Tres de los cinco grandes… (Segunda parte)

355 - Tres de los cinco grandes (1)

En el tercer día , con el que se inicia esta segunda parte, el peligro ronda en la oscuridad. Surgen dudas sobre el éxito, aunque se cuenta con la confianza suficiente para seguir, por el convencimiento de que se tienen los medios para alcanzar los objetivos. Eso sí, en algunos momentos la tensión se palpa… En un instante, todo se puede venir abajo o… alcanzar la gloria.

Deducimos por las huellas-excrementos que estuvieron allí. Bebieron y se fueron. El pistero principal, David, hace un agujero en el suelo con las manos, a menos de tres metros de la charca. Acerca su boca y bebe con avidez… Zacarías, jefe del personal indígena de la expedición, expistero de edad desconocida y que actualmente se encarga de la intendencia, me da una botella de agua de Zambia helada. Me sabe a champán.

Vista la dirección que toman los elefantes tras el baño, los seguimos. A la media hora, vemos que han abandonado la concesión hace horas… Empiezan las especulaciones de si se trata de la misma manada, de dos distintas o de tres manadas que a veces se dividen y se juntan… Todos opinamos, sin sentido la mayoría de veces.

Cogemos la pickup y… al campamento a por sándwiches, bebida y siesta. A las 16:00 horas empieza de nuevo la carrera hacia los elefantes. A ver si entran… Otra vez un buen grupo de pisteros queda en el límite de las concesiones con sus radioteléfonos en marcha. Nosotros, con la pickup, aparcamos en el mismo límite. Hay muchos mosquitos. Flit, más mosquitos. Se va acabando el día (es invierno aquí, y a las 18:00 h. anochece…). Ya estamos desesperados y… ¡Alerta!, nos avisan los pisteros de que una manada se desplaza paralela a la carretera del límite de las dos concesiones, en dirección sur (al lago) y que están a punto de entrar en nuestra área. Es también negra la noche. Montamos las armas, las linternas y nos acercamos con la pickup a oscuras hasta el lugar donde están los pisteros acechando a los elefantes. Hoy es luna nueva. Los poblados no tienen luz. La noche es horriblemente oscura. Carretera arriba, en paralelo – a donde dicen– van los elefantes, nos vamos desplazando todos. Por delante, tres pisteros con los dos PH’s (élite que no se junta con los cazadores). Detrás Joan y yo con el ‘fiscal’, que es quien nos informa de la marcha de los paquidermos que, curiosamente, él oye, e incluso parece ser que los ve… Pedro saca de la mochila, un aparato de visión nocturna que anda mal de pilas. A este privilegiado instrumento, sólo pueden acceder el mismo Pedro, Santiago y David, el pistero mayor.

Joan y yo tropezamos cada dos por tres mientras carreteamos con los rifles, las linternas frontales y de bolsillo, los prismáticos, balas de repuesto… a través del polvo del camino. Allí las linternas son de recurso. No se enciende una ni por casualidad. En un momento dado, empezamos a oír a los animales hasta Joan y yo. Se me acerca Santiago y me explica cómo me he de colocar para disparar (¿?). Me informa que, antes de que dispare, él tiene que evaluar el trofeo…

355 - Tres de los cinco grandes (2)
La vida de los locales es muy dura y la población es bastante joven.

¡No se ve nada de nada! Finalmente, parece que hay que esperar a que penetre toda la manada en nuestra concesión para decidir si disparar o no. Quizá con el aparato del demonio que tiene Pedro, los elefantes se ven… Por fin, desde el principio de la cadena, nos informan que los elefantes ya han entrado en la concesión (era mentira). Montamos en el coche y, a poca distancia, nos encontramos inmersos en una inmensa nube de polvo. ¡Allí están, en la carretera! No vemos ni uno… Seguimos la nube de polvo y vamos fareando sin ver nada. Seguimos carretera abajo, cruzamos un poblado y tomamos la dirección paralela al lago, en dirección a nuestro fly camp. Esperamos que,de un momento a otro, vayan a beber al lago y nos crucemos con ellos (llevamos direcciones confluyentes).

