¡Cuánto cante, y qué bien dicho!

A veces dan ganas de planchar el puesto después de sacarlo del armario. Yo no puedo esperar al último día. Con los pájaros soleándose en la terraza, este domingo lo he dedicado a revisar el buen estado de salud de los archiperres.

Con la recordada liturgia de años anteriores lo he ido desplegando, disfrutando de ese olor tan particular que le confiere la solera de años de monte, mezclado con el aroma de la clausura obligada del armario.

Nueve meses más han pasado por él y por mí. A él le duelen las costuras que me apresuro a remendar en sus puntos débiles. A mí me duelen las rodillas más que en años anteriores, pero eso no me impedirá hacer de cada camino al puesto, feliz penitencia impuesta por una afición impenitente.

El año anterior fue cruel con mis reclamos. Me entró una lechuza en la terraza y acabó con la vida de algunos de mis más apreciados compañeros de tardes de frío y gloria. Sólo queda el recuerdo de “Moncho” o de “El patillas”. Ya ni siquiera sus jaulas permanecen vacías, pues en un casi desagradecido gesto, he ocupado los que fueron sus catrecillos con nuevas esperanzas.

Borré el nombre de sus jauleros, pero nunca sus recuerdos se borrarán de mi entorno. Podrán borrarse de mi memoria, pero sus hazañas me superarán en el tiempo, porque están escritas y porque mi hijo es su feliz albacea, y será notario, por encima del tiempo que a mí me esté concedido.

Me empeño en transmitirle esta afición que tanto encierra de poesía, porque sus lances son auténticos versos cinegéticos. De nuestros pájaros, fandangos valientes sus voces retadoras. Bulerías irrepetibles sus cuchichíos pendencieros. Martinetes de fragua y yunque sus piñones y titeos. Tarantas mineras de tristeza y victoria en fin, sus voces al cargar el tiro.

Vuelven a mi mente imágenes, de esos machos arrastrando el ala como el vuelo de un capote que se mancha del polvo del alvero, entrando en plaza provocadores, exigiendo el duelo a su oponente. Ellos no elegirán las armas, pero arriesgarán la vida por defender el territorio invadido por nosotros.

Ya estaba divagando, dejándome arrastrar a los lances ya pasados cuando el cante valiente y áspero de “Majano” me han devuelto al tiempo presente. Es uno de mis jóvenes promesas, adquirido en la feria de la caza de Iznalloz, procedente de la granja “La Majá”. Uno de esos ejemplares que por veinte euros nos permiten revivir la ilusión de que pueda ser el elegido para dar un espaldarazo a nuestra historia como cuquilleros.

“Majano”, tiene un reclamo hondo de seis o siete golpes que rápidamente irrita a “Esperanto”, otro de los nuevos. Éste, procedente de Jabalquinto (regalo de María), es un pájaro de librea oscura, espejuelos marcados y agresivos como grabados a fuego, pechuga azul de cielo sevillano, cuerpo grande y poderoso, con cabeza proporcionada y pico corto y vigoroso. Con siete golpes de reclamo responde a las chulerías de “Majano” y entre los dos se enzarzan en una pelea de cantes y recursos que casi exige un acompañamiento de guitarra.
Es cante hondo, flamenco de barrancos y cañadas, genética traída de lo más profundo de nuestras sierras hasta esas granjas que han sabido respetar lo puro y lo han conservado, para ofrecerlo a los que gustándonos tanto esto, sabemos que el campo no está para que le roben pollos.

Aquí, en mi terraza, está la verdad que responde orgullosa a la mentira que afirma que los pájaros de granja son de cante aburrido y monocorde. ¡Qué blasfemia!, escuchando dilucidar sus pleitos a mis dos granjeros de nobleza asegurada. Aquí están, en mi terraza, sin haber conocido todavía un repostero, los que ponen boca abajo esa falsa afirmación.
Aquí, mientras escribo y los escucho… fandangos, seguirillas, soleares, deblas, tarantos…¡Cuánto cante! ¿Quién dijo que Camarón no sabía de flamenco? Ahí queda eso… para la historia.

Por Carlos Enrique López

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