África… otra vez

OLYMPUS DIGITAL CAMERAÁfrica… siempre en el corazón y en el hermoso rincón del alma donde se guardan los más bellos recuerdos… Es como si una mano invisible, te encuentres donde te encuentres, siempre dirigiera tus pasos hacia algún perdido rincón del negro continente, para responder a su eterna llamada…

África, el sueño inolvidable, la llamada eterna. Al final… toda una vida venatoria vinculada a las cacerías en África, mi querido continente africano … Fue el primero al que acudí, allende nuestras fronteras, y está dentro de lo posible, por la propia querencia de los sentimientos y las sensaciones… que pueda ser el último. Pero, por el momento, éste es el punto de inicio de un nuevo viaje… hacia el corazón de África, cómo no….

La British Airways, en su fusión con Iberia, ha hecho un daño inmenso a la industria de la caza en el África del Sur. Como quiera que suprimió la línea que nos llevaba desde Madrid directamente a Johanesburgo, por conveniencia británica, ahora hay que buscarse la vida, y sufrir el camino, convertido en un auténtico laberinto, para trasladarse al continente africano en el menor tiempo posible. Hace un par de años y precisamente para llegar a Sudáfrica primero, y de ahí a Namibia, el camino elegido fue vía Frankfurt, ¡con ocho horas de escala! Por eso, esta nueva aventura hacia el continente africano, precisamente a Johanesburgo, se inicia con Emirates. El viaje será vía Dubai y con la intención de cumplir un objetivo buscado desde hace algunos años: viajar en su más que famosa First Class.

Gestación del safari

Los que leen mis aventuras cinegéticas por todo el mundo en mis escritos, saben que hace un par de años acometí, con la mayor de las ilusiones, una nueva aventura en Namibia para intentar conseguir una serie de animales que podíamos llamar ‘menores’, pero que representaban un nuevo paso en la intención, siempre latente, de aumentar una ya extensa colección. En aquella ocasión acudí a Reveille, lugar muy recomendado por mi amigo Norbert Ullmann, con el propósito de conseguir ocho o diez nuevas especies de pequeños animales que, en nuestros inicios como cazadores, casi despreciábamos, pero que ahora, para muchos de nosotros se han convertido en todo un reto, como tantos otros.

hienaCon relación a la aventura fallida prefiero pasar de puntillas… Sin embargo, aquella experiencia, cercana al fracaso, me lleva ahora a intentarlo, en esta ocasión en Sudáfrica y con uno de los cazadores más prestigiosos de estas especies, Mynhard Herthold, con la esperanza, a flor de piel, de conseguir unas cinco especies nuevas…

Un gran acontecimiento me hizo retrasar la partida un par de días. Coincidía ésta con la final de la Copa de Europa, en la que mi Real Madrid iba a intentar conseguir la Décima, un anhelo perseguido desde hacía doce años. Por esta razón, anuncié a Mynhard el retraso de un par de días y en ese intervalo decidí viajar a Lisboa, desde Madrid, en coche, para no perderme la ansiada final. Y así fue, viajé con mi yerno y con mi nieto Martín hasta la capital lusitana, a tiempo para presenciar un partido impresionante, ya que después de conseguir empatar en el penúltimo minuto del tiempo añadido, le dimos un correctivo importante a nuestro querido enemigo, el Atlético de Madrid. A las 00:00 horas salíamos para Madrid, donde llegamos a las 05:00, para descansar cinco horas, hacer la maleta y ¡al aeropuerto!, a coger el avión que salía a las 15:35 para Johanesburgo, vía Dubai.

¡En África!

Una vez situados en el negro continente, por enésima vez, para cazar de nuevo, pasamos a explicar en qué iba a consistir la nueva aventura –en la que me acompañaba mi compañero inseparable, Fernando Blázquez, que, como casi siempre y mientras pueda, se apunta a mis correrías–. Cuando por fin llegamos a Johanesburgo, después de un viaje de más de 19 horas, escala de cuatro horas en Dubai incluida, nos estaba esperando una persona contratada por Mynhard, quien nos trasladó para coger un vuelo doméstico de Airlik que nos llevaría hasta la ciudad de Bloemfontein, donde debería de estar esperándonos Mynhard.

lobo del desierto sudáfrica marcial gómez sequiera
Marcial junto a su compañero de caza, Fernando Blázquez con un precioso lobo del desierto.

