100 Elefantes 100: Consideraciones finales (y IV)

20120418-100-4-01
Por José García Escorial

De los profesionales
Este tema puede ser tan farragoso como el definir acertadamente el tiro frontal al cerebro. En todas las profesiones hay una variada calidad de las personas que ejercen esa actividad. Pretender que todos los futbolistas tengan la misma calidad que Messi, Cristiano, Pelé o Di Stéfano es una quimera irrealizable. Podemos suponer que a todos los cazadores a los que se les encarga una cacería de elefantes son expertos y especialistas en este tipo de caza, pero desgraciadamente no siempre es así; para algunos, aunque lo oculten, es su primer elefante. Por regla general serán buenos cazadores pero serán novatos en esta cacería en concreto.

 Hace muchos años cazábamos en Letaba Ranch, (no confundir con Letaba Lodge y su museo de elefantes), cuando aún no era parte integrante del Parque Nacional Kruger, como lo es en la actualidad, aunque la propiedad era publica. El director del Parque se estableció con nosotros y todas las mañanas, después de desayunar, salía para hacer su trabajo volando con un helicóptero. Su labor consistía en no dejarnos que tirásemos un gran elefante; los medios estaban desproporcionados y claro está que no nos comíamos una rosca. El profesional nunca había cazado elefantes, circunstancia ésta que me dio a conocer el propietario de la compañía de safaris para que yo pudiera echarle una mano, aunque en esa época yo tampoco tenía una experiencia enorme en este tipo de cacería. Como en esto de la caza la insistencia es una virtud que con frecuencia te lleva al éxito, no dejábamos de ir de caza todos los días, a pesar de que la fuerza aérea, desplegada en nuestra contra, frustraba cualquier intento de los elefantes para salir de su privilegiado santuario del Parque. Hasta que un día saltó la sorpresa a ultima hora de la tarde. Un par de elefantes habían tumbado la ligera valla de separación del Parque colándose en la zona de caza, sin que lo viera el helicóptero por lo tardío de la hora. Por si acaso, antes de echar a andar saqué la Mag Lite Charger, la linterna más potente que existía en aquella época. El rastro era muy reciente pero el sol se estaba tapando y, cuando se hizo de noche, el profesional dijo textualmente, «¡Esto es una locura!». Y paró el safari. Yo le informé al cazador de la situación y le afirmé que con la linterna  podíamos tirar, que era una oportunidad que no creía que se pudiera repetir. Aceptó el reto de continuar y le informé al profesional de la decisión que, refunfuñando, se puso a la cola del pelotón y tomé el mando. Personalmente ya había cazado elefantes con luz artificial por la noche. A los pocos cientos de metros, llegamos a los elefantes. Uno era aceptable, y nos hicimos con él sin más problemas. Cuando volvimos, ya tarde, a cenar, con el rabo cortado, el director nos felicitó, y cuando preguntó por la hora de tiro le dimos la inglesa que, como todos sabemos, es una hora menos. Este profesional ahora es muy conocido, le contratan muchas cacerías, le veo todos los años en Estados Unidos y seguro que es excelente, pero en aquella ocasión no tenía la experiencia que seguramente habrá adquirido con el paso del tiempo.
