Tondwa. La caza del difícil sitatutanga del Zambeze (y II)

Por Alberto Núñez-Seone
Llega el momento culminante del safari: el sitatunga. Pero el antílope no se lo va a poner fácil. Amanecer tras amanecer, hay que aguantar penosas marchas por aguas ricas en bicherío poco recomendable, hasta llegar al puesto.

La ducha me devolvió mi color natural externo, y una buena cerveza fría arregló por completo ‘los interiores’. Johnny, durante la cena, me explicaba el plan que seguiríamos para la caza de este singular y apasionante antílope: el sitatunga.
El sitatunga (Tragelaphus spekii), es un fantástico, sorprendente e inusual antílope. Está adaptado a la perfección al hábitat acuático. Tiene el pelo largo y aceitoso, parecido al de las nutrias, para protegerse y aislarse del agua, y su cuerpo está atravesado por unas franjas verticales –entre seis y ocho– que le ayudan a mimetizarse con la vegetación entre la que vive. Las pezuñas, muy largas y curvadas, lo hacen muy torpe en tierra firme, pero extremadamente ágil en los suelos pantanosos o embarrados en los que habita. En situación de peligro, es capaz de permanecer bastante tiempo con todo su cuerpo sumergido, asomando fuera del agua únicamente las fosas nasales para poder respirar.

Se pueden considerar hasta cinco subespecies diferentes: sitatunga del norte (norte de Tanzania, Uganda, Ruanda, zonas de la RD del Congo, sur de Sudán y Kenia), del oeste (República Centroafricana, Congo, partes de Angola, RD del Congo, Ghana y Gabón), del Zambeze (sureste de Angola, Botswana, norte de Namibia, Zambia y sur de RD del Congo), de las islas (exclusivo de las islas Sesse, en el lago Ukerewe) y el sitatunga de selva (en las selvas ecuatoriales de Camerún, RCA, Congo, Gabón y RD del Congo).

Un mundo diferente…
El universo en el que vive esta maravilla de la evolución nos abre las puertas a un mundo diferente, un lugar en el que el silencio acalla cualquier ruido, un sitio en el que la magia no ocurre, porque la magia vive allí. Un territorio vedado a civilizaciones insensibles, ajeno a la monotonía de la vulgaridad, adalid de lo especial, esencia de lo puro, pureza de una memoria que quedó enredada en el tiempo en el que aún sentíamos, muy cercano, el calor de la madre Tierra en nuestro vientre, apenas separados de ella por cuatro rudimentarias extremidades.

De las turbias aguas de los pantanos de Tondwa surgen los lamentos de las almas de todos los seres que aquí vivieron y que aquí murieron a causa de la estupidez del hombre, de su codicia y de su mezquina ambición. Como un espejo, negro, de África, lo que fue un paraíso para la fauna, la flora y para todo aquel que supo apreciar, valorar y respetar a la Naturaleza y a sus habitantes, el quejido sordo de una tragedia que se pudo evitar cubre, como la bruma fría de la mañana, estas soberanas extensiones que debieron ser sagradas y, sin embargo, fueron profanadas por la rapiña incontenible, por la incultura más brutal, por la indiferencia de una especie que se piensa reina cuando no es sino una más entre la infinita diversidad del planeta: el hombre.

Hace 50 años, este rincón de África, cercano al lago Tanganyka, estaba densamente poblado por leones, búfalos, elefantes, rinocerontes, leopardos, hienas, hipopótamos, cocodrilos y una importante variedad de antílopes entre los que destacaban el sitatunga, el sable y el roan. Las guerras de la vecina República Democrática del Congo, los furtivos criminales y la rapiña de muchos de sus pobladores, fueron esquilmando el tesoro que hacía únicas a estas tierras.
Cuando hace 12 años el profesional que ahora me acompañaba llegó aquí por primera vez, ya no había felinos ni elefantes, pero quedaban algunos búfalos, y aún había hipo, cocodrilo, waterbuck (común), hartebeest (rojo), reedbuck (común), puku, duiker (gris del sur), faco, bushpig, sable, roan (del sur) y bastantes sitatunga.

