los faroles ni a los adornos ni a los desplantes. Había que matarlo directamente. Así pues, ambos dos se tiraron a la zajurda con sendas muletas y estoques.

Diez minutos después, ya fuera de la zajurda, contemplaban sus muletas y estoques, sus alpargatas, sus pantalones, sus chaquetas y sus camisas, todo embarrado, en el fondo del corral, con el jabalí verato custodiándolo todo y contemplándoles, mientras que ambos, desnudos, en silencio, digerían vergüenzas…  

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