Reclamo. Días de brasero y ‘cuco’

La Morra del Aeropuerto 5 copia

Como cada año volvemos a consultar la normativa –como si no nos la supiéramos de corrido– y volvemos a comprobar que los pollos no se pueden campear antes de la apertura de la veda. Pero nos buscamos la forma de solear a nuestros cautivos en cualquier tapia a la salida del pueblo. Cuando no en las primeras olivillas, con un ojo en el pájaro para que no lo asalte algún perro suelto, y otro en la carretera por si aparece un coche verde y blanco, salir de uñas. Tiene tela, con la cantidad de ladrones que pululan por los despachos de toda España y que todavía destinen una pareja de la autoridad para perseguir a los que intentamos, sin hacer mal ninguno, que nuestras perdices tomen un rato el sol en el medio natural.

Este año –no quisiera ser agorero– tengo la impresión de que pintan bastos. Por todo el país hemos tenido una meteorología rara. Es como si al año se le hubiera hecho tarde. El otoño tardó en entrar casi un mes más de lo acostumbrado. Estábamos pegando tiros en las monterías y estaban los machos berreando.

La hierba empezó a nacer a primeros de diciembre, la aceituna engordó a mitad de la cosecha, los zorzales no bajaron con la primera luna de octubre, y apenas si volaron con la primera de noviembre. La naturaleza acusa un cambio que más que cambio parece un retraso en el ciclo.

Si hacemos memoria, recordaremos como por mediados de junio seguíamos sin quitarnos la manga larga y se cumplió sobradamente el cuarenta de mayo para quitarnos el sayo.

Los pájaros de la jaula van cumpliendo sus tiempos. En la mayoría de los casos de forma provocada, porque somos nosotros los que, ansiosos de escucharlos dar pitas y reclamos, les cambiamos la alimentación y luego vendrán las lamentaciones, porque con nuestro afán de ver a nuestros garbones coloraos, les hemos atiborrado de cañamones, algún puñaillo de alpiste, ortigas cuando las hay y amapoles cuando salen, provocando que  cuando el campo empiece a calentarse los nuestros estarán hartos de maullar, pasándose de celo.

No son pocos los compañeros que llegado diciembre meten los pájaros dentro de la casa, les ponen una bombilla para que tengan una hora o dos más de luz, y hasta les ponen algún medio de calefacción para subir el celo. Con esto, lo único que conseguimos es tener unos ejemplares ‘a tope’, que no encontrarán respuesta en el campo, porque los de fuera de casa ‘están fríos’.

Las primeras salidas de esta temporada es bastante fácil que encontremos los bandos todavía juntos, las parejas no se habrán establecido y, en consecuencia, la combatividad de los camperos será baja o nula.

Y ahora es cuando hay que ver al cuquillero en el aguardo y al pájaro en el repostero. Si sacamos los pájaros ‘calientes’ nos encontraremos que el campo entra en grupo y sin gana de pelea, con lo cual debemos dejar pasar el lance para mejor ocasión. Algunos, seguro que con tal de pegar un tiro, se inventarán que oyeron cuchichear al de abajo, que estaba mirando al de la jaula, que si el de arriba estaba recibiendo tenía que tirar y muchas milongas tantas veces escuchadas, buscando justificar una conducta que no tiene justificación.

Por el bien de la afición, por el bien de nuestros pájaros y para forjar buenos compañeros de horas de cuco, debemos cumplir con unas premisas absolutamente necesarias :

1ª) No tirar si no hay pelea y si no se han cumplido los tiempos necesarios.

Es penoso ver algunos vídeos que circulan por la red, en los que, apenas el campero ha pisado plaza, le sacuden un crujío y se acabó lo que se daba. Con esta forma de actuar se consigue que pájaros que hubieran podido ser buenos, no desarrollen todo el repertorio del que podríamos haber disfrutado, habiéndoles dado tiempo a enfrentarse a su oponente.

