Por las soledades de Damara

360 - Por las soledades de Damara

Namibia, la ‘tierra grande’ –eso significa su nombre en el dialecto khoekhoe–, tierra de arena y soledades, testigo de recuerdos, tan ancianos, que el tiempo los perdió en su memoria. Tierra indómita, áspera y difícil para hombres y bestias, tierra forjada por el viento, el sol y la mar…

Cuna de antecesores imaginados, aún no hallados. Pero tierra, también, amable, como lo es el África al sur del Sahara si, yendo más allá del calor, el polvo y las moscas, le sabes hablar a su espíritu: insondable, altivo, intemporal y salvaje.

Razas ancestrales

Los pobladores indígenas de Namibia pertenecen a tres razas: los damara, los nama y los san. Unos, los san, conocidos también como bushman, grandes cazadores con orígenes perdidos en lo más profundo de los tiempos –los restos más antiguos encontrados en una cueva de Kwazulú-Natal (Sudáfrica) datan de más de 150.000 años antes de Cristo–. Otros, los nama, nómadas provenientes del África central, que comparten lengua, el khoekhoe, con los damara, pueblo aislado, con una cultura propia y exclusiva. Sus colores tribales: azul, blanco y verde, son hoy tres de los cuatro colores que, con el rojo, adornan la bandera namibia.

360 - Por las soledades de Damara (3)Salvo la franja del Caprivi, situada en el noreste del país, Namibia es sabana arbustiva abierta y seca o desierto. A pesar de las altas temperaturas y las siempre largas distancias es, digamos, la parte ‘amable’ de África. Ni se pasan penalidades caminando ni se sufre como se hace en las selvas lluviosas ecuatoriales africanas.

Los animales que pueblan esta zona –aparte del Caprivi y los introducidos–, son elands del Cabo, grandes kudus (Southern greater), ñu azul, hartebeest rojo, steinbuck, klipspringer, duiker gris (Southern), cebra (de Grant –Equus burchelii granti–) y de montaña (la de Hartmann –Equus zebra hartmannae–), facocheros, chacales de lomo negro, leopardos, los mejores oryx y springbucks (del Kalahari) del continente, el guepardo y el dik-dik de Damara, para mí, la joya de su corona.

Tercer viaje

Es mi tercer safari en Namibia. He cazado todas las especies que conforman su fauna, pero volver a intentar el guepardo y el pequeño dik-dik de Damara son motivos más que suficientes –como si me hiciese falta alguno para echarme el rifle al hombro y salir de caza– para volver a dejarme llevar por África, por su encanto salvaje e irresistible, por volver a respirar su luz y llenarme de sus atardeceres inmortales, de sus gentes, de sus animales, de su caza…

360 - Por las soledades de Damara (4)Las tierras de Damara están al noreste de la capital, Windhoek, separadas de Angola por la región de Kaokovelo, pegadita a Etosha por el este y a unos pocos kilómetros del océano Atlántico hacia el oeste.
Allí, después de repostar combustible en el último pueblo antes de la sabana, Okahandja, llegué con mi rifle y mi ilusión.

Veneno puro

Cazar el guepardo es cuestión de constancia y de suerte. Muchas horas buscando huellas, muchas horas de espera… y casi siempre… ¡nada! En mi primer safari por estos lares, al sur de donde ahora estaba, tuve la suerte del principiante: cacé el cheetah al primer intento, pero esto en absoluto es lo que suele ocurrir. Lo normal, lo que casi siempre sucede, es lo que me pasó en esta ocasión: que volví a casa sin haber visto, siquiera de lejos, guepardo alguno ni madre que los parió, tampoco.

360 - Por las soledades de Damara (1)El tiempo que transcurría entre los intentos por encontrar al felino más veloz del planeta y el momento de mi viaje a la zona de los dik-diks, fue, ¡cómo no!, tiempo de caza. Un emocionante y prolongado rececho tras un gran eland del Cabo acabó con mi primer trofeo en el macuto. Le siguieron el ñu azul, un muy bonito macho de oryx, el precioso springbuck del Kalahari, un fantástico trofeo –hembra- de oryx, el inevitable –¡y que no falte!- facochero y un curioso doblete.

En una de las largas e inútiles esperas, desde la tarde temprana hasta el anochecer, al cheetah, junto a una de las escasas charcas de la zona, vi como una serpiente, de unos dos metros, serpenteaba por la arena para llegar al agua a beber. Cuando la observé con tranquilidad vi que era una mamba negra, ya saben, la segunda serpiente más venenosa del planeta. Una gota de su veneno, neurotóxico, mata a diez hombres; su mordedura –por la gran cantidad de veneno que inyecta– puede matar a cien hombres adultos.

Curiosamente, ‘la muerte negra’, como la conocen los nativos de algunos de los lugares en los que habita, es gris, no negra, lo que sí tiene negro es el paladar, claro que si alguien, en el ataque de una mamba, llegó a verlo, probablemente fuese lo último que vio en vida.

