‘Tiempos de arreglos’, por Ernesto Navarrete

Se apagaron las caracolas y los perros descansan ahora sus aspeadas pezuñas. La luz de la tarde aporta aromas de primavera y a la noche le anteceden ocasos color bizcocho, cuando hace sólo unos días eran de un azul hielo que tornaba rápido a un negro frío.

Se retiraron los coches de las solanas y los cortijos volvieron a sus soledades eternas donde sólo rompe el tedio la visita obligada del vaquero o del pastor. Ya no merodean las ayudas monteras vigilando en amaneceres y atardeceres ni se carrilean las manchas apuntando pistas y cerrando gateras.

El campo reposará de los enredos monteros y las reses, como las olas, regresarán mansas a los abrigos del verde mar de jarales y encinares. Los cochinos, hartos ya de tanto pensamiento en sortear podencos, ocuparán sus tiempos en rehacer camas desechas por rehalas y podenqueros; las cochinas, por el contrario, ocuparán su tiempo en el arreglo de sus nidos donde los futuros verracos verán las primeras luces de su vida. Todo regresa a la calma, incluso el tiempo, que acababa su mejor rostro alejando sus ariscas heladas, regalando amaneceres cálidos y transparentes.

Por su parte, el tapete también se pone de arreglos. La hierba baja saca sus hilos al sol y éste, agradecido, les regala su verde más sedoso y charol. El vigor de la hierba nueva ahoga en color al pasto cenizo que aguantó quebradizo los ataques del invierno, derramando sus nutrientes al suelo con aquellas aguas de octubre. El matorral y el monte de cabeza acicalan ahora sus melenas, son tiempos de peluquería y las nuevas metidas del año tiñen a mechones femeninos la fronda adulta del madroño y de la encina.

Todo y todos hemos entrado en tiempos de composturas. Los capitanes de montería inician de nuevo la liga, barajando entre despachos y barras de cafeterías descartes y nuevas adquisiciones por nuevos desempeños. Los muleros, perreros, guías y postores mudan sus coletos y cierran los tratos de las nuevas pelas, corchas y oficios municipales a la espera de la nueva temporada, dándoles la espalda ahora a reses y cochinos.

Nosotros, los monteros, también mudamos de piel y entre que esperamos las jornadas corceras, retomamos las labores domésticas que habían quedado aparcadas por las exigencias del cuero. Son tiempos de repasar tejados y paredes, coser cercas y bachear los pozos de los carriles. Hay que arrimar la leña que quedó esparcida por la leñera debido a las prisas en los amaneceres de ayer; se inician las podas para guiar las encinas jóvenes, olivar higueras y almendros para que den fruto bueno en los venideros verano y otoño. La motosierra, los azadones y la cortahilo se vuelven ahora nuestras herramientas domingueras.

Y entre toda esta metamorfosis, el campo, en silencio. Un silencio que aprecio mucho, ya que la caza es algarabía, coches por el monte y gente por doquier, atentados al monte como yo digo. Por eso ahora, en este tiempo de cambio, valoro mucho este silencio de la mañana. Y mientras podo el limonero, herido por las heladas asesinas del pasado invierno y las tijeras de poda alivian de brazos muertos al pie que nos regala estas joyas amarillas cada primavera, un balido agudo y seco, casi imperceptible, me llega desde el barranco de La Negra¡Ya tenemos gabata nueva!, exclamo.

Da gusto morirse aquí. 

Por Ernesto Navarrete

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.