De pronto, los oímos chapoteando dentro del lago. Hacen un ruido tremendo. Bajamos del coche y montamos de nuevo el armamento. Nos ponemos a caminar por delante de la pickup

A escasos metros, los hipopótamos van chapoteando y bramando. A la derecha, un poco más allá, los elefantes chapotean y barritan. No vemos nada de nada. De pronto, se oye cruzar por delante a los elefantes. Estamos en mitad de un camino, con taludes a derecha e izquierda. Si vienen hacia nosotros, vamos a quedar planchados como sellos de correos. Joan, que va medio paso delante, me pregunta: «No te parece que esto es extremadamente peligroso?». Le contesto: «¡A mí no me parece que pueda serlo más aún!».

A todo esto, Santiago planta el trípode y me avisa de que voy a disparar. Encienden las linternas todos a una y no se ve más que polvo. En un instante se ve desaparecer por las cañas, el trasero de una hembra con una cría. Todos vamos con los rifles montados. Si aparece un elefante o un hipopótamo, alguien quedará aplastado. El peligro es total. A todo esto, son poco más de las 22:00 horas y, de pronto, empiezan a pasar coches –tres– por un lugar en el que esto es una absoluta rareza. En un momento dado, a Santiago le entra un ramalazo de responsabilidad. Nos obliga a desmontar las armas y a que subamos al coche. Vamos al campamento. Llegamos a las 23:00 horas. Cenamos y a dormir. ¡Vaya nochecita de sorpresas y sustos!

 

31-08-2013. Día 4

Hoy hemos madrugado. Tomamos el café y rápidamente nos hemos desplazado hasta el lugar donde dejamos los elefantes la noche anterior, para ver si se han ido o no de la concesión. Efectivamente, lo han hecho. Hemos aprovechado la mañana para ir a revisar los cebos del leopardo. Hemos comprado dos cabras. Aquí esto se demora horas conversando. Una de ellas la hemos utilizado para sustituir al facochero. La otra la hemos dejado en reserva.

355 - Tres de los cinco grandes (3)
Hembra de kudu abatida por el grupo.

Los ánimos andan bajos y Santiago decide levantar el campo y volver a Kawanda Camp. ¿El motivo…?, esperar a que las grandes manadas de elefantes, penetren en la concesión y se queden, definitivamente, para una temporada larga… Volvemos con la lancha y aprovechamos el viaje para explorar tres bahías en busca del hipopótamo. Las zonas que exploramos están llenas de capí, estas hierbas que flotan sobre el agua, cubriendo grandes extensiones y que encima de ellas salen otras hierbas saprofitas. Hemos avistado unos cuantos ejemplares que no han sido del agrado de Santiago.

Llegamos finalmente a Kawanda Camp. Hemos comido ligero y decidido ducharnos y tomar la tarde de descanso para descansar. Santiago ha ido a cambiar los cebos de leopardo y a poner nuevos.

Pedro ha recibido un encargo: la esposa de un dirigente local de la ciudad de Zumbo, en la frontera con Zambia, le ha pedido que le cace un gran kudu para celebrar una comida. Ha salido para cumplir con este objetivo, sin suerte. No cazó el gran kudu, pero sí una perdiz para la despensa. Hemos cenado y a la cama.

 

1-09-2013. Día 5

Estamos pendientes de los elefantes. A ver si de una vez por todas hacen ‘casa’ en nuestra concesión. Nos levantamos a las 06:00 horas con la idea de cazar el hipopótamo. Hemos abordado una bahía magnífica. David, el pistero, nos ha mostrado un montón de lugares por donde entran y salen estos animales. Vemos cocodrilos en grandes cantidades y Santiago nos ofrece la posibilidad de abatir buenos ejemplares. Rehusamos. «Ésta es una cacería de elefante, leopardo e hipopótamo», insistimos. Hemos visto hipos, pero ninguno del gusto de Santiago. Revisamos los cebos que ayer puso: los leopardos no se han acercado…

355 - Tres de los cinco grandes (4)
Los niños de los pueblos de la zona de caza celebran la llegada de los cazadores.