360 - Por las soledades de Damara (5)Pues bien, me recreaba con el espectáculo de la mamba bebiendo, cuando, a lo lejos, se dejó ver un chacal que, sin duda, vendría en busca de agua. Lo dejé acercarse a la charca y, cuando lo tuve a tiro, lo fulminé con el 8x68S. La serpiente no se inmutó y siguió a los suyo, de modo que apunté al centro de su cuerpo, desvié un poco la cruz del objetivo del blanco –para no causar un destrozo excesivo– y volví a apretar el gatillo. La mamba se retorcía, herida de muerte, hasta que, finalmente, expiró. Después de asegurarme, muy bien, de que estaba muerta, la agarré y, no sin cierta aprensión, la verdad, me dejé hacer las fotos que pueden ver.

Dik-dik de Damara

Por fin, después de cerrar el trato con el propietario de las tierras, llegó el día en que pudimos partir hacia una zona situada a unos doscientos kilómetros al norte, parar ir a la caza del dik-dik de Damara.

Voy a contar algo sobre las características físicas, la biología y la etología de este preciosísimo y muy curioso animal, con la sana y única intención de contribuir a que lo puedan incluir entre sus preferidos, lo merece.

360 - Por las soledades de Damara (9)Los dik-diks deben su nombre al sonido que hacen las hembras de la especie cuando se sienten en peligro. Ambos sexos pueden producir, también, un silbido estridente –distinto al anterior, que es exclusivo de ellas– para alertar a sus congéneres. Estos fascinantes antílopes miden entre treinta y cuarenta centímetros de altura y de cincuenta a setenta de largo, y su peso va desde los tres a los seis kilos. Sólo los machos tienen cuernos, con anillas en la parte inferior, que pueden llegar a los 7,5 centímetros de longitud.

Los dik-diks son monógamos, la causa por la que lo son es que, debido a su pequeño tamaño, tienen muchos predadores y resultaría muy arriesgado aventurarse por el territorio, dos veces al año, en busca de hembras. En efecto, las hembras paren una sola cría y pueden hacerlo dos veces al año, al comienzo y al final de la temporada de lluvias. El período de gestación dura unos seis meses; luego, una vez nacida la cría, la mantienen en período de lactancia durante seis semanas. A los siete meses ya son adultos, debiendo abandonar, expulsados por sus padres, el territorio familiar, que suele ocupar alrededor de unas cinco hectáreas. Una curiosidad, a este respecto es que son los padres quienes expulsan a la cría, cuando ésta es macho, y las madres las que se ocupan del trabajo cuando se trata de una cría hembra. El índice de supervivencia de los jóvenes es de un cincuenta por ciento.

Si se producen disputas territoriales, circunstancia poco frecuente, los machos pelean por la zona embistiéndose, haciendo chocar la parte frontal de sus cráneos. La distancia con la que toman carrera para la embestida va aumentando hasta que uno de los dos contendientes abandona, entregando el territorio a su adversario.

Tierras extensas…

Llegamos a la casa del granjero propietario de la zona en la que iba a cazar. Unas tierras salvajes, alejadas de la actividad del hombre, solitarias, secas, pedregosas y sin posibilidades de explotación. Tierras extensas, sin cercas ni obstáculos, largas, lejanas… como todo en la Namibia rural.

360 - Por las soledades de Damara (7)Salimos caminando muy de mañana –habíamos llegado antes de clarear el alba a la casa de nuestro anfitrión–. La belleza de estos lugares se sale –por sencilla, majestuosa y pura– de los cánones por los que nos guiamos en nuestro mundo europeo y supuestamente civilizado. El frescor de la mañana, el aroma a tierra humedecida por el rocío, el canto de aves desconocidas y misteriosas, los sonidos de la naturaleza y de sus habitantes, y esa luz tan especial, tan diferente y única, la luz de África, que aún se puede percibir, sentir, disfrutar… ¡Aprovechen mientras tengan la oportunidad! Apenas llevábamos andando quince o veinte minutos cuando, en unos hierbajos en medio de la vereda por la que íbamos, unos treinta o cuarenta metros por delante, un muy buen macho de dik-dik se dedicaba, tranquilo, a pastar los tiernos y frescos brotes de hierba. Consulté con el granjero, que me acompaña, sobre la calidad del trofeo –la suponía excelente, pero yo era allí el extranjero–, confirmó mi opinión y, a renglón seguido, me eché al hombro la carabina del calibre 22 que amablemente mi anfitrión me había prestado, apunté, disparé y el pequeño antílope cayó patas arriba.

360 - Por las soledades de Damara (6)Acepté la carabina del 22 porque no llevaba balas de punta sólida para mi rifle –no se encuentran por ninguna parte–. No se sorprendan, mi anterior dik-dik de Damara, que cacé en 2003 cerca de Omaruru, lo abatí con el 8x68S, con una bala RWS blindada. Disparé al centro del cuerpo del animal y lo único que le hice fue un agujero del tamaño de la yema del dedo índice a la entrada, y otro semejante a la salida. Pero, en esta ocasión, sólo llevaba munición del calibre 8x68S de la casa alemana RWS con punta blanda del tipo H-Mantel, algo parecido a una bomba termonuclear para un antílope de escasos cinco kilos.

