Diario atípico de un safari: ocho días en Spitskop (Sudáfrica)

Por Adolfo Sanz

Amanece en Spitskop. El baúl está repleto de ilusión ante la expectativa de los siete días de caza que nos esperan, de salidas y puestas de sol, de momentos intensos, de ambiente festivo, de tormentas, del buen hacer de Adam Barnard y su gente… ¡Vamos allá!

I De batida

Desayuno festivo, como no podía ser de otra forma. Ilusión desbordada. Bromas, risas… Pedro Madrazo defiende con vehemencia el cartucho Accubond del .338 Win Mag que trae, más tarde demostró que tenía toda la razón en esta defensa, lo que no fue óbice para que se quedara con el mote de Pedro Accubond. Ya nos lo habían dicho, «se come de fábula», y la fábula comienza por el desayuno.
Ponemos los rifles a tiro, hasta el .25-06 que alquiló Antonio Sánchez, por cierto, vaya calibre majo, me sorprendió muy gratamente. Sólo el cronista tuvo que gastar más balas de las debidas, y aunque mi Mannlicher del .270 Win sólo me ha dado alegrías con el cartucho Vital Shok de 150 grains, sabía que para animales como el ñu, el hartebeest o el orix iba un poco justo, y quería afinar mucho el rifle, al final creo que lo conseguí después de gastar seis balas.
Batida, silencio. En estas batidas hay que cazar mucho con la vista, cuando te quieres dar cuenta tienes un mogollón de springboks encima, y a la hora de reaccionar, ¡hala, venga!, todos a saltar (gacela saltarina), todos a correr. ¡Y cómo saltan! ¡Y cómo corren! El éxito de mi amigo Antonio ya se lo conté en Treinta años después… (Caza y Safaris nº 305, mayo de 2010). Cinco de cinco. Al cronista le entró al trote una pelota de doce más un orix, el suelo se estremecía, palabra. No eran enormes y Adam Barnard me dijo que no tirara, y fallé el sprinbok de mi vida por una inoportuna acacia que apenas era medalla de bronce. El resto de la cuadrilla cazó su sprinbok y, además, Antonio Mingo, Pepe de Grado y Pedro unos ñúes negros de trofeo considerable.

II Ajetreo
En sus puestos, preparados, listos, ¡ya!… Todos a recechar. Excepto Roberto Alexander, él a lo suyo, a buscarle las vueltas a los facocheros grandes (me comentó Pepe que tiene una colección impresionante, con más de 70 juegos de colmillos de mucha categoría), ya cumplió con el resto de la fauna apiolandose un springbok decente en la batida. Malos presagios para el facocherista, mucha hierba y alta en esta despedida del verano sudafricano…
Vorágine. Unos por un lado, otros por otro, Pedro y Pepe acollarados (allí le llaman 2×1, es más barato y te lo pasas mejor), Sánchez con el cronista y el otro Antonio solo.
Logro convencer a Sánchez para que siga cazando… estaba ya más que conforme con sus springboks, no fue difícil. Le lanza la puntería a buen blesbok que estaba a más de 250 metros, el animal se amorcilla, dificultades para rematarle porque se pone a más de 300 metros. Precioso ejemplar, con su característica mancha blanca facial interrumpida (su primo hermano el botenbok, más escaso y de tasa de abate bastante más elevada, tiene esta mancha continua) y marcadas líneas amarillas faciales. Me encantan los blesbok, son ariscos, no es fácil ponerse a tiro, y cuando se paran, normalmente en el quinto pino, parece que están diciendo continuamente que sí con su característico movimiento de cabeza y esa especie de estornudo que emiten. El cronista inició su particular cruzada contra la bestia salvaje (wildebeest), léase ñu. Primero el negro o de cola blanca, al que no pude tirar en la batida. Preciosa entrada, pero encajó bien el impacto y aún corrió unos metros antes de caer. Después con el azul, y ahora si que noté lo justo que iba de calibre. Tiro largo, Adam cantó el consabido «good shoot», pero aquel bicho echó a correr y… ¡a las tres horas y a dos kilómetros encontraron la primera sangre! ¡Cómo pistean! Preferí dejarlo y tirar otro, al que marré también de primeras para después caer a plomo. El herido apareció a los dos días.
Pepe caza un buen hartebeest y otro blesbok, y el menda un springbok a rececho en la sesión vespertina.

