El Rey del monte…

Destila el viejo terruño tibios aromas, añejos, de la memoria perdida. Huele a mosto, que rezuma en el lagar, a pan tierno en la tahona, a la leña de sarmiento que crepita en el fogón, al calostro y la cuajada en el aprisco… huele a lluvia, huele a otoño, huele… a vida.

 

 

Y en las entrañas del monte, la savia que se renueva hace rebullir la sangre y un nuevo ciclo comienza. Desciende el rey, desde su trono de umbría. Convocado al aquelarre por su ancestral instinto, ostenta con orgullo su corona reclamando su derecho de sangre. Y el montuno murmullo silencioso del ocaso, muda en trueno y en quejío que estremece. Se escandaliza el sosiego y estalla y se quiebra el tiempo. Se puebla el aire de espasmos y alborozos que predisponen las carnes al alboroque…

 

El fragor desbocado de la tormenta se desata, rasga el cielo el frío brillo de los puñales, fluyen, candentes, el miedo y la sangre… Es tiempo de petulancias, el rey no se arredra; es tiempo de vida y muerte… tiempo de berrea.

 

Poder.

Su estampa es el fiel retrato de su poder. Su sabio instinto, grabado a fuego en sus genes por el propio Cronos, le confiere la fuerza de Hércules para fecundar a Gea y perpetuarse en el tiempo.

Y no dudará en exhalar hasta el último aliento para alcanzar su destino, aunque la vida le vaya en ello…

Dueño absoluto del harén de las huríes, defenderá sus derechos de sangre, y sus placeres, en combate singular, y tenaz, que le conduzca a la inmortalidad… o la muerte.

 

Y sembrará la tierra de una estirpe de reyes con su nombre grabado en sus entrañas. 

Será eterno su recuerdo desde la cuerda al sopié, en solanas y en umbrías, por trochas y  por cortaderos… 

 

Poblará el monte, su porte y su figura, de sueños y soñadores, de avezados ilusos que querrán desafiar su poder y robarle, en buena lid, su hermosura. 

Y será dios, en el tránsito, venerado en los altares venatorios… Es tiempo de berrea…

 

La Batalla.

Se tiñe de rojo y sombra la hojarasca revoltosa… Crestea la luna pálida y adormilada por la cuerda de levante. Taramea el aladierno y se doblega el madroño, se mecen sinuosos los jarales y el lentisco con la brisa del ocaso. 

 

Tímida, la noche, se abre paso con su manto de silencio… Camino de su remanso, atrochando la espesura, el rey busca su embeleso. Encelado en el almizcle, aroma de diosa Venus, reclama su dulce goce.

 

Pero surge de las sombras otro rey con sus derechos. Un grito desgarrador, que alborota las estrella incipientes, hiela la sangre en las venas. Dos fuerzas intempestivas se provocan y se encuentran. 

 

Rasgan el aire luchaderas y candiles, hunden sus palmas en lo profundo, cruje el viento con sus embates… brota la sangre  y el miedo. Al final de la batalla… sólo uno obtendrá el laurel de la victoria, el premio placentero que en la paz deje su alma… y su cuerpo derrotado. 

 

Los placeres.

La noche se hace dueña de la vida. Su negrura se enturbia al compás de berridos placenteros y delirios amorosos de la carne… que sosiegan el ardor de la sangre. 

 

Berrea el señor del monte y se espelitra la alondra, se espantan los gavilanes y se ablientan los cuclillos

Los jóvenes bufones de la corte remolonean migajas, cortejan oliscando, en vano intento por conquistarlos, los fértiles santuarios de la vida para posar su simiente… Pero el rey acecha. Nadie osa, sin sufrir el filo de sus puñales, hurtarle sus placeres.

 

Las exóticas huríes regodean sus encantos… y la atávica, ardorosa, voz de la sangre, se recrea en aquelarre gozoso de gustosos regocijos… y disfrutes.

 

Es tiempo de berrea…  Momento único, irrepetible, de ejercer su potestad, su derecho inalienable a sembrar su semilla, a conjurarse con el mágico espíritu del monte y poblar sus reinos de esperanzas…

Es el tiempo, ahora… del dueño y señor del monte.

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