 Los cazadores profesionales de licencia completa de Zimbabwe son los únicos de África que, previamente a la obtención de su licencia, tienen un largo periodo de preparación establecido y ordenado que supera los cuatro años, y que supone que todos ellos estén capacitados para dirigir un safari de cualquiera de los cinco grandes. Por este motivo, no existe ningún cazador profesional con licencia completa de Zimbabwe que no sea natural o residente en este país. Los cazaderos de toda África (Tanzania, Botswana, Zambia, Mozambique, Camerún, Sudáfrica, etcétera…) están llenos de excelentes cazadores profesionales de Zimbabwe. Pero aún no todos son expertos cazadores de elefantes, y los hay muy buenos, buenos y regulares, y dentro de esta última clasificación, he tenido la oportunidad de compartir safaris con varios de ellos para poder tener motivos de sobra para mantener esta aseveración. Tal vez el peor con el que he compartido un safari sea en la única ocasión que cacé con un profesional zimbabués, de raza negra. Cazaba para él mismo, no daba ningún tipo de información sobre la calidad o la daba de modo muy básico (recuerdo que sólo sabía decir grande, pequeño o muy pequeño, sin concretar el peso). A la hora de disparar se hacia un lío con las órdenes, no tenía su arma al alcance, ya que siempre se la llevaban, y no perdimos un elefante por su culpa de pura chiripa. Es de las pocas veces que he estado de acuerdo en que no le dieran propina a un profesional. Tal vez fuera esa desconfianza la que me haya movido para estar presente en esas grandes operaciones de elefantes, intentando con mi apoyo corregir esos defectos bajo mi personal punto de vista. Reconozco que he creado más de un resquemor entre los profesionales, pero he conseguido en la mayoría de las ocasiones que nuestros cazadores, en esas operaciones especiales, obtuvieran el razonable trofeo que esperaban.
 No pretendo que el cazador profesional sea ese dechado de virtudes que muchos pretenden, que sea educado, simpático y entretenido, ni pretencioso ni achulado, con don de gentes, políglota en varios idiomas occidentales y dominador de todos los dialectos locales, que sea aseado en su aspecto exterior y también lo sea con su vehículo y armas, que vaya dando constantemente información sobre el desarrollo de la cacería (en vez de ser un mudo compulsivo al que hay que sacar la información con tenazas de odontólogo para sacar muelas), que trate de modo amistoso a su equipo de ayudantes, sin gritos ni broncas a destiempo, que sea un gran anfitrión en el campamento y el ultimo que se retire después de una larga velada de copas, que sea Fangio conduciendo, con el mismo aguante físico que Abebe Bikila, que no envidie disparando a Buffalo Bill, que sepa de animales como Linneo, Burchell o Cabrera, que no esté pasado de peso y, por pedir, que sea alto, rubio, con ojos azules, o muy moreno y con bigote con algo de canalla divertido, como Clark Gable. Sólo pretendo que sea normal, que conozca su trabajo y la manera de desarrollarlo para satisfacción final del cazador, dentro de los límites de la zona de caza en concreto, y éstos son la gran mayoría de los que dirigen un safari de elefantes. Desgraciadamente no son escasos los ilusos Nemrod, que desconocen como hacer su trabajo, que no saben lo que puede dar de sí la concesión de caza, y que si no fracasan es porque el resto del equipo les salva el pellejo, ya que, si no, estarían en primera línea para ingresar en la lista de paro.
Los años y la afición por la caza perfilan en el tiempo a los grandes cazadores profesionales hasta convertirlos en leyendas. He visto a chavales jóvenes bebiéndose el campo con unas ganas inauditas de aprender del que bien pudiera enseñarles algo. Ésta es la buena semilla que los hará, en muy pocas temporadas, grandes cazadores profesionales, en detrimento de los que serán siempre una medianía. Pero esto vale tanto para la caza profesional como para todas las actividades de la vida, y señala los límites entre el triunfo y el fracaso.
Ya lo dicen los textos Bíblicos «Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos», pues en la caza de elefantes y en la vida pasa lo mismo.

Elefante herido
Vamos a cerrar esta entrega parte de 100 Elefantes 100 con otro tema muy controvertido, y es cuándo debe disparar un cazador profesional a un elefante herido. De nuevo me meto en terreno pantanoso, pero ‘la peña’ que me rodea me exige que no rodee esta marisma y que me meta en el lodo con todo lo puesto. La primera definición es que debe disparar cuando lo crea conveniente, se supone que es un cazador profesional que conoce su trabajo y actúa de este modo. ¡Ah! ¿Que no vale?, ¿que debo seguir? ¡Ya me lo temía!