III El orix que eclipsó a los ñúes
Si antes les he dicho que me encantan los blesbok, qué decir de los ñúes, el locatis del cola blanca y el azul, el búfalo de los pobres, con su imponente figura del toro de Osborne. Duros, esquivos… y más aquí que la caza esta normalmente espabilada –mucho mejor– y hay que tirar en no pocas ocasiones lejos.
Continuamos las mismas parejas de hecho y los mismos singles. Mingo, Pedro y Pepe si pican a ñúes azules, curioso el caso de éste último, no pensaba a priori tirarlo, pero cuando le dijeron que era un buen ejemplar no dudó un instante, ñu caput. Cazaron tres wildebeest de categoría, especialmente el del señor Accubond, y Antonio, además, un buen orix.
El otro Antonio se enfrasca con un auténtico impala de montaña en un paraje paradisiaco. Le engancha bien, a pistear por una pendiente repleta de piedras traicioneras. Final feliz.
Bueno, que me voy a quedar sin adjetivos para elogiar a la fauna africana. Porque el orix… Le dije a Adam que no me importaba tirar una hembra, ya tenía machos. Sinceramente no soy muy trofeista, y no sé muy bien el porqué, pero me apetecía cazar un orix de largos cuernos dentro de uno de esos enormes grupos que forman estos antílopes.
Dicho y hecho. La pelota, de más de cuarenta ejemplares, se reía de nosotros. Entrada, mantienen la distancia y a correr a un lado, se paran, entrada, y cuando estás a unos 400 metros (lo tienen bien medido), a correr, se paran. Pero en una de esas, un matón (mata grande vegetal, en esta ocasión), se interpuso entre el grupo y nosotros, y nos pudimos poner como a unos 300 metros. Yo en aquel maremagnum no distinguía nada, pero tuve más suerte, Adam, que ya se defiende en español, me dice «al último del grupo de tres». Tiro rápido, sucio, pero que el orix lo acusa y se retrasa del grupo. Me pongo demasiado nervioso para poder hacer puntería a la distancia a la que está el antílope, éste se mete en un apretón de sabana más cerrado. Respiro hondo, me sereno, un pisteo otra vez magnífico y, ahora sí, un certero disparo de remate dan con 43 pulgadas de orix en el suelo.

IV La Tormenta
La mañana prometía. Los Antonios se encapricharon en cazar una cebra para regalar alfombras. Joroba, quien dijo que cazar una cebra es fácil, hombre, depende del sitio, pero donde son ariscas lo son de verdad, como lo eran en la finca en la que cazamos Sánchez y yo, que entonces dedicamos nuestros esfuerzos a la bestia dura (hartebeest) o búbalo o alcélafo, en este caso rojo o del Cabo. ¿Qué por qué a unos animales les dejamos su nombre en inglés o afrikaans y a otros no? Buena pregunta, prometo un día un artículo al respecto. Bueno, el caso es que estábamos a hartebeest, el primero al que entró Antonio le demostró el porqué de su nombre, un primer tiro que en cualquier otra circunstancia hubiera sido mortal, en esta ocasión hizo que el bueno de Sánchez se tuviera que emplear a fondo para que el animal no sufriera y cobrarle al fin. Después nos dedicamos a las cebras y a los blesbok imposibles, yo entré a cuatro magníficos ejemplares y no hubo forma, pero entre tanto y tanto, se me presentó la oportunidad de tirar otro hartebeest imponente. Otra entrada preciosa, y, sinceramente, disparé con cierto temor después de lo del ñu, y aunque el alcélafo anduvo después del tiro, lo cobramos sin mayor problema. Curiosamente eran dos trofeos prácticamente iguales, excepto en la parte alta de la cuerna, horizontal en el de Antonio y hacia arriba en el mío.
Pepe y Pedro acompañaron a Roberto en su retiro facocherista, teniendo algo más de suerte, cobrando Pedro un ejemplar excepcional. Pedro llegó al lodge llamando a Pepe el Odontólogo, ya que éste dejó a buen faco sin defensas del tiro y él se quedó sin trofeo. Al final, creo que cobramos 15 facocheros, lo dicho, la hierba alta fue un handicap importante.
Por la tarde se lió un tormentón, por eso me gustó el blesbok que cacé en medio de aquel fondo gris magenta, olor a tierra mojada, mil rayos y aguacero inminente. Después del impresionante rabo de ñu con el que nos obsequió la madre de Adam para cenar, se lió la madre de todas las tormentas, fue sencillamente impresionante, joroba como llama a la puerta el otoño en el Cono Sur.