En los primeros meses, durante los que Johnny y su equipo se dedicaron a abrir pistas, preparar el campamento y organizar la infraestructura necesaria para poder traer cazadores, retiraron más de 4.000 lazos de alambre, cientos de cepos y docenas de cebos envenenados. No hay especie en nuestro mundo, capaz de sobrevivir a un exterminio de esa magnitud… Y sucedió que los búfalos desaparecieron por completo, al igual que los cocodrilos. No quedó un solo hartebeest, ni waterbuck… los hipopótamos fueron reduciendo su número hasta llegar a los cuatro que ahora tenía delante de mí, y el resto de las especies, más resistentes, en mayor número o propias de hábitats bastante más inaccesibles que otros, como el sitatunga, lograron aguantar hasta que la concesión quedó en manos de mi amigo, y su gestión, como la de todo buen cazador, logró recuperar, en número suficiente, algunas de las especies que ahora se pueden cazar. Persiguió a los furtivos y alejó a la marabunta que saqueaba sin piedad, y sin necesidad, el tesoro biológico que África les regaló y que ellos nunca supieron valorar.

Primera mañana
Era noche cerrada. Había descansado poco, pero bien. El sueño había sido profundo y reparador. Unos huevos con tocino y un buen café caliente terminaron por despertarme del todo. Johnny me explicaba cosas y me contaba las historias que ahora yo les repito. Me sentía muy ansioso, esperaba la luz del alba para poder llenar mis ojos con la luz de África y con la majestuosidad de los humedales que se extendían, aún invisibles, delante de nuestra cabaña.

Soy un sentimental. No puedo, ni quiero, evitarlo. La belleza me subyuga, la grandeza de lo auténtico me conmueve, la sencillez de lo salvaje me apasiona. Cada vez que me pierdo por las selvas, la sabana o los pantanos de este viejo continente, muy lejos de nuestro mundo ‘civilizado’, aislado de la información, del ruido y de la estupidez de los hombres, las lágrimas, antes o después, acaban por cubrir mis ojos. La piel se tensa, los vellos se erizan, la garganta se seca y se revuelve en un nudo que baja hasta el estómago… el hormigueo de la sangre fluyendo por mis venas me lleva al universo que anhelo, al mundo, sin tiempo, que duerme bajo las acacias de Tanzania, los baobabs de Mozambique o los ‘salchichas’ que crecen a orillas del Luangwa…

La luz de la mañana llegaba. Los tonos cobrizos de un sol, aún por romper la línea de un horizonte guerrero, teñían de rojo y naranja la lámina de agua que, desde los diez metros a los que estaba la silla en la que sentado viajaba con mi pensar por el África inmortal, se perdía en una lejanía sin fin, inalcanzable…

El agua, transfigurada en bruma de pausado y envolvente ascender, me enviaba la poesía de su frescor, acariciaba mi piel y llenaba mis pulmones con el aroma de mil flores, rozaba mis labios con el sabor de Dios sabe qué extraños frutos… me susurraba una indómita calma que sólo ella sabía recoger, allende África.

Comenzamos a caminar bordeando las orillas del pantano hasta llegar a una plataforma de madera elevada unos cinco metros sobre el suelo con la ayuda de cuatro troncos que la sostenían. Allí arriba subimos los tres: Johnny, Mike, el pistero jefe, y yo. Era el lugar desde el que debíamos localizar algún sitatunga, ese increíble, por distinto y eficiente, antílope, que habita en este lejano humedal, no cerca pero en la misma tierra, Zambia, por la que pasea su caudal el río que le prestó su ‘apellido’: el Zambeze.

La neblina, agarrada a la superficie del agua como queriendo no irse, comenzaba a clarear. Poco a poco íbamos distinguiendo a los habitantes del pantano: garzas, ánades, gansos, diferentes anátidas, lo que parecían varios hipopótamos y, a lo lejos, algunos sitatungas. Se trataba de dos hembras y tres machos jóvenes. La distancia les daba una apariencia espectral, difuminados entre la escasa luz de la nueva mañana y el vapor de agua que abandonaba las cálidas aguas de los pantanos de Tondwa.

Otra caza
Estuvimos oteando durante casi dos horas, pero nada de lo que estábamos buscando se hizo visible, así que salimos de nuestro mirador y nos fuimos en busca de caza, de otra caza.

Cerca de un abrevadero natural encontramos un grupo de pukus (Kobus vardonii), entre ellos, uno se destacaba como un buen trofeo, así que me puse manos a la obra. Me acerqué a una distancia de tiro aceptable, me preparé y disparé… pero fallé. Volví a cargar y, como en otras ocasiones, sin tanto preámbulo y de modo casi instintivo, apunté al animal que huía corriendo a todo lo que daba y, al estilo montero, lo tiré al suelo de un buen disparo.