A muchos cazadores les molesta que disparen a sus trofeos. Es inútil explicarles que ellos han hecho su trabajo, han jugado su lance y que el cazador profesional tiene la obligación de rematar la faena de ese animal herido de la manera más rápida y eficaz para evitar alargar un inútil sufrimiento del animal y, muy importante, la posible perdida del mismo, no tanto por el disgusto para el cliente, sino por el potencial peligro que supondrá la existencia en la zona de un animal herido, y muy cabreado, para la población local. Por supuesto que no comparto eso de que «¡Si se pierde que se pierda!», y esa perdida cause la muerte de un humano inocente, esto no es asumible por nadie, ni permisible autorizarlo.
Con frecuencia me solicitan que diga al profesional de turno que no dispare bajo ningún concepto a su elefante. Yo siempre contesto que no tengo ninguna autoridad para imponer al profesional sobre el modo de hacer su trabajo. Respuesta muy política, por supuesto, pero no debo asumir en este aspecto responsabilidad alguna imponiendo nada. Pero esto no siempre ha sido así. En los primeros años de mi actividad comercial, un cazador puso como condición para cerrar una cacería de elefante que le confirmaran por escrito que en ningún caso el profesional dispararía a su elefante, el escrito llegó firmado y se contrató el safari. Por supuesto que el cazador disparó a su elefante y que el profesional no lo hizo. El elefante nunca se pudo cobrar. De todos modos el cazador se quejaba contradiciéndose al afirmar «¡Hombre el profesional al ver que se iba tenía que haber disparado!». A la siguiente temporada nos acompañó en un safari de elefante de varios cazadores y aconsejaba a todo el mundo que dijeran al profesional que les doblara, y el primero, él mismo, se lo dijo a su profesional. Sólo le duró su primer elefante perdido el cambiar de opinión. Del mismo modo cambiaron de opinión un grupo de tres amigos que me pidieron que dijera a sus profesionales que no dispararan a sus elefantes, cosa que, por supuesto, me negué a realizar, pero ellos lo hicieron. Pero se fue el primer elefante herido y el profesional tardó tres días en volver con el rabo cortado. En ese tiempo no se supo nada de él, ya que se fue solo, alcanzando al elefante al día siguiente y tirándole sin matarle al quedarse sin balas. ¡Aguantó toda la lenta agonía del pobre animal! Por supuesto que todos los cazadores cambiaron de opinión después de que casi se perdió ese trofeo, y es que muchos tocan de oído sin haber escuchado nunca la melodía.
Hay muchos momentos distintos, no es igual estar cazando al lado de un parque o en la linde de otra concesión, que cazar en terreno muy abierto, que en uno muy cerrado. Tampoco es lo mismo cazar con un cazador con mucha o poca experiencia, aunque esto último no sea determinante. Cazando con una persona ya con muchos años, que decía que había cazado casi 50 elefantes, hizo un tiro frontal al cerebro muy alto y además desviado, y el elefante se tapó en la vegetación. Aunque me metí detrás de él a todo correr, y un afortunado tiro en la cadera lo paró, está visto que nunca se tiene, en esto de la caza, demasiada experiencia. Cuando he cazado elefantes para mí no he dudado en decir a los que me acompañaban, profesionales o clientes, que podían tirar. De todos estos  elefantes en cacerías mías, ninguno nunca dio un paso después del primer disparo; no hubieran sido necesarios más disparos porque yo sabia como había jugado mi lance. El resto de los tiros no me importó nunca, si no lo hubiera hecho bien habría sido muy oportuno que me echaran una mano, y probablemente en alguna ocasión lo tendré que necesitar.
Igual que no hay nadie que acierte siempre en todas las ocasiones, tampoco existen las personas que se equivoquen eternamente en todo. A la hora de juzgar a los profesionales hay que ser benevolentes. Un amigo mío, en su primer safari, eligió el profesional más joven y que aparentaba mayor fortaleza física. Se equivocó. En el siguiente eligió al de más edad recordando la falta de experiencia y lo vago que fue el primer profesional que tuvo, también erró en esta segunda ocasión. A partir de esa segunda experiencia, jamás eligió un profesional, se contentó con lo que le cayó en suerte. La gran mayoría de los cazadores profesionales –para unos pocos de ellos tal vez sea sólo sea por la cuenta que les trae–, intentan hacer su labor  lo mejor que saben y procuran que su cazador obtenga la máxima satisfacción en su safari, por lo que recomiendo que les dejemos hacer su trabajo.