V Gigante
La fotografía que ilustra este capítulo está puesta totalmente a propósito, y es para que comparen como es un eland del Cabo respecto a un orix, orix que puede alcanzar los 250 kilos de peso, pues eso, a comparar.
De los seis cazadores que nos juntamos en Spitskop, a Pedro y Roberto, los conocí allí, una gente maja de verdad, de Antonio Sánchez ya comenté su curriculum cinegético en Treinta años, de Antonio Mingo y Pepe de Grado les puedo decir que son dos cazadores hechos así mismos, auténticos y que pueden hacer en un momento dado que te mueras de la risa de lo ocurrentes que son. Digo eso por la decisión que tomó Mingo a la hora de cazar el eland. Lo tuvo ‘muerto’ nada más salir, pero dijo que no, que a la huella, no sé cuantas horas después, muchas, por fin el eland estaba a algo más de trescientos metros jugando al escondite, asomando su imponente cabeza, ahora sí ahora no, detrás de una acacia, Jakob le dijo «o tiras o…». O… ¡poum!, antílope gigante desplomado, el .30-06 hizo su trabajo. Antonio exhausto pero feliz. Por cierto, cazó la pieza más grande y la más pequeña, por la tarde tiró un chacal a la carrera y, ¡hala, al saco!
Sánchez consiguió la cebra en una finca donde al menos no salían corriendo cuando olían a humano a dos kilómetros. El tiro fue perfecto, pero aquí fue cuando me sorprendió, y mucho, la efectividad del .25-06.
Vi unos springboks merecedores de un esfuerzo cinegético, le pregunté a Adam y me dijo que «claro que los puedes tirar». Sólo un pequeño fallo, este cronista estaba ya en una especie de nirvana después de lo del orix, y se me habían olvidado las balas. Tuve que pedir prestado el .25-06. Los springbuck no me dejaron mal y cacé un ejemplar notable, de cuerna bastante larga.
Larga siesta. ¡Qué maravilla! Gastamos la tarde en buscarle la vueltas a un waterbuck mu guapetón, nos ganó, la verdad es que tampoco nos importó gran cosa, sería por el bajón del quinto día que nos decía Roberto, que no en vano es un experto safarista.

VI Los domingos no se caza. O sí
El domingo comenzó el sábado por la noche, por eso de que a partir que la media noche es ya otro día. El caso es que salimos a echar el faro, una modalidad que a mí en España no me despierta la libido cinegética que decía el otro, pero en África no me importa por aquello de disfrutar de la noche y acercarme a algunos de mis antílopes favoritos: los steenboks y los duikers. Por la noche cambiamos de pareja de baile, Sánchez y Alexander de espectadores, el Odóntolo con Accubond y Mingo con Sanz. Bueno, pues Pepe y Pedro nos mojaron la oreja de una manera considerable, cazando un duiker y un steenbok cada uno, y encima de buen trofeo. Antonio y yo cazamos nada, porque prácticamente nada vimos.
En Sudáfrica hay numerosas fincas en las que los domingos no se caza, y eso el cazador lo debería saber para evitar sorpresas. Nosotros lo sabíamos, pero Adam y su equipo son tan buena gente que ‘echamos un rato’… Recuperada la normalidad acompañé a Sánchez a acabar los deberes con el waterbuck. Vimos otro, más grande, estaba a 208 metros justos de telémetro. Tensión, Adam debía valorar correctamente los ambos cuernos para poder disparar, esos minutos en estas circunstancias son horas. Antonio mantuvo el tipo, e hizo otro disparo perfecto. El antílope acuático es de los pocos antílopes cuya carne no es buena, será por el almizcle, no sé. El macho era grande, y presentaba el típico anillo anal de la variedades del sur. Vueltas, vimos avutardas, enormes, roans y sables, con ellos no iba la guerra. Dimos otra vuelta por una finca sin cercar, dando con un kudu muy grande, Adam llamó a Jakob que cazaba con Mingo, ya que éste era el más interesado en el cazar el precioso antílope. Como no estaban lejos, no tardaron en llegar, echando el bofe, eso sí, el caso es que entraron al kudu, y el tiro se lo llevó otra acacia, aunque más grande que la mía del springbok, ¡cómo se camuflarán así con lo grandes que son!