Montados en la pickup íbamos comentando que era un día raro, uno de aquellos en los que no ves ni pájaros, que las vacas se tumban al suelo a descansar, que no se mueve ni una hoja de un árbol… De pronto, ¡aparece una hembra de gran kudu delante del coche! De un salto, sacamos los rifles Pedro y yo. Disparamos al unísono. El animal cayó fulminado. Una sola bala tenía… la mía… un tiro atravesado, de codillo alto, justo donde creo que le alcancé. Ya tenemos carne para la señora de Zumbo y tripas para cebar al leopardo. Lo llevamos a la sala de despiece de Kawanda Camp. ¡Más de 220 kilos!

 

Hemos ido al campamento a comer y… ¡a por el hipo! Hoy, ni siesta. Con la lancha nos desplazamos lago abajo, hacia el oeste y un par de incursiones por sendas bahías llenas de capí. Desembarcamos en una zona pantanosa, cargamos al cuello cachivaches y botas… Por el camino hemos visto unos gansos que nos hubieran venido de perlas para la cena. Les hemos tirado un montón de veces, con éxito esquivo.A última hora, hemos avistado una manada de más de doce hipopótamos. Un cocodrilo nos ha cruzado por delante, a escasa distancia. Estuvimos más de una hora con los prismáticos en la mano, por ver si había un ejemplar extraordinario. No hubo suerte.

Hemos vuelto de noche al campamento. Después de un soberbio aperitivo, cenamos como reyes. Nos tenían preparadas unas brasas, donde Pedro ha asado unos T-bone steack’s zambianos. Sal en escamas, aceite de oliva andaluz y un caldo sudafricano exquisito. Mañana será otro día…

 

2-09-2013. Día 6

Hoy nos hemos levantado a las 06:00. Pedro no podrá venir con nosotros de caza: tiene que llevar la carne de la hembra de gran kudu, en unas cajas, a Zambo, para la esposa del gobernador. Ha tenido un día muy duro. La noche pasada hubo una ventisca que ha generado un oleaje potente en el lago. A medio camino de Zumbo han encontrado olas de más de tres metros. El agua les entraba por todas partes. Él y su ayudante iban con la ropa empapada. Tenían agua hasta las rodillas. La bomba de achicar no daba abasto. A trancas y barrancas han llegado a destino. Un mal viaje. Al llegar allí, con unos 200 kilos de carne, han ido directamente al lugar donde había que celebrar la fiesta. Les ha recibido la esposa del gobernador, que les ha pedido que una de las cajas (de 60 kilos) la llevaran directamente a su casa. El resto, para la fiesta…

Han comprado cervezas, agua y lo que faltaba en el campamento. Han ido a comprar gasolina para las lanchas, y no había. Han ido a gasolineras, casas particulares… ¡sin éxito! ¡No hay hoy gasolina en Zambia! Esta situación se repite con frecuencia, hay problemas con la distribución. Finalmente pudieron adquirir 40 litros –insuficientes– del estraperlo. De los 40 pagados, les han servido 36 y al precio de 4 dólares, el doble del precio de mercado.

Bien, vamos a lo que nos interesa. Al alba hemos desayunado. Mientras estábamos charlando en la mesa, un grito de Pedro me ha hecho dar un brinco. Un escorpión negro y pequeño se paseaba por encima de los pelos de mi antebrazo derecho. Lo hemos podido abatir sin lesiones complementarias.

Hemos cargado el coche y hemos salido con la idea de comer en el campo. Pista y polvo. Necesitábamos dos babuinos para poner de cebo del leopardo. Nadie quería abatirlos. Finalmente, lo hice yo después de poner mil inconvenientes. Les conté que en Zimbabwe cacé un babuino ladrón de graneros y me dio muy mal rollo verle las manos, parecían de alguien de la familia. Santiago nos contó su percepción sobre la perversidad de esta especie. Dice que roban niños de los poblados, y se los comen ¡vivos! Son de las pocas especies animales capaces de realizar esta horrible práctica. He cazado un gran macho y una hembra. Con estos cadáveres, y las tripas y piel de la hembra de gran kudu, hemos ido a sustituir los cebos del leopardo…

355 - Tres de los cinco grandes (6)
Los hipopótamos son muy peligrosos. Es el animal que más mortalidad causa.