No me voy a extender en estos dos viajes que salieron perfectos, pero no quiero dejar en mi ordenador –muchos recordaréis que antes decíamos en el tintero–, lo que me impresionó la First Class de Emirates en todos los sentidos. Es algo que recomiendo a aquellos que puedan, ya que, sacando el billete con bastante antelación, no resulta muy caro, siempre que no se cambie el horario inicial, cosa que, por desgracia, yo hice.

A nuestra llegada, Mynhard no hizo acto de presencia y envió a recogernos a un espigado cazador de su orgánica, un tal Juan, que nos llevaría hasta el campamento situado a unas dos horas de camino.

Cuando llegamos, casi tres horas después, por fin apareció Mynhard, un enorme y voluminoso sudafricano de tan sólo 42 años que nos recibió efusivamente. Sin duda, con tanto cambio y retraso, estoy seguro que había llegado a pensar que no íbamos a aparecer nunca. Pero allí estábamos y, tras acomodarnos en unas estupendas habitaciones del complejo que tenía para los cazadores, nos enseñó el resto de las instalaciones de su campamento, construido sobre una importante altura que dominaba un paisaje idílico. Nos enseñó su colección de caza y, cómo no, a requerimiento del propio Mynhard yo también puse en funcionamiento mi iPad para que tanto él como su mujer, y sus tres cazadores, entre ellos dos jóvenes muchachos de apenas 18 años que nos presentó como estudiantes de cazadores, pudiesen entrar en los pabellones de caza.

A continuación nos dio un estupendo rabo de oryx con arroz, escanciado con un gran vino de El Cabo, y enseguida nos preparamos para salir. Quiero aclarar que desde hace muchos años, primero con fotos y ahora digitalmente, el mostrar el pabellón es una tarjeta de presentación y, aunque pueda parecer poco sincero, nunca es para presumir de algo que tanto me ha costado, es para que vean que no van a tratar con un inexperto, sino con alguien que sabe bien lo que se trae entre manos.

Primera salida

Recordar, antes de iniciar la que sería nuestra primera noche de fareo, que la caza que teníamos en mente y que quería conseguir, iba a desarrollarse siempre por la noche, ya fuese fareando desde el coche como en espera, si se consideraba necesario. En este campamento había dos especies que representaban mucho y que sólo podían cazarse aquí: el Aardwolf o lobo del desierto y el Bat eared fox o zorro de grandes orejas. Los otros animales interesantes sólo se podrían cazar en el segundo campamento, por lo que tendríamos que desplazarnos.

bat eared fox sudáfrica zorro de orejas de murciélago marcial gómez sequiera
Ejemplar de Bat eared fox, una especie bastante difícil de cazar y que el autor por fin logró para completar su colección en tierras sudafricanas.

Salimos para dirigirnos a la zona de caza, a unos 40 minutos del campamento. La cacería consistiría en instalarse en un sillón, preparado al respecto en la parte trasera del Toyota, al que iba acoplado un rifle de pequeño calibre, un .222, con un faro que se dirigiría hacia cualquier animal que apareciese o hacia cualquier par de ojos que el otro faro, que manejaba Mynhard a mi lado, localizase. El sillón era giratorio y, en el caso de que no distinguiese nada, mi cazador podía desplazarme hacia la posible presa para que, entre los dos, calibrásemos de qué animal se trataba y, en caso de que fuese el que buscábamos, utilizar el faro de Mynhard o el alternativo mío acoplado al rifle, como pude comprobar.

Es el momento de decir, a toro pasado, que no es, ni mucho menos, fácil este tipo de cacería, aunque desde luego es la única imaginable si quieres conseguir tu meta. Pero dejemos que transcurran los próximos días para emitir juicios de valor.

Al cabo de dos horas de sufrimientos increíbles sobre el sillón giratorio, e indomable, y defendiendo la integridad del rifle, que intentaba sujetar sobre su apoyo, conseguimos descubrir, a una considerable distancia, unos 150 metros, unos ojitos. Conseguí meter la lente del rifle a 12 aumentos sobre los ojos del pequeño animal y esperé hasta recibir la orden de Mynhard, precedida de un: «¿Lo ves?», para que el animal me diese el cuerpo e intentar un disparo que consideraba de suerte. Pues la hubo y el primer objetivo cayó. Se trataba de uno de esos animales que me obsesionaban desde hace muchos años y que por fin había conseguido. Esperando que la pequeña bala no hubiese hecho mucho destrozo, nos acercamos a recogerle con el coche, ya que el pistero que nos acompañaba no podía encontrarlo. Cuando al final apareció vimos que se trataba de un precioso ejemplar. ¡Una nueva pieza, el Aardwolf, para la colección!