A los pollos nuevos, lo mismo que no es conveniente sacarlos a principio de temporada, tampoco es conveniente alargarles mucho la faena, pero hay que dejarlos como mínimo cinco minutillos de rifirrafe, antes de tirarles. Tirarles siempre que estén peleando con el pájaro objetivo de nuestro disparo. A veces elegimos el momento de disparar cuando el campero está de espaldas al puesto y reúne las condiciones ideales para abatirlo, pero a lo peor en ese momento el del repostero está lanzándole pitas a la hembra, que sigue fuera de la plaza tratando de fijarla, y provocaremos en él un desconcierto que podría estimular la aparición de resabios irrevocables.

Por eso es imprescindible antes de disparar estar convencidos de que nuestro ejemplar está en plena pelea con el que vamos a tirar, que lo esté viendo, y que esté en una posición que no lo arrastremos con el tiro y lo saquemos del ángulo de visión del enjaulado. De esta forma provocaremos que, al quedar inmóvil el oponente, nuestro pájaro interprete que ha vencido en la batalla y proclame al campo su victoria ofreciéndonos ese miserere o canto de victoria que irá in crescendo hasta convertirse en canto de mayor para buscar un nuevo contrincante.

2ª) No tirar nunca si los pájaros están en grupo, buscando hacer carne.

Si algún cuquillero sale al campo pensando en hacer carne, podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que este penitente se ha equivocado de cofradía. El cuco es una de las modalidades de caza más difíciles de asimilar y de desarrollar, porque requiere de gran paciencia, de no poco conocimiento y de ninguna avaricia para llenar la talega.

3º) Pensar siempre en que el disparo es el fin necesario para cerrar perfectamente el círculo de esta afición, no es el medio de conseguir carne para el puchero. El cuco, gracias a Dios, hace muchos años que no se practica por necesidad.

La paciencia es primordial, es difícil, sin duda, mantenerse en el aguardo escuchando latir el corazón al compás de los cuchichíos de nuestro pájaro sin buscar instintivamente el frío de la culata en la mejilla, pero es mucho mayor el placer experimentado con el lance cuando hemos dejado que pase el tiempo y hemos disfrutado la pelea. Yo puedo hablar de puestos donde he tenido ¡cuarenta minutos! al macho del campo metido en plaza, y hasta parar la contienda para descansar echado junto a la jaula, para empezar de nuevo a los dos minutos, tirándose picotazos asesinos.

Quizás, la suerte suprema de esta caza sea la carambola. O sea, abatir macho y hembra con el mismo disparo, después de una contienda larga y espectacular.

Cada cual tendrá su opinión al respecto, pero una carambola bien hecha, cuando el macho del campo ya parece que se da por vencido ante la gallardía de su oponente, y es la hembra la que se acerca beligerante al repostero, tratando de amilanar al de la jaula, que le sigue tirando suaves pitas y titeos, que la rinden. Cuando ya el campero deja protagonismo a la hembra que da por perdida, después de haber presenciado la pelea entablada por ella y por el territorio, cuando nuestro pájaro agotado reúne a los dos a sus pies, es el momento de buscar el cruce y disparar dejando secos a ambos a un metro del repostero, a la vista de nuestro garbón que, mirando a sus oponentes inertes, empezará un suavísimo cuchichío que irá elevando, al compás que yergue su figura para ir convirtiendo el miserere en un canto de dormitorio que elevará hasta ser un cante de mayor, que acompañaremos con un resoplido de alivio, dejando relajarse todo el cuerpo mientras abrimos la escopeta, y respiramos, complacidos, el olor a pólvora quemada que inundará cada rincón del puesto y cada uno de nuestros sentidos para abrir otra página irrepetible en la memoria.

Y si alguno se va por haber aguantado, ¡qué se vaya!, no pasa nada, es conveniente no olvidar que ‘sin tiro , no hay resabio’. Suerte y a disfrutar, el mes que viene nos contaremos. CyS

Texto Carlos Enrique López

 

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