Las brumas del Duero: ‘Abantos’

R- Felipe Vegue

En muchos lugares de Castilla a los buitres les conocemos como ‘abantos’. Numerosos accidentes geográficos, y hasta un pueblo portugués, llevan este nombre, que siempre que oigo me hace dirigir la mirada hacia el cielo, contemplando como, en sus evoluciones, nada se les escapa a su aguda vista.

También se llama abanto, al avaricioso, al tragón y al acaparador que con ansias desmedidas atesora bienes y objetos, acreditando tener ojo largo y sin dar el callo, quedándose con el fruto del trabajo ajeno, todo basado en la rapidez con la que los abantos reducen y eliminan los cadáveres y carroña.

Los abantos eran venerados por un pueblo prerromano, los vacceos, convencidos de ser el medio ideal de elevar el alma de los muertos en glorioso combate a la vida de ultratumba. Claudio Elanio, autor romano, dijo sobre ellos que los que morían enfermos o cobardemente eran sus cuerpos ultrajados y entregados al fuego y sólo los valientes y aguerridos nobles eran entregados a los abantos, ya que estos animales eran sagrados. Forma sublime que puede horrorizar a nuestra moderna sociedad, aunque mejor esta solución y más ecológica que otras, como la incineración.

En la actualidad los supervivientes de antiguas y pobladas colonias siguen surcando el cielo en búsqueda de los cada vez más escasos alimentos, los muladares milenarios de los pueblos ya hace décadas que quedaron vacíos ante los inexistentes cadáveres de animales domésticos y la prohibición de dejar abandonados animales de ganadería, que nos trajo la alarma de las vacas locas, dejó sin apenas recursos a los abantos de nuestros cielo.

En Castilla existían muladares enormes con montones de restos de animales de todo tipo y condición, emblemáticos parajes donde el campesino entregaba a sus apreciadas bestias al mismo fin que a los guerreros valientes, los abantos. La llegada del ferrocarril transformó los miles de kilos de osamentas y despojos en un cotizado recurso para transformar en abono orgánico, y la histórica necesidad del campesino puso en venta cualquier recurso que reportara algún beneficio, destrozando una parte de la historia de nuestros ancestros rurales. Las osamentas de animales de toda condición se convirtieron en polvo orgánico para la campiña inglesa. Hoy en día, de haber existido estos lugares, serían objeto de devoción y protección oficial. En 1976 Diego López de Quintana abogaba por usar viejos huesos o huesos de mina en la agricultura, siendo segura la utilización y eliminación de miles y miles de toneladas de interesantes osamentas arqueológicas. Los especialistas y arqueólogos hoy en día denunciarían el caso y, a buen seguro, sienten el uso al que fueron destinadas.

La pérdida de los osarios fue inmensa, sólo durante cinco años una sola provincia, como Palencia, exportó miles de toneladas destinadas a la clarificación del refino azucarero y a compuestos, depósitos hoy en día desconocidos y situados en Los Melgares, Carrión de los Condes, Paredes de Nava, Palenzuela y Palencia capital. No he encontrado respuestas a cuando empezaron a formarse estos osarios, pero pensemos que era tal la cantidad de animales de labor año tras año y siglo tras siglo, que éstos debieron formar increíbles espacios llenos de huesos, tal y como hoy en día se acumulan las basuras en los depósitos de las urbes.

Hoy tienen pocas alternativas. La relativa abundancia de cazadores de rececho en la meseta ofrece unas pocas delicatessen a nuestros abantos; los restos de reses aviadas en recechos y aguardos, también en batidas, ayudan a paliar un poco la hambruna bestial que los atenaza y los furtivos – que haberlos, haylos– también dejan en el campo los cuerpos sin cabeza de unos cuantos ejemplares. Su instinto les lleva a seguir, casi invisibles, las andanzas del recechista y si éste es de los listillos, enseguida es delatado por mucho que intente disimular sus andanzas.

De esta forma, en algunas ocasiones, ellos me han enseñado el lugar de las andanzas furtivas del delincuente de turno; incluso ayudan en la recuperación de piezas heridas, cuando, al terminar la mañana, el cielo se puebla de animales evolucionando sobre algún punto, fijamente.

En este mes de parideras de corzas y ciervas, el hambre les está llevando a volar encima de las hembras en paridera, posándose cerca de ellas y comprobando como algunos restos de animales tenían síntomas de haber sido atacados estando vivos.

Este problema, de no atajarse, y pronto, es y será más dramático. Una solución es que los animales estabulados fueran depositados de nuevo en los muladares ya existentes y perfectamente habilitados, nunca incinerados en hornos y cementeras o enterrados sin provecho. Esto debe ser prioritario en las reclamaciones de nuestras asociaciones y entidades, nuestros animales domésticos, incluidos los perros de rehala, como guerreros caídos con honor, en combate, deberían tener el mismo fin, transformando su materia y elevarse hacia el infinito como hicieron con nuestros aguerridos antepasados.

La ganadería en extensivo está desapareciendo a una marcha increíble, ya casi no vemos rebaños ni animales aprovechando pastos; los salvajes siguen dando insuficiente aporte de materia para nuestros abantos; en nuestra sociedad, aumentan los animales domésticos y, en la mayoría de las ocasiones, su destino final es ignorado, entregado a servicios que no sabemos qué hacen con sus restos. Si tuviéramos lugares autorizados y específicos para ello, quizás muchos elegiríamos esta forma de vuelta a la naturaleza, que no es de ninguna manera tan mala y sí romántica, como es el ser utilizado para dar vida a otros seres.

Felipe Vegue

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