Las distancias a recorrer eran, casi siempre, largas. La densidad de animales no es muy alta y hacía falta tiempo para encontrar lo que buscábamos. Volvíamos al campamento, el calor comenzaba a apretar, los animales buscaban el resguardo de una sombra para sestear, pero un ‘intrépido’ facochero tuvo la mala fortuna de cruzar un pequeño descampado que lo dejó al descubierto. Mi 8×68 anotó otro ‘faco’ más en su larga lista de haber. Algún día los contaré todos.

Después de comer y descansar un rato, salimos de nuevo en busca de caza –ya que el mejor, tal vez el único, momento en el que es factible la caza del sitatunga, es muy de mañana–. Nos dirigimos a otra zona pantanosa a una hora de nuestro campamento: los pantanos de Kakú.

Por el camino nos topamos con un buen sable (Hippotragus niger niger), el animal estaba 402 metros de distancia, pero no teníamos posibilidad de acercamiento porque se encontraba en medio de una llanura sin un solo arbusto que nos protegiese. Arriesgué un tiro, difícil pero posible… y fallé. No fue en el cálculo de la distancia, el disparo no quedó corto ni largo, si no en la dirección. Lamentablemente, dejé el tiro medio metro por delante del antílope.

Ya en Kakú vimos otros tres bushpig, que al vernos aparecer buscaban el resguardo de la vegetación. Me dio tiempo a seleccionar el mejor de los tres e impedir que alcanzase su objetivo. Fue un tiro bonito, mientras el animal corría, a unos 200 metros de mi posición. La tarde no me deparó ninguna otra oportunidad, aunque sí a las miles de moscas tsé-tsé, que nos masacraban en medio de un calor difícilmente soportable.

La ducha con la que me regalé de regreso al campamento fue una bendición sólo superada por la cerveza helada que acondicionó mi interior, reseco y sediento.

Un tormento
En la mañana siguiente decidimos irnos hasta otra de las plataformas de observación, colocada en el lado opuesto del pantano al que habíamos ido el primer día. En plena noche aún, con bastante frío en el cuerpo, dejamos el coche y comenzamos a caminar hacia el interior del pantano. En un principio, el agua sólo empapaba la tierra, pero no cubría nuestros pies. Conforme avanzamos, el nivel fue subiendo hasta llegarnos por debajo de las rodillas, lo que hacía muy penoso nuestro caminar y, además, añadió otra preocupación a la que, sobre todo el sitatunga, me ocupaba: la bilharzia.

La bilharzia, o esquistosomiasis, es una enfermedad parasitaria producida por unos gusanos que habitan en aguas estancadas de muchos países africanos y sudamericanos. Los parásitos se introducen en el cuerpo por debajo de las uñas. Una vez dentro, ocasionan daños intestinales, en la vejiga urinaria y de tipo cardiopulmonar. Parece que en Brasil acaban de lograr una vacuna, no sé si es cierto, pero, en cualquier caso, existe un tratamiento farmacológico que elimina el parásito y evita que se transforme en una dolencia crónica y muy peligrosa, lo que no quita el desasosiego que te produce llenarte las botas con agua infestada de parásitos…

Millones, sí, o tal vez miles de millones, –no sé soy andaluz–, de mosquitos, alteraron el orden de la ‘preocupaciones’… Ya sólo me ocupaba en tratar de evitar que me comiesen vivo, que se me llenara la boca con unos pocas docenas de ellos, cada vez que la abría, o en que mis ojos pudieran seguir guiándome a través de las nubes de estos desgraciados que me envolvían y me acosaban sin piedad. Fue más de una hora y media de tormento, hasta que llegamos a la plataforma y pudimos, en parte, aliviar la masacre que estaban cometiendo con nosotros.

Aguardamos, con paciencia, a que la luz del alba llenase nuestros ojos. Otra vez la magnificencia de África, otra vez el corazón sobrecogido por el sentimiento de una belleza salvaje y radical… Creo que el amanecer africano es uno de esos momentos que cuanto más veces se viven, más se disfrutan.

Unos 200 metros por delante de nosotros, un muro de juncos y cañas ocultaban parcialmente un pequeño claro. Allí, cuando ya tuvimos visibilidad, pacían tranquilos hasta cinco sitatungas, sólo uno de ellos era un macho con buen trofeo, aunque algo justito.