Lo que vino a continuación ya se puede imaginar: fotos y más fotos…

Continuamos nuestro recorrido y tuvieron que pasar otras dos horas hasta que descubrimos el que podía ser mi segundo trofeo de esta zona. Se trataba de un Bat eared fox, bastante difícil de cazar y que había conseguido hacía muchos años, si mal no recuerdo en Namibia, pero que cedí a mi buen amigo Juan Renedo, ya que habíamos tirado al mismo tiempo. Después lo intenté muchas veces sin éxito.

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Los idílicos paisajes sudafricanos, unas preciosas vistas desde el campamento de Mynhard.

Ahora lo tenía en el punto de mira. El animal, al que sólo podía ver los ojos, se sintió curioso, quiso cambiar de posición y ésa fue su perdición: sin enterarse recibió un disparo que acabó con su vida. De nuevo y con suerte, la bala no hizo demasiado destrozo, como comprobamos al recogerlo.

Las cámaras de fotos volvieron a hacer su aparición. ¡Ay…! Si hubiese dado importancia a las fotos desde mi primera aventura cinegética no nos estaríamos volviéndonos locos ahora ni mi amigo e historiador Adolfo Sanz, como lo llama Norbert, ni yo. Sobre todo Adolfo, que se está encargando de rebuscar entre todo el material para encontrar fotos de animales, ya que de lo contrario es como si no los hubiese cazado. Así es como he podido recordar ciertos safaris y cacerías que se habían olvidado en el tiempo y que, con sorpresa, han entrado a engrosar la lista de cacerías que sí tenía en el recuerdo…

Nuestra estancia en ese primer campamento, aunque todavía podíamos haber cazado otros animales, como el Cape fox, había finalizado. Mynhard había decidido que había llegado el momento de trasladarnos al segundo de los campamentos, a más de once duras horas de viaje en coche, hasta la finca de su hermano, donde deberíamos de encontrar al resto de las especies.

Eterno viaje y segunda noche

Fue el viaje de nunca acabar. Cuando llevábamos tres horas de recorrido el conductor, el propio Mynhard decidió hacer un alto en el camino para comer algo en un Wimpy en Bloemfontein, al que me volvía a encontrar como si fuese lo único que había en las carreteras de este país, comida basura, al fin y al cabo y, lo que era peor, sin cerveza que beber. Nos tendríamos que conformar con Coca-Cola. En menos de 40 minutos ¡de nuevo a la carretera!, hacia el norte, dejando a nuestra izquierda, al este, Johanesburgo.

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Una fructífera noche: Fernando, Marcial y Mynhard con un estupendo Bushpig, una pieza difícil de localizar.

La segunda parte de este nuevo safari comienza en el momento en el que llegamos al nuevo campamento. Hambrientos y muy cansados, nos metimos en las camas que nos indicaron sin pensarlo demasiado. Fue una buena paliza, de más de once horas, con apenas una parada en el dichoso Wimpy de fast food. Lo que más nos extrañó es que Mynhard nos dijo que el desayuno sería a las 08:00 horas, como si tuviésemos alguna urgencia. Es lógico que si la caza se realizase por la mañana tuviéramos que madrugar para no perder tiempo, pero si nuestra salida se realizaba a las 17:00 horas, como muy pronto, nos parecía ‘un poco raro’ levantarnos a esa hora.

Pero, como no somos de mucho dormir, sobre todo yo, me puse a leer, y a pesar de haber dejado el libro sobre las 00:00, me desperté a la hora prevista.

A partir de ese momento Fernando y yo nos dedicamos a holgazanear un poco… A intentar conectarnos a Internet para enterarnos de cómo estaban las cosas… y a aprovechar para escribir sobre este viaje y leer hasta hacer tiempo para la comida, que estaba prevista a las 15:00 horas. Hay que aclarar que ésta iba a ser la única comida decente del día, ya que, a partir de las 17:30, nos subiríamos al coche y durante las siguientes siete horas no íbamos a parar ni un momento intentando localizar con el faro a nuestros pequeños amigos cazables.

