Alamillo: el pueblo con más armas de caza de España

Una decena de cañones apuntan al objetivo de la cámara: escopetas semiautomáticas y paralelas y rifles de varios calibres, básicamente. “Las tenéis descargadas, ¿verdad?”, pregunta varias veces mientras dispara el único en la escena que va desarmado, el fotógrafo, cuyo rostro queda a escasos centímetros de las bocas de fuego. “A la de tres, apretamos el gatillo”, bromea uno de ellos, publica elmundo.es.

Cándido, en el centro de la imagen, en primer plano, le está apuntando con un rifle Browing calibre 30-06, lo que, para los poco duchos en armamento, significa que dispara balas de gran calibre a una velocidad de unos 800 metros por segundo y es ideal para abatir los ciervos y jabalíes que abundan en la zona, caza mayor. En casa, Cándido tiene otras dos escopetas, más usadas en la caza menor, perdices y liebres sobre todo. Posee tres armas en total.

A su derecha está Ana, de 20 años, la más joven y la única mujer en esta estampa pero no la única fémina con armas en el pueblo. Ana suele usar alguna de las cinco escopetas y rifles que tiene su padre, pero no se los ha traído consigo, por lo que empuña la Faba que le ha prestado Andrés, situado a su derecha. El arsenal armamentístico de Andrés lo componen tres escopetas y un rifle: cuatro armas en total.

Estamos en la plaza de la Constitución de Alamillo (Ciudad Real), último viaje de esta serie de «la España exagerada» que nos trae el pueblo más armado de España. El dato lo facilita el servicio de control de armas de la Guardia Civil: Alamillo tiene 528 habitantes y 269 licencias de armas, lo que en proporción al número de vecinos supone un porcentaje del 50,94%. [A Alamillo le precedían en la lista cuatro localidades, pero éstas tienen un padrón muy corto, tanto que consideramos que carecían de representatividad estadística: La Zoma (Teruel), 16 habitantes y 10 licencias de armas (62,5%); Alpeñes (Teruel), 23 habitantes y 13 licencias; Sant Jaume de Frontanya (Barcelona), 27-15, y La Cierva (Cuenca), 39-20].

Los vecinos de Alamillo disponen de 269 licencias para escopetas y rifles, pero cada permiso los habilita para tener cinco armas y son muchos los que alcanzan este cupo. “Mínimo tenemos dos o tres por cabeza; entre escopetas y rifles, seguro. Y quizás nos quedemos cortos”, dice Juan Pedro, 45 años y con cuatro armas en casa. Tendría ocho o nueve años, cree recordar, cuando comenzó a ir a cazar con su padre, Genaro, también presente en este encuentro. La siguiente generación de su familia, representada por los nietos de Genaro parece aún más precoz: “A las mellizas [siete años] les gusta mucho la caza, siempre se pelean por ir las dos con el abuelo, así que se sortean a ver a quién le toca”, cuenta Juan Pedro.

Los niños de Alamillo, explican, se instruyen en el arte de disparar con escopetas de aire comprimido que usan balines, las mismas que se ven en los puestos de feria. Y comienzan a empuñar armas con 14 años, edad a la que un menor puede tener licencia para usar una escopeta y abatir animales siempre que vaya acompañado de un adulto también con licencia. En el caso de los rifles, la edad se eleva a los 16. Ana, la chica cazadora, ya seguía el rifle de su padre por el monte con siete años, comenzó a disparar “con ocho o nueve” y se hizo “novia”, como se conoce en el argot cinegético al bautismo de cobrarse la primera pieza, con 14. “Maté una guarra”, dice refiriéndose a una jabalina.

Cinco armas por licencia

Decíamos que en Alamillo disponen de un total de 269 licencias de armas y que, según los cálculos más conservadores que los propios alamillenses facilitan, su ratio es de dos o tres armas por licencia. Multiplicado el número de licencias por una media 2,5 supondrían 672 armas, 1,3 por cada vecino. La media nacional es 26 veces inferior: en España hay 2.702.097 armas registradas -datos de septiembre de 2016-, lo que supone un arma por cada 17 habitantes. La mayoría son escopetas como las de Alamillo.

“Lo primero es que el arma, fuera del puesto de caza, tiene que estar descargada –explica Juan Pedro con tono grave cuando preguntamos por las normas de seguridad que requiere manejar un rifle o una escopeta–. El arma tiene que llegar al puesto enfundada y descargada y salir de allí descargada y enfundada. Además, el seguro siempre puesto; y cuando tienes el arma en las manos nunca apuntas a nadie, al cielo o al suelo”.

“Siempre descargada porque te puedes caer, por ejemplo y tener un accidente –lo secunda David, 28 años, teniente alcalde de Alamillo, ingeniero industrial y cazador, quien tiene un rifle y una escopeta a su nombre–. Es lo que le sucedió a mi abuelo. Tenía una escopeta de dos cañones, mató una perdiz y se le olvidó que le quedaba un tiro y se cayó y perdió un brazo”.

Aparte de este incidente, no recuerdan los presentes siniestros de mayor envergadura en el pueblo en el que estén implicadas las armas pese a que todos los fines de semana salen una media de 120 armas al campo. “Nadie ha muerto de un disparo aquí, y toco madera”, dice Juan Pedro. “Es difícil que la gente que conocemos de verdad la caza tengamos un accidente. Otra cosa son los llamados ‘cazadores del Corte Inglés’, los que se compran el traje de cazador y se vienen sin saber de caza. Ahí es donde vienen los problemas”, añade, apuntando directamente su crítica al turismo cinegético.

El pueblo –ubicado al sureste de la provincia de Ciudad Real, limítrofe con Badajoz y Córdoba– posee más de 3.000 hectáreas de cotos de caza, el equivalente a 3.000 veces el Santiago Bernabéu. Muy cerca están además fincas muy importantes como La Perdiguera –dos mil y pico hectáreas de la familia March–, Valdehernando, Mochuelo o Castilsedas… La zona es, por tanto, centro de peregrinaje de cazadores de fuera que pagan desde 100 euros por un puesto en una de las monterías más modestas a 6.000 en una de postín.

Y todo para que muchas jornadas ni siquiera se apriete el gatillo. “Y el día que más cabreado vienes porque no has tirado ni una vez, más ganas tienes de volver al día siguiente”, dice para explicar la adicción que produce la caza Gregorio, 72 años, ya jubilado, quien llega tarde a la entrevista porque viene de tirar perdices en un coto de Córdoba. “Dos he traído, las dos que he tirado”, dice alabando su buena puntería, lamentando la escasez de piezas y recordando aquellas cacerías, hace 40 años, en las que se batían 500 perdices. Entonces sí que se oían las armas en Alamillo.

Publicado en elmundo.es.

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