Nos hemos encontrado con una gran variedad de animales. Diversos bushbuck, impalas, dos hembras de facochero, un montón de cocodrilos, alguno de ellos, enorme, quizá de 4,5 metros… Micos de todas formas, tamaños y maneras, pájaros grandes y pequeños, gansos de Guinea, perdices…

Hemos ido a cazar hipopótamos (ya en el sexto día y ninguno de los objetivos de caza cumplidos). Hemos visto un montón de ellos, los hemos acechado, cercado, observado… pero ninguno fue del agrado de Santiago. Hemos atravesado descalzos una zona anegada, sin enganchar ninguna sanguijuela ni ser comidos por los cocodrilos…

Mientras andábamos de este rollo, hemos visto en la lejanía como unas 18 o 20 personas estaban despellejando un hipopótamo en la ribera del lago. Nuestro ‘fiscal’, Aarón (guarda, game scott), ha ido corriendo al lugar para ver si se trataba de furtivos. Finalmente, también nosotros nos hemos acercado, en solidaridad con el ‘fiscal’. La carne estaba putrefacta y aún así, cada uno se llevaba su porción a casa. El discurso final ha sido que se trataba de un macho muerto hacía días, tras una reyerta con otro macho. Quién sabe… Sólo dejaron los huesos de la cabeza. El resto, desapareció. Luego nos hemos detenido en un poblado para el almuerzo. Hemos buscado los sándwiches, sin éxito. Raúl, el cocinero, no los ha puesto. Chino chano… hemos ido al campamento. Raúl preparó comida de desagravio.

Mientras escribo las notas de campo, estamos tomando el aperitivo. Pedro, que ya ha vuelto de Zumbo, ha tenido un percance al salir de la ducha: mientras caminaba cerca de su habitación descalzo, le pasó una serpiente amarilla con pintas negras por encima de los pies. Los cocineros la han abatido con un par de escobazos. Ha quedado de cuerpo presente. Vaya día de alimañas… Si tuviéramos Internet, intentaríamos saber si se trata de una serpiente venenosa o no. Ahora nos quedamos con la duda…

355 - Tres de los cinco grandes (7)
Tanto los cazadores como los locales celebran el abate del hipopótamo. Los primeros por lograr un gran trofeo y, los segundos, por conseguir conseguir carne gratis.

Hoy había una invasión de mosca tse tse. Cada vez que atravesabas un poblado (y hay más de diez dentro de la concesión) una nube de ellas se apalancaba en la caja de la pickup. Se colocan encima de la piel de las personas y de la ropa. No es infrecuente que se coloquen entre la piel y la ropa, y vayan ascendiendo. Frecuentemente pican. Son molestas y asquerosas.

Joan está traspuesto. Nadie habla de la caza del elefante y todo el mundo piensa en ella. Joan pregunta y Santiago y Pedro contestan con ambigüedades. Los PH’s parece que no quieren compartir sus quimeras, pero el caso es que van pasando los días y los elefantes no aparecen donde ‘deben’ de estar…

El temporal ‘del mar’ del lago se ha calmado con la puesta de sol que nos ha regalado la naturaleza. ¡Fantástica! No hago más fotos porque la nieblina impide plasmar el regalo para los ojos que estamos viviendo.

Además (hoy sí las hay) de una cerveza de Zambia marca Castle, fría, fría, nos acaba de traer unas palomitas de maíz excelentes. Estamos bien aposentados y hablando de cosas y más cosas.

Se está bien. No hay Internet (Joan está que trina por no saber nada de cómo anda la Bolsa). No hay teléfono ni luz. Un grupo electrógeno ayuda algo a confeccionar el hielo y a cargar las baterías. Raúl cocina con leña, como era de esperar.

El ruido de las olas del lago acompaña… Hemos estado cazando, nos hemos cansado, nos hemos podido duchar con agua caliente. Tenemos al lado un gin & tonic, excelentes destilados irlandeses, comida adecuada y selecta. Quizá esto sea el cielo de los musulmanes…

Ahora ya se han confabulado todas las estrellas del mundo en una cúpula inmensa. Aquí no hay ninguna luz que deslumbre el cielo. Estrellas, nebulosas, dan el aspecto de un casco inalcanzable.