VII El tejedor
Otro día que comenzó el anterior. Nos desplazamos el domingo a última hora bastante lejos con la intención de cazar el redunca de montaña por la noche. Este antílope lo tenía especialmente señalado, siempre me ha llamado mucho la atención. Formamos las mismas parejas nocturnas, cuando nos dimos cuenta Pepe y Pedro ya se habían hecho con un redunca y un steenbok cada uno, el steenbok del señor de Grado realmente excepcional, con cinco pulgadas y seis octavos. Yo tenía tal fervor por el redunca, que pacté con Antonio que tiraría primero en caso de darse esa oportunidad, y él si era un steenbok lo que se ponía a tiro. Pude cazar un gran redunca, pero no se paró, y después de montear tantos años, ahora resulta que no se tirar si el bicho no se para… Mingo le hubiera acertado seguro, pero yo seguía en mis trece, y hasta bien entrada la madrugada no me pude hacer con uno. De los steenboks, nada, muchas entradas, pero todos eran pequeños. Una lástima.
Muy cansado después de casi no haber dormido, saqué fuerzas de flaqueza para recechar un springbok blanco. Me hacía ilusión. Vimos uno tirable, solitario. Adam no hizo por entrarle, le dio vueltas hasta que pareció espantarle. Nos alejamos mucho trecho. Comenzamos una larguísima entrada. La estratagema de Adam consistía en incorporar al blanco al grupo, para que así no se mostrara tan receloso al amparo de otros congéneres. Después de mucho andar, ¡allí estaba!, ‘sólo’ a 258 metros, pero no había otra y rematé el safari con suerte.
Antes de comer ‘cacé’ tejedores, había muchos, pardos, rojos, amarillos… lo pasé muy bien, por cierto, hablando de aves, vimos muchas codornices, parecían preparadas para migrar, éstas serán las largo-migrantes que dice el amigo Montoya, y son las que más al norte viajan. Curioso.
Ni saqué el rifle. Sánchez quiso despedir el safari como lo comenzó, con springbok. Tormenta, que raro. Tiro forzado, y lejos, 180 metros, a pistear. Springbok cobrado tras otra lección magistral de estos hombres.

VIII Big Hole
Me parece que Kimberley tiene como unos 250.000 habitantes. Es la ciudad de los diamantes y la capital de la provincia de Cabo Norte, aunque está muy cercana al Estado Libre. Mantienen con orgullo el Big Hole en el mismo centro, ese cráter gigantesco, ahora inundado en parte por el agua, pero que en realidad fue construido por el hombre, ¡a pico y pala!, nada más y nada menos que 43 años tardaron en excavar sus 1.300 metros de pared vertical. De esta enorme mina se extrajo en 1869 el diamante tallado más grande del mundo, el Estrella de África, con ‘sólo’ 530,2 quilates. La mina se cerró en 1915. Ahora han recreado un poblado de la época (se veía que había dinero), y como eran las minas, e incluso te bajan en un ascensor para que de la sensación de que estás abajo del todo. Las condiciones de trabajo debían ser un poco angustiosas, como para tener claustrofobia. La verdad es que está todo muy bien montado, pero cuando estuve hace ya hace años en Kimberley, asomarse al Gran Agujero era, como decirlo, más salvaje, menos seguro, y la sensación de vértigo inimaginable. Aprovechando la circunstancia, yo al menos no me pude reprimir, y, previamente asesorado, compré un diamante para Mercedes, humilde, pero diamante al fin y al cabo, la pobre se merece mucho más por aguantar a este cronista tan pesao.
Fuimos de souvenirs. Yo me inflé a comprar el somarro sudafricano, lo que llaman biltong, lo hay de muchos animales y tipos, está de escándalo.
¡Venga, a comer otra vez! En un restaurante tipo hamburguesería decorado como en el Oeste americano. No se pueden hacer una idea lo bien que comimos. Soy un tripero.
Por cierto, aquí parecía que lo del Mundial de Fútbol ni fu ni fa, pero yo tenía la intuición que ganábamos, tenemos feeling con este lejano país.
El viaje de vuelta se hace largo, la verdad, y muy posiblemente no compense llevar los rifles. Pero la intensidad de los momentos recién vividos es la mejor vitamina. Ya estamos preparando la vuelta.

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