Problemas con la decisión de tiro
Un safari de varios elefantes a la vez da una serie de problemas. No es lo mismo que una persona disponga de 14 días para cazar su trofeo, que en el mismo campamento haya más cazadores con el mismo objetivo, o que un cazador lleve más de una licencia. Y no digamos si dos cazadores van compartiendo el mismo profesional. En una cantidad muy grande de safaris se tira un elefante el primer día. A mi, además, me gusta mucho que esto ocurra, ya que, por un lado, siempre me ha gustado hacer los deberes muy pronto y, luego, porque un elefante en el campamento da mucho juego, enseña mucho, los cazadores ven los colmillos adquieren confianza en lo que les decimos a la hora de pesar los colmillos… En los comentarios en ‘la casa de los muertos’ del campamento, se pueden aprender muchas cosas mientras se ve el trabajo de los skinners o se pesan antiguos colmillos o se observa la estructura  ósea de un cráneo de elefante.
 Pero lo mejor es enemigo de lo bueno. Si el primer elefante es un estándar de la zona, las cosas van por buen camino, pero si el primero es muy bueno –lo que o curre con bastante frecuencia–, nos hemos creado un gran problema. Me viene a la memoria un curioso caso, que no es de elefantes, pero es muy explicativo de lo que quiero decir. Un conocido, desde hace años, contrata un safari de antílopes y facocheros. Se acompaña de su hijo, no cazador, para que le traduzca, y éste acepta llevar a otro profesional, pero sólo para tirar facocheros (¡antílopes no, por Dios!), que, como son muy feos, no deben de tener derecho a vivir. Vamos a los hechos. El primer día, el ecologista cazador de facos cobra cuatro ejemplares, el padre, por su parte, un par de antílopes y dos facocheros que quitan el hipo. El resto de los días, el progenitor se lleva por delante media fauna africana y su vástago no vuelve a pegar un tiro pretextando que no ve nada. El safari acaba con un excelente resultado paterno y muy magro  filialmente. Mi conocido se presenta en mi despacho, reconoce que ha hecho un safari fuera de serie, pero menudo fiasco con el hijo, me comenta, no ha visto facocheros, tan sólo el primer día. Tiro de documentación y lee el informe del profesional de su hijo, en el que, en el del primer día de caza por la noche, le dice que no va a tirar a ningún faco que sea inferior a los que acaba de ver de su padre, y lo cumple a pesar de encontrar  en cada jornada de 20 a 30 jabalíes verrugosos. Mi conocido abandonó mi oficina para no volver jamás, avergonzado por el engaño sufrido por su traductor hijo. La anécdota me viene al pelo para ejemplarizar que, cuando en el primer día se cobra un elefante muy grande, se pone la cota muy alta, a pesar de que yo pueda insistir en que la media de la zona no es esa. El cazador desconfiado piensa que, si se ha conseguido ése, por algún lado tiene que andar su hermano gemelo, dejando pasar grandes oportunidades de conseguir muy buenos elefantes sin ningún tipo de criterio. Él ha subido el listón muy por encima de lo razonable.
Cazamos, en el primer día de caza, un elefante sobresaliente, uno de los mejores cobrados en mi presencia, y se revolucionó el campamento, nadie quería pegar allí un tiro. Hasta, un día, me dijeron «Hemos pasado un elefante que, si tú estás presente, no hubieras consentido que esto ocurriera», y la verdad que, en más de una ocasión, cuando un cazador ha rehusado disparar a un elefante claramente de tiro para la zona, le he interrogado, tal vez de un modo agresivo, diciéndole que no entendía su postura. Políticamente, esa actitud mía no es para alabar, pero quiero reflejar el cabreo de todo el equipo que ha hecho su trabajo de un modo impecable y no puede comprender que no se quiera rematar. La gran mayoría de los cazadores responde de  modo razonable y cambia su chip, pero, claro está, que no todos.