Me felicitaron y fuimos caminando, entre risas, hasta donde estaba el pequeño dik-dik. Cuando estábamos a escasos cinco metros, el animal, con dificultad, se puso en pie; luego, ante nuestra mirada embobada, dio unos pasos. Como nos seguía viendo cara de tontos, dio unos pasos más, luego unos saltitos y, después de echar un último vistazo a nuestra cara de asombro, corrió hacia los matorrales que nos rodeaban por todos lados y allí se perdió.

360 - Por las soledades de Damara (8)Lo seguimos, sin encontrarlo. Volvimos al punto de partida y nos organizamos dividiéndonos, para ocupar más superficie. Así estuvimos batiendo el terreno durante casi dos horas… ¡pero nada! No había manera, parecía que se lo hubiese tragado la tierra. Ante la evidencia, no cabía otra que pensar que el pequeño proyectil del .22 sólo le rozó la columna vertebral –lo que llamamos, al menos en mi tierra, un ‘calentón de agujas’–. Esto le provoca un aturdimiento momentáneo y la incapacidad temporal para moverse, pero, como no hay ningún daño serio, a los pocos minutos el animal se recupera disponiendo de todas sus facultades y sin que le quede secuela alguna. Esto mismo me ocurrió con un hartebeest rojo en la república de Sudáfrica en 1998, y todavía estoy buscando al dichoso búbalo.

Lo di por perdido, eso sí, con la tranquilidad que el dik-dik se había ido de rositas, sin daño alguno, por lo que lo más seguro es que le quedase una larga vida por delante.

A la segunda

Seguimos caminando algo más de hora y media, hasta que el sol empezó a calentar lo suyo. Los animales, entonces, iban abandonando su actividad mañanera para ir en busca de una buena sombra bajo la que sestear hasta la caída de la tarde. Decidimos regresar a la casa, nos quedaban más de dos horas de caminata.

360 - Por las soledades de Damara (2)Mientras andábamos, tanto en la ida como ahora en la vuelta, pude ver dik-diks en varias ocasiones más, pero, bien se trataba de hembras, bien de ejemplares jóvenes que no alcanzaban la talla mínima para considerarse un buen trofeo. La verdad es que me sorprendió la densidad de estos animales. Llevaba contabilizados, además del que tiré, otros siete, algo sorprendente dado que, de por sí, son difíciles de ver debido a su corto tamaño, a las características de las zonas en las que viven, repletas de matorrales y pequeños arbustos y también por sus costumbres reservadas, discretas y esquivas. Estaba convencido que, si no era hoy, mañana o pasado mañana, tendría la oportunidad de volver a disparar sobre otro buen ejemplar, deseando que fuese con mejor maña para hacerme con él de la que tuve con el primero que me regaló el día, apenas comenzada la caza.

Poco antes, ya durante el camino de vuelta, de llegar al lugar en el que había fallado el primero, en la escasa sombra que daba un pequeño arbusto situado a la derecha de nuestra marcha, a unos 80-90 metros, Susana divisó algo. Me señaló donde estaba lo que había visto y comprobé que, tumbado en el suelo dormitando, un precioso macho de dik-dik se resguardaba del sol, implacable a estas horas del día. ¡Era un macho y… con un buen trofeo!

Con cuidado de no hacer ruido ni movimientos bruscos, busqué el tronco de un arbusto cercano para apoyarme y asegurar el tiro. El animal es muy pequeño, no estaba cerca –para un 22–, seguía echado y en la sombra –yo, en el sol–. Teniendo todo en cuenta, apunté y disparé.

360 - Por las soledades de Damara (11)El pequeño antílope se levantó y comenzó a dar pequeños saltos sobre el mismo lugar en el que se encontraba. Me decían que disparase otra vez, pero lo que hice fue seguir apuntándole, manteniendo la cruz sobre el objetivo y aguardar… Lo hice porque pude ver con claridad la sangre que la bala derramó al impactar, colocada en buen sitio –dos dedos por detrás del brazuelo–, por lo que no dudaba que caería. Y así fue. A los pocos segundos se desplomó en el suelo, ya sin vida.

Nos acercamos para recogerlo y hacer unas fotos rápidas, pues el calor podía deteriorar el frágil cuerpo del dik-dik si no lo poníamos con la máxima rapidez en frío, y eso fue lo que hicimos en cuanto llegamos a la casa: lo metimos en una nevera con bolsas de hielo, en la que lo llevamos de vuelta al campamento base.
Así, con un trofeo diminuto en tamaño, pero muy especial por la ilusión de su caza, terminé mi cacería en estas hermosas y muy viejas tierras de Damara.

 

Por Alberto Núñez Seoane.

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