Eso sí, quería comentar con Mynhard, e intentar hacerle comprender, que su forma de cazar y el invento del sillón giratorio no eran lo mejor de la cacería.

Cuando nos preparamos para salir pude ver que lo único que había conseguido con mis sujerencias era que Mynhard cambiase de coche… pero desmontó la plataforma con el sillón para instalarla en el nuevo. La única ventaja que tuvimos fue que al tener una caja más grande fareaba desde delante de mi posición. Yo permanecía algo menos en todo lo que aparecía en el foco y, sólo cuando él veía algo, tiraba de mi asiento para que participara en la posible presa.

En esta segunda noche conseguimos encontrar una mangosta de cola blanca de buen tamaño que abatí a una considerable distancia.

marcial gómez sequeiraLa forma de actuar fue como las dos anteriores: localizamos el animal, nos asegurábamos dentro de lo posible de que se trataba de uno nuevo, no cazado anteriormente, y con la mayor precaución intentaba centrarlo en mi lente mientras Mynhard me preguntaba lo mismo: «¿Lo ves?». Cuando asentía, sin más espera, disparaba. Si había hecho blanco, lo que siempre delataba el ruido que se producía, nos bajábamos, recogíamos al animal y nos sacábamos fotos en diferentes posturas y con todos los protagonistas.

Reanudamos la cacería, o el fareo, hasta que creímos ver algo cerca del coche que se ocultaba en unas pajas altas. Esperamos a que el animal, escondido, diese la cara para asegurarnos de qué se trataba. Cuando apreciamos movimiento… ¡pudimos ver el puercoespín más grande que había visto jamás! Dudé un momento, ya que no sabía si podía disparar o no, hasta que Mynhard asintió y le acerté al primer disparo. Tres de tres, pensé. Pero la pequeña bala no había acabado con él, por lo que tuve que disparar de nuevo para rematarlo.

Cuando lo trajimos hasta el coche todos mis acompañantes decían, asombrados, que era el puercoespín más grande que jamás habían visto. Más tarde, en el campamento, nos dio un peso de 23 kilos.

Procedimos a hartarnos de hacer fotos y dimos por acabada nuestra aventura nocturna. Dejamos en su casa al cazador local que nos había acompañado y regresamos al campamento con la idea de intentar recuperarme del sufrimiento pasado en el sillón giratorio, pero, sobre todo, del tremendo frío que hizo. Hicimos una pequeña incursión en la cocina, en la que sólo hayamos algo de fruta, que por supuesto confiscamos, ya que no habían preparado nada para comer…

¡A por la segunda noche!

Desde que nos levantamos para desayunar a las 09:00 hasta la hora de la comida, a las 15:00, todo transcurrió como el día anterior. La sorpresa, para regocijo de Fernando, que por fin iba a comer como Dios manda, y la mía también, vino al anunciarnos que nos íbamos a zampar una apetitosa carne preparada en una estupenda barbacoa. Esta comida, que sin duda, fue la mejor que hacíamos desde que habíamos llegado al primer campamento, salió perfecta, acompañándonos Mynhard, su hermano Kotie, su cuñada y sus ayudantes, Deon Klingenberg y André Burger.

sudáfrica hoguera
Preparando el fuego para la barbacoa en el campamento.

Desde que terminamos de comer hasta la hora de la nueva salida, nos entretuvimos con unas jóvenes mangostas que hasta momentos antes mantenían en cautividad y que decidieron soltar.

Desde que recobraron su libertad, los animalitos, en lugar de huir del campamento, habían decidido seguir en el mismo integrándose a la comunidad sin la mínima intentona de escapar. Fue una gran noticia, no sólo por su simpatía y sus correrías, sino porque, al mismo tiempo, suponía una seguridad para la integridad de los que estábamos allí.