 Clavado en el corazón tengo una excursión lamentable, acompañaba a dos cazadores. Uno ya había cazado conmigo un elefante de 65 libras, en una zona de 50 libras. Tuvimos mucha fortuna con este ejemplar –como dato curioso se cazó en el segundo día de caza, y el cazador me confesó que ya estaba un poco nervioso ya que casi habían pasado dos jornadas de caza sin tirar, sin comentarios–. En el nuevo safari ya le había advertido que no esperara mejorar el resultado y que tiraría un elefante de menor peso que el conseguido con anterioridad, pero no me hizo caso y presumía de su buena suerte en la caza, y que conseguiría, en este nuevo safari, un ejemplar superior al anterior, y lo peor es que contagió de su falso optimismo al nuevo cazador. Una mañana, con el cazador novel en esto de los elefantes, estábamos delante de un elefante comiendo tranquilamente en un cerrito y con su silueta recortada contra el cielo, estaba en una posición ideal. Después de analizarlo –el profesional era un maestro, y en ese momento con la licencia de profesional de mayor antigüedad de Zimbabwe–, se pusieron los palos para disparar y le dije al cazador que disparara. Él dijo que se lo tenía que pensar y se retiró unos metros. Cuando volvió me dijo que prefería esperar a uno más grande. Le informé al profesional, y éste, que era un hombre muy mesurado, de un manotazo cogió el trípode de tiro. Por la noche, el cazador me preguntó que si creía yo que se había equivocado, le dije que no se podía imaginar cuanto, ya que, al negarse a disparar, había puesto el listón tan alto que lo normal es que se fuera sin tirar, como así ocurrió, ya que los dos cazadores no dispararon. La historia continuó en Madrid, ya que el cazador que en su día cazó el 65 libras, se presentó en la oficina y, muy serio, me dijo que ya que no había tirado el elefante consideraba que yo me tenia que hacer cargo del 50 % del dinero pagado por su safari. Yo le dije que si lo que pretendía es que fuéramos socios al 50 %, esto no ha salido bien y te debo el 50%. Afirmó que sí, y yo le respondí que ya que éramos socios le abonaría el 50% cuando me trajese uno de los colmillos de 65 libras, ya que esta sociedad sería tanto para las ganancias como para las perdidas. Por supuesto que no me he vuelto a tropezar con esta persona en mi vida.
 Pero, como pasa con los refranes, hay unos que afirman una cosa y otros que la niegan, son el haz y el envés. Aquí viene el caso contrario, esta vez con nombres y apellidos. Estaba cazando con Quique Zamácola –ya le habían dado el Premio Weatherby–. Era su segundo día de caza, me acerqué con el profesional a ver un elefante, volví al coche y le dije a Quique que era de tiro. Éste, sin decir una palabra, cogió su arma, se dirigió al elefante y se hizo con él. Mas tarde le comenté que estaba sorprendido, ya que todo el mundo siempre pregunta sobre el tipo de elefante antes de disparar, que cuantas libras tiene, si los colmillos están igualados, se interesan por la longitud… Pero él no me había preguntado nada, se había quedado callado y había disparado al elefante. Quique me respondió «Pero si estáis el profesional y tú, que se supone que sabéis un montón sobre elefantes, si me decís que dispare lo hago. La responsabilidad será vuestra , yo no tengo nada que opinar, sólo tener confianza en vosotros». Yo me quedé tan sorprendido por la respuesta que la relato a los cazadores con mucha frecuencia, y por eso quiero que figure aquí. Por supuesto no espero que los cazadores tengan la demostrada disciplina de Quique, pero si me gustaría que hiciesen caso a las opiniones que les damos en el campo, y que nunca piensen, porque no es cierto, en un interés torticero para que se dispare a un elefante de modo erróneo, y menos que se esté intentando reservar un gran ejemplar a otro cazador que vendrá la semana que viene. En el campo no se puede guardar nada a otros, y menos aún elefantes que hoy están aquí y dentro de una semana a 500 kilómetros y, quizá, en otro país.