Nunca se sabe lo que puede suceder. A veces, el dejar pasar la oportunidad de tirar un trofeo ‘suficiente’, convierte en cierta la posibilidad de regresar en blanco a casa. Otras, la precipitación te priva de colgar en la pared un auténtico ‘pavo’. La dificultad del tiro –el animal no cesaba de moverse y tan pronto se ocultaba tras la vegetación, como dejaba parte de su cuerpo al descubierto– y el hecho de contar con bastantes más días de caza por delante, hicieron que me decidiese a esperar. Nos recreamos con el espectáculo hasta que el calor empezó a apretar, entonces desandamos lo andado y, ya sin mosquitos, volvimos a ‘casa’.

Mientras comíamos, Johnny me comentó la posibilidad de colocar más cerca del claro donde vimos los sitatungas la plataforma en la que habíamos estado por la mañana. De este modo, nuestro ángulo de visión mejoraría mucho, y la facilidad de tiro también. Así lo hicimos. A primera hora de la tarde, bajo un sol de injusticia, cuatro hombres del campamento, Johnny y un servidor, nos doblamos la espalda y castigarnos los riñones desmontando, trasladando y volviendo a montar la plataforma. Luego, de regreso en busca de la ducha y la cena, un facochero despistado y un bonito duiker gris del sur, premiaron nuestro esfuerzo y pasaron a incrementar la lista de trofeos.

Nuevo amanecer
Al amanecer del siguiente día, al amparo de las velas que nos dejaban ver el café caliente, nos preparáramos para el tormento. Lo sufrimos y, ya en la plataforma, aguardamos la llegada de las primeras luces.

Había, otra vez, varios sitatungas, en esta ocasión, eran dos los machos que merecían cazarse, pero el de ayer seguía siendo el mayor. Como los animales estaban muy tranquilos y la mañana no había hecho más que empezar, esperamos.
Johnny me tocó varias veces en el brazo, lo miré y me hizo señas para que mirase hacia el frente, a mi derecha. Un precioso macho. Éste no ofrecía la menor duda. Caminaba entre la vegetación, hacia el mismos claro en el que pacían sus compañeros. Me preparé, aguardando su llegada a la zona ‘limpia’, y cuando la alcanzó, disparé.

El sitatunga se quedó inmóvil. Yo lo miraba, Mike me miraba a mí, Johnny miraba por los prismáticos. Fueron unos segundos que parecieron horas.
–¡Has fallado, tira otra vez, tira!– dijo Johnny.

Me di cuenta de lo que había ocurrido. Ya había vuelto a cargar el rifle –lo hago, siempre, de modo automático, con independencia del resultado del disparo–. Apunté y volví a disparar.

El animal dio un salto y despareció entre la espesura del pantano. Johnny no decía nada, yo dudaba, pero Mike, el pistero, se fue hacia la escalera y comenzó a descender mientras gritaba:
–¡Buen tiro, buen tiro, le ha dado!

Le seguimos los dos y, con el alma en vilo, marchamos hacia el lugar en el que vimos por última vez al sitatunga. En menos de diez minutos lo encontramos, muerto, el tiro le había atravesado con limpieza el codillo. ¡Vaya hermosura de animal! ¡Qué maravilla! ¡Lo tenía, por fin…!

 Una intensa y abultada sesión fotográfica, de celebración y alegría, nos puso en camino hacia el campamento. Por esa mañana la caza había terminado, había que disfrutar lo conseguido, había que brindar, reír, comentar y descansar.

Un roan esquivo
Cumplido el principal objetivo del safari, había por estos lares otro animal que no había cazado aún: el roan del sur (Hippotragus equinus equinus). Durante nuestros desplazamientos por la zona habíamos visto, en dos ocasiones, dos grupos de estos antílopes, pero siempre muy alejados de cualquier posibilidad razonable.

En esa misma tarde pudimos localizar una manada de más de veinte ejemplares, y organizamos un plan para tratar de acercarnos a distancia de tiro. Mientras Johnny y yo daríamos un gran rodeo en busca de unos pajonales que nos ocultarían mientras ganábamos metros, Mike, con otros dos hombres, se quedaría apostado al otro extremo del claro para avisarnos en caso de que los animales se moviesen. El plan parecía bueno, pero no funcionó. Tras caminar medio agachados más de hora y media, cuando asomamos al lugar en el que vimos por última vez a los roan, no quedaba ni rastro de ellos. Sólo pudimos ver la estela de polvo que dejaban tras de sí, mientras se alejaban, a mucha distancia ya, corriendo.