Salimos a la hora prevista para desplazarnos, siempre, dentro de la zona de caza de los Herthold, es decir, de Mynhard y de su hermano. Kotie era algo mayor que él y con muy buena facha. Apenas lo habíamos visto el día de nuestra llegada al campamento, pero nos acompañó a la barbacoa junto a una espléndida sudafricana, su mujer…

Un par de horas más tarde llenas de sufrimientos en el sillón giratorio, en el que no tenía con qué sujetarme salvo en el rifle, encontramos dos Bushpig o potamoceros que conseguí abatir, aunque uno de ellos no se dejó ver hasta la mañana siguiente. Al parecer son muy difíciles de localizar, por lo que fue un verdadero golpe de suerte que se nos cruzaran y más aún abatirlos con unas balas de calibre tan pequeño, sobre todo, teniendo en cuenta que lo conseguía a una considerable distancia y con animales corriendo. El que yacía a mis pies se trataba de un magnífico ejemplar que enseguida pensé naturalizar entero, ya que del único que hasta el momento tenía en el Libro de récords del SCI, cazado hace veinte años, sólo había introducido los colmillos.

sudáfrica silla para disparo rifle desde vehículo
Mynhard manipulando el rifle acoplado a un ‘inolvidable’ sillón giratorio, en el Toyota.

La incomodidad por la nueva forma en que se había montado la plataforma con su silla giratoria era claramente manifiesta y, además, hacía una noche bastante fría.

Fueron pasando las horas con un par de tiros fallidos a blancos muy lejanos que, al parecer, eran Cape fox, pero que no conseguí acertar. Sin embargo, por error, cayó un segundo Aardwolf que, de momento, dejamos de lado, hasta que, al comentarlo con Kotie, decidieron confesarlo a las autoridades y resolvieron el asunto sacando un nuevo permiso para ese animal, que decidieron regalarme. Regresamos de nuevo al campamento cerca de la 01:00.

A la manera clásica… ¡hiena!

Aunque nos habíamos acostado de nuevo tarde y con algo de hambre, me puse a leer y esta vez el sueño tardó en llegar. Fernando dormía plácidamente. Nos despertamos pronto, otra vez, pero, eso sí, con enormes agujetas en las piernas de tanto aguantar en la maldita silla giratoria tan difícil de controlar. Desayunamos pronto y nos dispusimos a hacer tiempo con el ordenador para intentar saber qué pasaba por el mundo. Seguíamos haciendo fotos del campamento cuando apareció Mynhard para preguntarle a Fernando si quería ir a matar un impala hembra para ponerla de cebo para la hiena, mediante el pago de 50 euros. Aceptó y se pusieron manos a la obra. A las 11:00 nos avisaron por si queríamos tomar una ensalada de pasta que no resultó mal, aunque Fernando no quiso comer.

A la hora de siempre… comimos como siempre, pero no dejé pasar por alto mi queja de la falta de una botella de whisky donde ahogar mis penas, ya que de la hiena, que al fin y al cabo era lo más importante para mí, nada de nada. Mynhard, se sintió algo culpable por haber dejado las dos botellas que le había traído en su campamento base, así que apareció, nada más y nada menos, que con una botella de Blue Label. Eran espléndidos, Mynhard y el whisky, aunque no eran horas para probarlo. Lo probamos.

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Un serval abatido de un certero disparo.

Llegado el momento nos encontramos con que esta vez salíamos hacia la casa del hermano de Mynhard, que iba a acompañarnos en su propio coche preparado de forma clásica. Tengo que reconocer que eso me satisfizo, ya que no era lo mismo el sufrimiento que había pasado en ese indomable sillón comparado con la comodidad que sentí desde el primer momento sentado, mirando al frente, y con el rifle al alcance de mis manos.

Nos dirigimos a una nueva zona que visitábamos por primera vez y en la que recogimos a dos amigos locales que nos dirigirían en nuestro rally nocturno. Fernando tomó asiento en el interior, mientras que fuera solo íbamos Mynhard y yo en primera línea, y a la derecha de éste, André, su ayudante de caza, con sus prismáticos en la mano.

 

No habíamos recorrido más de 25 kilómetros, apenas 40 minutos, cuando Mynhard ordenó el alto para intentar localizar a nuestra derecha la que podría ser una nueva presa. Me incorporé. Tomé el rifle, que seguía cargado con las balas de pequeño calibre, y traté de localizar en mi lente el supuesto objetivo. Mynhard seguía con el faro inamovible en la misma posición, preguntándome impaciente: «¿Lo ves?, ¿lo ves…?». No lo veía. Enseguida me di cuenta de que debía de encontrarse más abajo de donde estaba mirando; bajé un poco el punto de mira y allí estaba. No lo dudé, oprimí el gatillo suavemente, que era muy sensible, y el disparo me sorprendió, lo que significaba buena señal. Efectivamente, el ruido del impacto llegó claro a mis oídos y supongo que al de todos los demás. Bajamos rápidamente del coche y nos dirigimos hasta donde había caído el animal. Lo que yacía a mis pies era un precioso serval que hasta ahora sólo tenía taxidermizado en el pabellón, pero del que nunca encontré fotos. Según Mynhard se trataba de la especie que más le gustaba.