Lo cierto, es que es estupendo tener la confianza de un cazador, y hay que responderles de la misma manera. Pero, ¿cuantos cazadores creen a pies juntillas que ese macho montés que le señala el guarda da 250 puntos? Seguro que la gran mayoría. ¡Y qué pocos se creen que el elefante que tenemos delante superará por poco las 60 libras como le acabamos de informar! Aunque no podemos imponer un principio de autoridad. En una ocasión cazaba con una de las personas de mayor fortuna de Europa. No había cazado nunca un elefante por encima de 60 libras, y le acompañé a un destino que, por la época del año, sería sencillo conseguirlo. Hicimos una porra con dinero, entre todos, sobre el día en que dispararíamos al elefante. Yo fui el único que dijo que en el primer día, pero fue en el segundo día cuando disparó al macho adulto, numero 48, que vio, eso sí inferior a uno que pudo haber tirado el primer día. Yo creo que no le disparó para que yo no ganara la porra… aunque esto último sea una broma mía. Aún recuerdo el lance con nitidez. Era un elefante solitario que estaba en un sitio muy abierto, con algo de arbolado. El cazador ancló al elefante en su primer disparo, pero no lo mataba.  En un momento clavó sus colmillos en el suelo para apoyarse y levantar la cabeza, pero una defensa se debió quedar enganchada en una raíz de un árbol y se oyó un estrépito, como un tiro, cuando rompió uno de los colmillos. Se le acabaron las balas al cazador y me acerqué para rematar al pobre animal. Fue un lance horrible, y luego tuvimos que estar horas recogiendo trocitos de marfil para poder recomponer el colmillo fracturado en cientos de pedazos. Yo no debería haber tirado, el animal no se podía ir a ninguna parte, pero disparé movido entre el temor a que se rompiera el otro colmillo y, sobre todo, para que el pobre animal dejara de sufrir de una vez.

Equipo
Entre los que llevamos un montón de cosas en los bolsillos y los que no llevan nada, hay un punto medio. Como yo soy el exagerado que lleva un disparate de cosas, voy a ponerlas por escrito. Primero son los prismáticos. Independientemente de que más abajo me extienda sobre modelos y calidades, cuando me visto ya me los cuelgo al cuello, y sólo me los quito cuando vuelvo al campamento de nuevo. El motivo es muy sencillo, han sido numerosas las ocasiones que uno se ha echado a andar, quizá para todo el día, habiendo dejado los binoculares en el coche o en el campamento. Pero han sido más las ocasiones en que el profesional se ha vuelto hacia mí pidiendo mis prismáticos, los suyos estaban en el coche, o quizá en el campamento. Para evitar que esto pase, mejor es colgárselos al cuello, cosa que es incomoda y pesada, pero tremendamente eficaz. Los prismáticos definen a un profesional igual que el arma que lleva, el calzado que calza o el coche que conduce, que son objetos que debe cuidar con mimo pues los considero esenciales en su trabajo. Un arma con aspecto de descuidada y sucia nos dará una pobre información sobre su dueño; un coche de mal aspecto exterior, con facilidad tendrá el mismo interior, con los problemas que puede acarrear en los safaris modernos; un profesional descuidado en el calzado podrá no ser eficaz en una larga marcha; unos prismáticos de feria, de poca calidad, o medio rotos, demostrarán la falta de afecto de un profesional por su trabajo. Siguiendo con las citas bíblicas «Por sus signos los conoceréis», nos viene al pelo para la ocasión. Los prismáticos han de ser de una excelente calidad, de lo mejor que se pueda encontrar, si son de las grandes marcas europeas mejor que mejor, ya que disponen de las mejoras y más claras ópticas que nos permitirán determinar con rotundidad la calidad de un trofeo. Yo, personalmente, prefiero los 10 x42, aunque los 8×42 también son excelentes, lo que sí considero importante es usar siempre los mismos aumentos, sin cambiarlos, aunque se cambie de fabricante, ya que nuestra experiencia para juzgar a los elefantes la tenemos con ese numero de aumentos. Si nuestros prismáticos se estropean en su interior, pierden las gomas o no se quedan sujetos, tenemos dos soluciones, o cambiarlos por otros o que nos los arreglen. No será la primera vez que he recomendado a un cazador que, en vez de dar una propina en metálico, le regalara al profesional sus prismáticos para solucionar que esa persona tuviera, por fin, unos binoculares adecuados, listos para cumplir el objetivo por el que se les contrata. Existen en el mercado variados artilugios para evitar que los prismáticos nos doblen el cuelo al llevarlos todo el día, yo los uso, los hay de muchos tipos y creo que son prácticos.
