‘Relato de un macareno’, por Adri-BMA

Era una mañana de enero…, concretamente el 10 de enero del 2009, un año y un día que recordaré el resto de mis días, el día que decidí de forma firme convertirme en un profesional de los ungulados, de los suidos, del de la vista baja…, como lo queráis llamar.

El caso es que ese era nuestro día y no sé por qué muchos cazadores nos levantamos con esa sensación de que ese día es especial, que es nuestro…. que va a llegar nuestro momento, el día en que el animal que soñamos, que tanto hemos sudado y no encontramos, aparecerá por su querencia matutina, y que tantas y tantas jugadas nos ha ganado, tantas que, justo cuando vamos a desistir, vemos su silueta o simplemente su huella reciente y volvemos a ilusionarnos.

Pues veréis, amigos, ese día mi padre y yo decidimos hacer algo diferente, algo distinto, algo rompedor que en aquel lugar aún no se había practicado en aquel entonces, a pesar de que por muchos era conocido: decidimos ponernos en el puesto del río, ese tan mágico para nosotros, ese que nos ha dado tantas alegrías… media hora antes de que los perros salieran en sus remolques del pueblo…

Preparados con la ilusión propia de esa sensación previa de éxito, ese sexto sentido que tenemos los cazadores de corazón, ese escalofrío propio del nerviosismo, del temblor de piernas que nada tiene que ver con las frías temperaturas invernales, inapreciables debido al subidón de adrenalina permanente, mezclado con la esperanza que nos llega justo al situarnos en el puesto y cargar el rifle, pues bien, una vez apoyado el viejo Browning Bar 2 del 30-06, de repente veo una sombra a lo lejos que gira el bancal de aquella inmensa ladera, propia del paisaje de los Arribes del Duero, salvaje y casi virgen, ¡no lo podía creer!, ¡pero qué leches es eso!, ¡Dios mío de mi vida!

Avisé raudo, pero silencioso, a mi progenitor de que una bestia de casi doscientos kilos se dirigía hacia nosotros, tan tranquilla, después de sus quehaceres nocturnos y matutinos… ¡Jamás se me olvidará la frase de mi señor padre al encarar el rifle y observar a tremendo animal!: “Qué grande es, hijo mío! ¡Dios mío, qué grande!”, y estar quince segundos encarándolo con el fin de que llegara a la querencia y efectuar el disparo perfecto.

Pues bien, amigos, esos segundos eternos fueron como si se me helara la sangre y entrara en un estado absoluto de evasión, roto por el estruendo del Browning y viendo como el abuelo de los jabalíes, el señor de las laderas patuntas, blanco completamente como la cal debido a su vejez, tosco y grande como un mulo, caía en plancha con un tiro abismal, ¡soberbio!, en pleno codillo, con una explosión y una nube de polvo y olor a pólvora quemada, y observar como aquel inmenso animal que tantas batallas había librado y ganado nos entregaba su vida para, finalmente, hacer ademán de levantarse y caer abatido… señores, aquel momento fue único, sólo nuestro…, algo irrepetible y mágico.

Aquel día mi maestro abatió dos guarros más haciendo tres a la cuenta del día y obteniendo dos medallas que pasarán a la historia. Aquel puesto fue para nosotros como el mismo balcón del cielo y lo seguirá siendo hasta el fin de nuestros días sin que nadie sepa nunca qué sentimiento despertó en nosotros y que quedará enterrado en ese lugar poblado de zarzas y olivos donde parte de nuestras almas quedaron allí, en aquel río entre montañas…

Autor: Adri-BMA /www.facebook.com/Cinegetics/

Foto: Adri-BMA 

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