Cenamos ensalada de tomate con cebolla. Pollo de supermercado (pero más sabroso que el que hay al lado de casa), patatas fritas, pasta con bacon, y verduras guisadas, restos del desagravio del mediodía.

Hemos escuchado música chill out de un restaurante de Marraquech y hemos hablado mucho. Hemos estado…

 

3-09-2013. Día 7

Está el cielo tapado y hace ‘mala mar’ o ‘mal lago’. Hay grandes olas cuyo ruido ensordece la noche africana.

Mientras desayunábamos, ha llegado Zacarías (jefe de todos los personajes de color del campamento). Nos informa que tienen avistado un grupo grande de hipos. De noche, envió a dos pisteros con sendos radioteléfonos. Son más de diez y están a pocos kilómetros a poniente, tocando al lago.

Hemos montado en la lancha. ¡Dios mío, qué maldito viaje! Olas monstruosas y la embarcación volando y realizando caídas espectaculares. Cada una de ellas parecía el fin. Salpicaduras y jarras de agua por encima… Hemos desembarcado cerca de un poblado al que hemos dado la vuelta. Curiosamente, las cercanías del poblado están plagadas de pisadas de hipopótamo. Las hay por todas partes. No me puedo ni imaginar el peligro a que se ven sometidas todas estas personas, fundamentalmente los niños. Hemos atravesado un río de aguas sulfurosas con su penetrante olor. Hemos visto infinidad de cocodrilos. Ningún hipo. De vuelta, nos hemos acercado a un cebo de leopardo. Vuelta con la lancha en el lago embravecido… y a Kawanda Camp.

Llegamos al campamento y todo el mundo está agitado. ¡Noticias de los elefantes! Han entrado en la concesión, han bebido y se han refugiado en unas montañas del interior de nuestra área. Esto parece ser nuevo.

355 - Tres de los cinco grandes (8)
«Esta noche, más de 1.500 kilos de carne saciarán el apetito en muchas cabañas. Dentro de nueve meses muchos niños se llamarán Joan…».

Hemos realizado una frugal pitanza y hemos partido hacia el fly camp. Hace un temporal de miedo en el Cahora Bassa y no podemos hacer uso del barco grande. No hay suficiente gasolina. Joan y Pedro se han ido con el bote mediano hacia el oeste. Santiago y yo hemos elegido, por puro miedo, la incomodidad de la pickup y hemos hecho un viaje de dos horas y diez minutos. Hemos volado por las caóticas carreteras de Mozambique. Mucho calor, mucha mosca tse tse y… quizá por ser mediodía, ningún animal. Al llegar, cuenta Joan que han navegado fantásticamente bien y han tardado justo la mitad del tiempo. De hecho, han llegado un poco más tarde, debido a que no han podido atracar en nuestra playa y, como nos han explicado en un aparte, han estado haciendo entradas a los hipos… Tampoco hoy han visto al big one.

A las 16:15 salimos a la búsqueda y captura del elefante. De nuevo. Cogemos dirección oeste paralelos al lago, hasta el límite de la concesión. Una hora. Después giramos hacia el norte entre ambas concesiones durante unos 35 minutos. Por el camino, vamos dejando pisteros con su radioteléfono. Finalmente, Santiago, Joan, Pedro y yo, nos aposentamos en una montañita a 300 metros de la carretera. En un lugar resguardado del aire para que no nos olfateen los elefantes, y con buena visibilidad (mientras era de día, claro). Todo ello para tener un buen campo de visión… Sacó Pedro todo el material de nocturnidad con parte de sus baterías enganchadas en el interior de sus recipientes y sin funcionar.

A mi miserable manera de entender la cacería, escoger un lugar en aquella inmensa tierra, pretender que pasen los elefantes por delante y a tiro, como si fuera la feria, ver si hay uno que es el mejor y que cumple las expectativas de los colmillos, disparar en la oscuridad más oscura, que se quede tieso en el lugar del disparo, hacer las fotos y cantar «We are the champions!», tiene una posibilidad de ser real, de menos del 0,1%.