El tiempo pasaba ahora más deprisa, sin duda por la comodidad de nuestro asiento. Algo más de una hora después, de nuevo, una parada e inmediatamente aparecieron a nuestra izquierda un grupo de potamoceros. Paramos el coche y casi sin pensarlo disparé al más grande de los animales a la cabeza, ya que no quería que el pequeño calibre me jugase una mala pasada. Se trataba de un magnífico ejemplar con el nos hicimos bastantes fotos.

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la huidiza hiena que lograron encontrar, aún viva, gracias al trabajo de rastreo de los perros.

Apenas una hora después, Mynhard hace parar el coche. Toma el rifle y, con un disparo a la cabeza, abate un precioso kudu que al parecer estaba buscando desde hace tiempo.

Proseguimos nuestra cacería y fue entonces cuando empezaron a aconsejarme que me quedara un par de días más, ya que la hiena era muy difícil. Ahí fue cuando me enteré que apenas si había cuatro o cinco hienas censadas en una superficie de, nada más y nada menos, 70.000 ha. ¡Adiós a mis esperanzas de conseguir el más ansiado de los animales que había venido a buscar!

Me faltaba también el caracal, pero tan sólo por las fotos, ya que no sé si eran tres o cuatro los que había cazado en mi vida y tenía en el pabellón, eso sí, sin fotos.

Todo esto me rondaba por la cabeza cuando, de regreso, en una hondonada, fui el primero, incluso antes que Mynhard, aunque al unísono, que gritó «¡hiena!». El faro se posó sobre sus amarillentos ojos, sin duda mayores que los de los pequeños que habíamos conseguido, pero desaparecieron enseguida. Ya apuntaba con el pequeño calibre, quizá insuficiente para esta presa, cuando, detrás de la rama de un árbol la descubrí de nuevo, tan sólo unos segundos, aunque la rama me impedía tirar. Kotie nos dijo que había un sendero un poco más adelante. Reemprendimos la marcha, nos adentramos en el sendero que bajaba hacia la hondonada y, después de un concienzudo fareo, los ojos aparecieron de nuevo por un instante. En ese momento reconozco que estaba totalmente desorientado pensando por dónde podía haber huido el animal o dónde se había escondido.

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Mynhard felicitando a Marcial por haber conseguido esta hiena, ya que es una especie poco frecuente en esta zona de caza.

Mynhard insistió en el fareo durante unos minutos hasta que, bastante lejos, seguro que a más de cien metros, y ascendiendo por una ladera sin protección ni maleza alguna, consigo ver una mancha negra que huye hacia arriba a buen ritmo. Y ahí llegó el milagro: me echo el rifle a la cara y mi lente se encuentra con el animal que huía. Aprieto el gatillo como puedo y la pequeña bala alcanzó a la hiena, dando con ella en el suelo y haciéndola rodar unos metros, aunque el animal se rehízo y siguió su ascensión como si no hubiese pasado nada. Echamos pie a tierra, pero Mynhard me hizo subir por si aparecía de nuevo. ¡Tres!, Norbert, Kotie y André, provistos de linternas, se echan al monte y a partir de ese momento buscan por todos los lados durante casi 30 minutos, unas veces hacia la cumbre y otras deshaciendo lo andando y regresando al punto donde se encontraba el animal cuando recibió el impacto. Por fin, vuelven al vehículo en el que les esperábamos con impaciencia Fernando y yo. Al parecer, según nos cuentan, encontraron un gran charco de sangre donde cayó el animal y luego un buen reguero por donde huía, hasta que, poco a poco, las gotas empezaron a escasear sin llegar a encontrarlo. Decidieron regresar al coche con la esperanza de encontrarlo a la mañana siguiente con la ayuda de los perros de un amigo sudafricano al que acudían cada vez que se encontraban en apuros.

Regresamos al campamento y dialogamos sobre lo que se haría a la mañana siguiente. Se trataba sólo de pistear el último rastro del animal con la ayuda de los perros, por lo que partirían al alba para encontrarse con el dueño que llegaría desde su casa, situada a unas tres horas del punto de reunión.