Lo de las balas es también un capitulo importante. Primero no llevarlas sueltas, porque al andar es como si se llevaran cascabeles en los tobillos. Cartucheras hay de cien modelos y materiales, las más sencillas y practicas las de plástico marrón de Federal, la marca de munición, no sólo sirven para llevar balas, sino, también, para llevar, sin que se choquen y pierdan vida, las baterías AA. Entran cinco balas en cada una, llevar dos, es decir 10 balas, más las que entren en el almacén del rifle, es una buena cantidad para cazar un elefante. En el safari que he visto pegar más tiros a un elefante se llegó a la cifra de 23, y no se acabaron las balas, pero se estuvo a un tris de que así ocurriera. Recuerdo que en mis primeros safaris africanos estaba tan preocupado con el tema de quedarme sin balas en un lance, que me agencié unas cartucheras en la que se podía meter una caja entera de 20 balas, y me colocaba una caja en la derecha de mi cinturón, de un calibre, y otra en mi costado izquierdo, del otro calibre. Por supuesto que nunca me quedé sin balas, nunca me hizo falta tanta munición y abandoné esta pesada practica muy pronto, aunque tengo fotos que atestiguan mis palabras. Sólo cazando hembras conviene llevar munición en cantidad exagerada. Las últimas muertes de cazadores profesionales por causa de los elefantes, fueron por hembras, como Godson, en Tanzania hace un par de años, con el que hice varios safaris; Khristo, en Botswana hace media docena de años y, en los años noventa del siglo XX, en el valle del Zambeze, a Alan Love le mataron después de quedarse sin munición y haber abatido 16 hembras. Aquí sí hubiera hecho falta llevar mis cajas llenas de munición al cinto. Personalmente llevo cinco balas al cinto, otras cinco en las presillas de la camisa/chaleco, de mi particular y exclusivo diseño, y las que entren en el arma, bien se trate de las dos de un express o de las cuatro, cinco o seis de un cerrojo.
El resto de cosas que llevo son prescindibles, pero yo, que soy muy exagerado, las considero útiles, por ejemplo un mechero a tope de carga. Esto era fácil cuando fumaba, ahora lo llevo porque creo que puede ser necesario. Recuerdo que Jeff, Jarred  y su pistero Oli, se perdieron una vez con un matrimonio de clientes. No fueron capaces de encontrar su coche al atardecer, ni encontrar el camino de vuelta, por lo que pasaron la noche fuera del campamento, sin comida, sin bebida y pasando frío, esto ultimo se lo hubieran ahorrado si hubieran podido hacer fuego. Cuando no llegas a un sitio, puede ser que el irresponsable que no acude esté muy bien, pero los que esperan lo pasan fatal, y esto lo he sabido desde hace muchos años por haberlo visto sufrir y  sufrirlo yo mismo. Hasta la fecha, en todos los sitios en los que he estado de caza, he logrado tener situado a todo el mundo y que nadie pasara la noche al sereno de modo involuntario. Muchas veces hemos estado a punto de que ocurriera lo contrario, pero al final solventamos el problema. En Canadá tengo una hora de alarma, otra de ponerme en marcha y otra de irme a rescatar a alguien, como yo digo, a una hora me lo pienso, en otra me preparo y en otra me voy; entre que me lo pienso y que me preparo suele llegar el coche atrasado, y muy pocas veces nos hemos tenido que poner en marcha. Tuve una temporada aciaga en Tanzania con las lluvias adelantadas, cazábamos con cinco coches y rara fue la vez que cenamos todos juntos. Era común que a la hora de la cena faltasen dos o tres coches, pero antes o después todos los grupos iban llegando, algunas veces andando, pero llegaban. Lo de las radios no funcionaba bien y la falta de información era el común denominador. Pues bien, una noche no llegaba un coche y, cuando ya estaba listo un vehículo de rescate, llegó un pistero que nos dijo que los cazadores estaban bien en el campamento de montaña (a unas tres horas de coche), pero se necesitaban mantas y comida ya que el coche había sufrido una accidente, aunque sin daños personales. Lo que pasó es que dejaron a un joven ayudante al cuidado del todo terreno y se fueron a seguir unos rastros. El jovenzuelo, como se aburría solo, decidió darse una vuelta en el coche, pero no sabia conducir y empotró el coche en el fondo de un barranco –donde aún debe reposar ya que lo dejó ni siquiera disponible para hacer un llavero–. La verdad es que ni maté, ni di orden de flagelar, al desventurado Fittipaldi que nos había dejado sin una herramienta tan vital en su safari, como es un coche todoterreno. Tampoco le pagué, con la ausencia de propina, un curso en una autoescuela.