La 18:00 horas, las 19:00, las 20:00… Las emisoras sacan humo de lo que llegan a hablar. Nadie ve ningún elefante… Abandonamos las posturas y nos desplazamos al norte de la concesión. Al llegar a un poblado nos encontramos toda la población despierta y todo el mundo hablando. Nos explican que una manada de elefantes ha entrado a la plantación de plátanos del poblado y se ha puesto a comer. Los oriundos les han disparado un tiro… Allí están también otros tres ‘fiscales’, uno de la reserva contigua y dos que el gobierno ha enviado para proteger las cosechas. Éstos también les han disparado –dos tiros– con sus rifles. El guirigay es de órdago. Todo el mundo grita. Los indígenas, los fiscales, los profesionales… Se pasan un buen rato tratando de sacar conclusiones. Cada cual dice la suya y nadie se cree lo que dice el vecino. El nivel de confianza es muy pobre.

De cualquier manera, hay que tener en cuenta un conjunto de cosas. Los indígenas en general, como ya he dicho, creen que la labor del hombre blanco es buena o muy buena. Les espanta las fieras y les proporciona carne y cosas de vez en cuando. De hecho, y como ya se contó, pasear con el coche por los poblados es como si pasara la cabalgata de los Reyes Magos por nuestras ciudades. Los niños dicen bye bye y saludan con la mano plana agitándola de derecha a izquierda.

Nos cuenta Pedro de sus cacerías en el Camerún (yo no sé si ocurre aquí lo mismo) que no hay manera de que los indígenas se crean que la tierra es redonda. Contestan con una contundencia indiscutible: «¡Parece mentira que digas estas cosas…!», que ellos cuando caminan no se caen y que, si caminaran sobre una bola, caerían. Otro tanto ocurre con las estrellas del cielo. «¿Cómo se te ocurre decir que son astros de fuego…? Si todo el mundo sabe que son luces». Y no les sacas de su bola…

Están todo el día fumando. Como sus abuelos, fuman tabaco, hierba y ‘hierbas diversas’. Envuelven los cigarrillos con cualquier papel. Obviamente, nadie posee papel de fumar. Fabrican un orujo de arroz con el que pillan unas borracheras de órdago. A todas horas. Las pocas personas adultas, las que más. Es habitual cruzarte por los caminos con hombres y mujeres que apenas se sostienen de pie. Los hombres, además de fumar, beben continuamente un líquido de aspecto entre lechoso y sucio. También nuestros pisteros y personal de campo… Se trata de una ‘viagra’ que fabrican con raíces de plantas, y que toman en cantidades considerables. Incluso los muy jóvenes. Preocupa mucho este problema por allá…

Bien, vamos a la caza. Entra ahora un nuevo discurso que merece toda clase de opiniones: ¿existe una manada de elefantes que entra y sale?, ¿existen dos?, ¿tres? Al final todo el mundo concluye que hay tres… A las 22:00 horas volvemos al fly camp a cenar y dormir. Raúl nos preparó ensalada, pollo frito y patatas fritas. Plátanos de postre, de estos que gustan a los elefantes… Mañana habrá que levantarse pronto para evaluar si los elefantes se han asustado con los disparos o no.

Una noche larga en la tienda. Se levantó viento que enfureció el agua del lago. Entre ruidos… pasamos la noche.

 

4-09-2013. Día 8

Ya estamos en el día de en medio. Aún no hemos cazado ninguno de los tres animales que nos han traído hasta aquí. Es todavía de noche cuando salimos, vamos dejando pisteros en lugares ‘estratégicos’ (?), y llegamos al final de la concesión. ¡No han entrado los elefantes! Mala suerte. Los dos PH’s hacen evidentes sus diferencias, que no esconden. Aparece una cierta tensión (más en unos que en otros). Lo de los elefantes que entran poquito a poco en la concesión y luego se quedan a pensión completa, ya no es una verdad incuestionable. Dudas y más dudas.