Dicho y hecho. A la mañana siguiente, después de una afanosa búsqueda y con la ayuda de un fantástico can, la hiena apareció todavía viva, rematándola de un nuevo disparo. El pobre y ansiado animal había recibido un balazo en carrera de atrás hacia adelante que le había atravesado la parte derecha trasera y le había dejado inútil el brazuelo derecho delantero. La masiva pérdida de sangre le obligó a echarse para no levantarse más.
Se trataba de una preciosa hiena que había luchado y huido hasta la extenuación. Había logrado mi máximo objetivo y, ahora, el escaso censo de esta especie en esta reserva… había disminuido.

Pensando en la vuelta…

Como quiera que el principal objetivo había sido cubierto, descartamos inmediatamente la idea de prolongar nuestra estancia en Sudáfrica, teniendo en cuenta, además, que el billete de Fernando se perdería y que el mío no estaba seguro de poder cambiarlo. En cualquier caso, nos dijeron que tendríamos que cambiar de campamento porque esperaban a otros cazadores esa misma tarde. Tendríamos que dormir en otro sitio, desde donde saldríamos hacia Johannesburgo muy pronto por la mañana para no tener sorpresas. Mynhard me dijo que la cacería había terminado, por lo que abandonamos la idea de hacer la última salida esa noche. Eso me hizo reflexionar y, ya que no íbamos a cazar más, ¿que necesidad teníamos de cambiarnos de campamento para una sola noche? Lo más lógico era comer, hacer cuentas y salir esa misma tarde hacia Johannesburgo. Llegaríamos con tiempo suficiente para una buena cena y dormir en un hotel de los que se encuentran cerca del aeropuerto, nos levantaríamos a una buena hora y embarcaríamos sin sobresaltos…

Pero… no sólo retrasamos más de lo debido la salida, sino que el viaje hacia la capital fue más largo de lo previsto y, a pesar de mi insistencia, cuando por fin llegamos al Hotel Intercontinental, donde íbamos a pasar la noche, el restaurante ya había cerrado. En ese momento, y eso que había tenido infinita paciencia durante los días de safari, no pude por menos que saltar al haber insistido hasta la saciedad a Mynhard que se las arreglase como fuera, pero que teníamos que llegar a tiempo de una buena cena en la civilización. Pues bien, ni por esas, ¡nos veíamos abocados a quedarnos sin cenar! Menos mal que me enteré de que en el aeropuerto había algún restaurante abierto y hacia allí encaminamos nuestros pasos. Dimos buena cuenta de un buen menú escanciado por unas cervezas e incluso un buen vino. Regresamos al hotel y nos despedimos de Mynhard, que tenía que salir pronto hacia el campamento, mientras nuestro avión no saldría hasta la 13:45 horas.

Epílogo y conclusiones

Como epílogo de este exitoso mini-safari, decir sólo que no me puedo quejar, por lo que la nota que daré a mi outffiter será la de notable alto, aunque, tanto la intendencia, como los fallos de la silla giratoria, me obliguen a bajar algo la nota. Por otra parte, dado que los precios de la cacería y los demás animales que pueblan estos dos campamentos, Vanderkloof Safari Lodge y Mkunyane Mpumalanga, son muy asequibles e importantes, no tengo más remedio, con mucho gusto, que subirles la nota.

Dos cosas, sin embargo, quedaron claras en la mente de Mynhard, o por lo menos eso espero, en lo que respecta a los chiflados, como yo, que vienen a hacer cacerías muy especiales. La primera es que debe desechar su invento de la silla giratoria o, al menos, tendría que perfeccionarlo para dejar mucha más libertad de acción al cazador. Para mí esto se solucionaría muy fácilmente con un coche tradicional y con los rifles en un cajón encima de la carlinga, o en la parte delantera, en sus soportes tradicionales al alcance del cazador, que permanecería sentado en un asiento trasero, al lado del encargado de farear. La segunda cosa es que para estos mismos cazadores que se ven obligados a permanecer a la intemperie un mínimo de siete horas todas las noches, tendrían que tener a bien facilitarles un pequeño refrigerio sobre las 21:00 horas, que esté acompañado de su cervecita o su vino, ya que no deben olvidar que desde las 15:00 horas no se han llevado nada a su boca y no lo harán hasta la mañana siguiente… como nos ha pasado en estos hermosos días de caza.

 

Por Marcial Gómez Sequeira.

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