Antes llevaba siempre una brújula, ahora llevo un pequeño GPS que cuenta con ella, y un reloj que también tiene brújula. No es porque pensara que me perderían los pisteros, sino para estar orientado, que es un asunto que siempre me obsesionó. Por esto, un día me escandalicé, también en Tanzania. Estábamos cazando una zona que nos sabíamos de memoria, los pisteros eran los mismo de tantos safaris, pero entró una neblina de polvo denso que tapó el horizonte y empezamos a dar círculos. Al rato llegué a la impensable conclusión de estar perdidos, la montaña que nos servia de guía no la podíamos ver. Paré al grupo, nos sentamos en el suelo y les indiqué, dibujando en la tierra, la buena dirección. Como no se fiaron, me preguntaron, porqué conocía yo la ruta correcta y, de un modo teatral, saqué la brújula de mi bolsillo para convencerles. Ahora con el GPS es más sencillo y todos, cada 500 metros, me van preguntado que cuantos kilómetros quedan para el coche.
Lo del silbato es legendario. La verdad es que no recuerdo cuando empecé a usarlo,  pero sí el motivo, ya que me parecía un modo más natural de llamar a la gente que liarse a dar voces, teniendo en cuenta lo justitos que vamos de entendederas auditivas los discípulos de San Huberto. Luego, el silbato ha servido para levantar el campamento perezoso al amanecer, para dar la salida a los coches de caza, para anunciar la llegada, y hasta como instrumento musical en los momentos de celebración. En fin que uno sin el ‘pito’ es que no es nadie.
 Una linternita de bolsillo, aunque sea muy pequeña, y con las pilas a tope, nos podrá facilitar la tarea de volver al coche en noche cerrada sin temor a descalabrarnos a la primera de cambio; también para llegar a nuestra tienda en un campamento con escasa iluminación. No quiero poner nada aquí de las linternas de caza, ya que alguno, y con razón, me dirá que soy un paranoico. También aprovecho para cerrar este capítulo, ya que en mis bolsillos y en mi mochila llevo tal surtido de adminículos que la tan sola descripción me obligaría a escribir un nuevo articulo sólo con este tema.
 
Epilogo
Espero que estos cuatro largos artículos sean la base para un nuevo libro del mismo titulo 100 Elefantes 100. He intentado dar una pincelada de brocha gorda a la caza de elefantes actual, la que a diario se practica en África. Tengo la seguridad de que ayudará a muchos nuevos cazadores de elefantes, la misma de que los veteranos encontrarán muchos fallos y errores en mis apreciaciones, aunque, todos, puede ser que aprendamos alguna nueva cosa tras su lectura reposada. Cuando llegue a los 200 Elefantes 200 espero tener el humor, y la salud, suficientes para poder escribir de nuevo mis pensamientos sobre esta excepcional cacería.

[garciaescorial@safariheadlands.com]
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