Vamos a los poblados a comprar cabras para cebo. Las cargamos en la pickup. Uno de los pisteros ata una al sillín de detrás de una bici y hace más de cuatro km con ella, hasta el cebo de un leopardo. Hago decenas de fotos a niños y –pocos– adultos. Días atrás Santiago prometió caramelos a los niños de un poblado. Por la noche, todos vestidos de fiesta, le piden cantando a Santiago: «¡Señor blanco, danos caramelos!», en su lengua. La canción, por repetitiva y chillona, resulta agradable. Los niños saltan. Todo un espectáculo.

355 - Tres de los cinco grandes (9)
Excelente primer plano del gran hipopótamo abatido por Joan.

A todo esto, cabizbajos decidimos ir a comer. Cuando vamos recogiendo a los pisteros, David nos comunica que han localizado buenos hipos. Con toda la liturgia del mundo –como siempre– montamos las armas. Ponemos una bala en la recámara. Seguro puesto. Cogemos el trípode. Una mochila con agua, coca-colas y comida. ¡A por el hipo! En el camino tenemos que atravesar un espacio inundado. Nos sacamos botas y calcetines (ya le hemos pillado el truco) y cruzamos el lago. Una mirada a cada lado para ver si está libre de cocodrilos. Joan avisa en voz alta: «¿Veis algún cocodrilo por aquí?».

Llegamos al borde del lago y vemos catorce hipos a 182 metros. Demasiado lejos. Nos sentamos a mirar y el staff concluye que ‘parece’ que hay uno grande. Media hora más tarde llega un bote que hemos pedido para poder acercarnos a ellos. Otra vez ‘intercambiamos opiniones’, digámoslo así. El bote de remos pesa cincuenta veces menos que un hipo. Si éste se coloca debajo y se levanta de pronto, nos lanza por los aires. Santiago no lo autoriza. Yo manifiesto que es una temeridad absoluta. Joan y Pedro, están locos por ir en el bote. Finalmente, se impone la razón y decidimos acercarnos por el otro lado de la bahía, caminando, aún sabiendo que el viento no viene bien y los hipos están a 145 metros de la orilla.

Casi media hora tardamos en llegar. ¡Oh, sorpresa! Se han acercado mucho a la orilla. Hay un montón de animales entre 30 y 100 metros del borde del agua. Santiago me relega a la fila del gallinero, a un lugar de visibilidad entre escasa y nula. Los demás se acercan más a la orilla. Fila 2. Y, finalmente, Santiago y Joan se colocan detrás de un tronco de un árbol grande a ras del agua –fila 1–. Los de primera y segunda fila se van comunicando con radioteléfono. Yo me quedo entre el silencio y la ceguera… Así, durante ¡una hora! Estamos esperando que asomara el gran animal. Todos nos hemos aprendido de carrerilla la lección de tiro que dio Santiago. Hay que disparar al interior del oído con bala blindada para alojarla en el pequeño cerebro. Cuando ya desespero de incomodidad, oigo ¡bang! ¡Joan ha disparado! Parece que le dio y el animal se ha hundido en el capí. Ahora toca esperar. Habitualmente queda escondido bajo el agua y el capí, hasta que flota. Suele transcurrir entre tres cuartos de hora y una hora. Mientras, se organizan las quinielas… ¿Le dio, no le dio? Pero, de pronto, sale del agua el ‘monstruo del lago Ness’ haciendo un grandísimo estruendo, y se desplaza a la izquierda. Santiago le dispara tres zambombazos con el stopper nitro y Joan otro con el .375 HH. El animal se hunde de nuevo en el agua de la bahía y entre el capí.