–¿Por qué no me habéis avisado?–Les reñía Johnny, bastante molesto por la inútil ‘paliza’ que nos dimos. Al parecer sí nos avisaron, pero Johnny debió apagar, sin darse cuenta, el receptor de radio que llevaba, así que todo quedó en nada.
Nada, lo que se dice ‘nada’, nunca se puede decir en África, hasta que no cuelgas el rifle en el armero de la cabaña. Cuando volvíamos en el coche camino del campamento, nos topamos con la manada de roan. De improviso, comenzaron a cruzar el carril a escasos diez metros por delante del todoterreno. Eché pie a tierra, agarré el rifle y salí corriendo tras los animales. Buscaba una zona clara en la que poder elegir y disparar, pero no la encontré, mientras los roan se perdieron entre un mar de arbustos, matorrales y acacias.

Era temprano, quedaban horas de luz, así que esperé a Johnny y Mike, que no tardaron en reunirse conmigo, y comenzamos el rececho. Era fácil seguir las huellas de los alborotados roan por el suelo arenoso. Nos llevó algo más de media hora volver a encontrarlos, esta vez parados y comiendo.

La distancia era considerable, 287 metros, pero uno de los machos tenía un magnífico trofeo y no quería arriesgarme a que nos viesen y desapareciesen de nuevo, así que, bajo mi responsabilidad, decidí disparar desde donde estábamos.
Me tomé mi tiempo, estaba tranquilo, confiaba en mi rifle y sabía que podía tumbar al antílope. Busqué una postura cómoda y un buen apoyo. Todo listo. Coloqué la cruz en el lugar en el que quería que impactase el proyectil, el 8, a esa distancia y ‘puesto’ a 200 metros, no necesita corrección alguna. Acaricié con suavidad el gatillo y comencé a presionarlo.

El estampido rompió el silencio de la tarde, el polvo ocultó el cuerpo del roan, caído, de mi vista. Caminamos hacia él, lo acaricié, palpé sus hermosos cuernos… ¡Una preciosidad! El roan, junto con el sable y el oryx, lleva escrita África en su rostro, son especiales. Me sentí muy, muy satisfecho.

«Pasear, oler, vivir, sentir…»
Siempre agoto todos los días que tengo reservados para un safari. Nunca, aunque consiga lo que busco en el primer día, me voy de África sin apurar hasta el último momento en esa tierra, que me subyuga y me enardece. No importa que me quede ‘sólo’ el .22 para tirar francolines, ‘guineas’ o liebres… no importa que no pueda tirar. Pasear, oler, vivir, sentir… es mucho más que suficiente para sentirme bien, muy bien.

Al día siguiente fuimos en busca del reedbuck común (Redunca arundinum), no muy abundante, pero aún presente en la zona. Encontramos un macho bastante bonito y, apoyado en un termitero, me pude recrear con el tiro y hacerme con el trofeo.

En los dos días que me quedaban, nos dedicamos a buscar gansos de alas con espuela (Plectropterus gambensis), en inglés spur-winged goose, un enorme y curioso animal, llamado así por llevar dos ‘uñas’ semejantes a espuelas en la articulación de las alas.

El primero lo abatí a 161 metros, el segundo lo logré a 192, y el tercero lo pude tumbar a 194 metros… todos con el 8×68. Mis compañeros no daban crédito a la precisión del rifle, y yo me acordé, una vez más, de mi buen amigo Manuel Pereira, artista armero donde los haya, responsable de la puesta a punto de mis armas. Unas pocas gallinas de Guinea, ‘echadas abajo’ con una escopeta que me prestaron, pusieron fin, y broche de oro, a un safari apasionante.

Aspecto de los pantanos donde habita el sitatutanga. Al fondo, uno de los puestos desde dónde se caza este antílope.

Ver Todwa. La caza del sitatutanga en el Zambeze (I)

Antes de cazar el sitatutanga, el autor cazó el puku de la imagen…
… un par de facocheros…
… y un duiker gris. No está nada mal.
El primer día de caza se cerró con el abate del siempre difícil bushpig.
Alberto desde el puesto donde consiguió el sitatutanga.
El formidable -y difícil- sitatutanga.
El autor con gansos y gallinas de Guinea.
Dos broches de oro a un magnífico safari: roan del sur…
… y reedbuck común.

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