En la otra orilla todavía están los dos muchachos que trajeron el bote de remos. Les hacemos señales para que se nos acerquen. Otra vez las apuestas. Esta vez sí… El ‘fiscal’ nos avisa de que es peligrosísimo acercarse ahora con el bote. Los pisteros David y Antonio Juliao (experto en el pisteo de elefantes), desoyendo nuestras recomendaciones, pillan el bote y van a por él, con un palo para perchar y palpar el fondo… A todo esto, desde unos 500 metros, en una orilla al norte, hay un grupo multicolor de personas que han oído los disparos, pendientes de la futura fiesta, como luego se verá, y preludio de festín. Gritan y gesticulan. Cuando David y Antonio Juliao, perchando, llegan al nivel donde desapareció el ‘monstruo’, lo oyen respirar y ven como se aleja por el este. Desde la orilla les informan del cambio de dirección. Los pisteros empiezan a gritar: «¡Patrón, corre, corre, corre…!». Empieza una carrera salvaje hacia la orilla donde se espera que aparezca el bicho. Santiago vuela por los aires y aterriza contra el suelo. Pedro le dice a Joan que, para atravesar los arbustos espinosos, se tire contra ellos… Llegan a ver el animal que respira con dificultad y va a salir del agua. Se oyen diversos disparos. El último lo hace Santiago entre ceja y ceja, y acaba con la resistencia del hipo. Quince minutos más tarde llego yo. ¡Dios mío, que animal más tremendo! Es grande como un tanque del ejército. Majestuoso…

Con toda esta historia, no tenemos cámaras de fotos. Están en el coche. Hemos pedido a Antonio Juliao que nos las traiga. Al cabo de instantes, llegan personas desde el agua (cuatro botes rellenos de público) y por la sabana. Personas de todas las edades, incluso niños, cada uno con una hoja de cuchillo y una bolsa de plástico. La idea es coger ñama, ñama para la familia. El ‘fiscal’, erigido en responsable del orden, advierte a los concurrentes que lo primero que tienen que hacer es ayudar a sacar del agua el hipo. Lo intentan, pero resulta imposible mover el monstruo cuando la ley de la gravedad le da los mismos quilos que la báscula. El mismo ‘fiscal’ advierte a los indígenas de cuchillo en mano, que el cazador debe decidir qué parte del animal quiere como trofeo. Luego los ‘fiscales’ recogerán su parte. Más tarde es el tiempo de los compromisos con los poblados y, finalmente, cada cual que pille lo que pueda. Al principio obedecen. Llegan las cámaras, hacemos unos apartes del público que está por todos lados, y hacemos las fotos. ¡Mil! Y luego dejamos el control al ‘fiscal’ y a los pisteros, y nos vamos los cazadores y los PH’s… Al salir, nos vamos cruzando con más gente. Más tarde empiezan a llegar mujeres, al parecer con menos ganas de correr que sus cónyuges. Todos con la hoja de cuchillo y la bolsa de plástico. No estoy presente, pero deduzco que aquello entrará en caos, en unos minutos. Horas más tarde nos cuentan de los cuchillazos que ha habido en aquel berenjenal.

Ha resultado una magnífica cacería con un excelente trofeo. Un animal fuera de serie. Una cacería de lo más salvaje que hemos conocido. Esta noche, más de 1.500 kilos de carne saciarán el apetito en muchas cabañas. Dentro de nueve meses muchos niños se llamarán Joan…

A partir de aquí, las especificaciones técnicas de los disparos. ¿Por qué el animal no murió del primer disparo? Nos cuenta Joan que, al aparecer la cabeza del animal a ras del capí, por miedo a que el disparo pasara por encima de la anatomía del bicho, apuntó más bajo. Más bajo y por delante del oído. «Si no disparas donde te digo, como c… esperas abatirlo»… «Si le colocas el tiro en una zona que no es la adecuada, nos vamos a pasar la vida persiguiendo animales heridos…». Joan, a la suya: «¡Qué yo ya sé lo que me hago!»…«No tenéis ni idea de la dificultad de colocar el tiro donde dice Santiago…». Todo esto durante horas. Risas y buen rollo.

Terminado el episodio, hemos ido a comer un poco y a seguir con el lío del elefante. Hemos hecho el mismo recorrido con el coche y hemos llegado a los poblados más al oeste. Allí nos explican que al mediodía los elefantes habían entrado y la mitad de un grupo la teníamos dentro de casa. Excelente. Empezó un nuevo pisteo por la carretera buscando huellas y excrementos. Vimos las pisadas de uno de ellos, pero desgraciadamente se había hecho de noche. Pisteamos una hora más sin ver nuevas huellas. Hemos vuelto al fly camp y hemos cenado. ¡Mañana puede ser el gran día!

 

Continuará…

 

Por Josep Giné i Goma.

 

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