Perdices en mano. Buscando el día perfecto…

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Recibí una llamada de mi buen amigo Javi Vidaurreta para decirme que se bajaba a cazar y que me uniera al viaje. Era en cierta finca en Ciudad Real de cuyo nombre sí quiero acordarme, ya que esos días fueron para recordar durante toda la vida en la mente de un aficionado a la caza.

La cacería iba a ser en la provincia de Ciudad Real de la mano de Daniel Ramos Figueroa, que dirige la agencia cinegética Caza y Turismo, y así iríamos desde Bilbao, mi tierra querida, hasta La Mancha, tierra perdicera por excelencia.

Dani era la persona que había preparado el viaje en sí, como órganica que es, viaje en el que habíamos puesto todas las esperanzas de pasar un par de días agradables y realizar un pequeño sueño cinegético. Ya teníamos algúna experiencia anterior con él, en la finca La Caminera más concretamente, y en realidad era apostar a caballo ganador.

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Llegamos por la tarde, después de unos 700 km ,y Daniel nos recibió en la entrada a la finca asegurándonos que todo estaba dispuesto para la cacería de los días posteriores.

La finca posee dos zonas diferenciadas en las que la caza mayor y la menor se pueden practicar, ya que su extensión y orografía es tan diversa que permiten abatir venados en berrea e incluso aguardar algún cochino o, en la parte baja de la finca, con sus más de 5.000 hectáreas, cazar perdices en mano o acudir a uno de los excelentes ojeos que se dan a lo largo de la temporada.

El viaje hacia el cortijo por el interior de la finca nos hizo conocer el cazadero, que presentaba laderas de monte bajo y clarones, salteadas de algunas siembras que se dejan para que las perdices tengan sustento natural, amén de los comederos y bebederos que en toda buena finca existen. Un bandito de patirrojas nos cruzó la carretera animando a la partida para el día siguiente.

Hay que decir que llegar a el cortijo y trasladanos a otra dimensión fue todo uno: las instalaciones son espectaculares, con unos salones colmados de grandes trofeos que acompañan al cazador en su estancia, dando ese aire mágico que tiene la venatoria. Su dueño y todo el personal están volcados en que estés en todo momento perfectamente atendido y, por cierto, hay que mencionar su gastronomía, pues todos los días te sorprenden a la hora del yantar, ¡toda una maravilla!

La hora de la verdad

Desayunamos espléndidamente, bien prontito, para salir al campo con la típica impaciencia de querer entrar en materia cuanto antes. Recogimos a los canes en las perreras que tienen acondicionadas, para salir con el equipo de la guardería a dar las primeras manos. El guarda mayor nos comentó que, a pesar de ser una finca en la cual el conejo brillaba por su abundancia, llegándose a abatir hasta 20.000 ejemplares por año, a día de hoy era anecdótica su presencia por la aparición de la enfermedad vírico hemorrágica, por lo que decidimos abatir uno sólo por cazador si se daba el lance, como anécdota para la percha.

Los primeros bandos volaron llevando la caza adelante constantemente y los perros guiaron una y mil veces los abundantes rastros que las patirrojas dejaban con sus peones. La mano de cinco escopetas pronto empezó a disparar, tiros de pico, voladas hacia atrás, tenazones entre encinos y cruzadas de todo tipo y sólo cesaron los disparos a la hora del taco campero, sobre la una y media, momento en que paramos en mitad del cazadero para degustar unas viandas, que nos trajo el personal de la finca, y así coger fuerzas con las que seguir hasta el anochecer.

Por la tarde manos bien llevadas y la abundancia de patirrojas hacían que todos tuviesen muchísimas oportunidades, así que el disfrute fue continuo, con lances propios y de los otros compañeros.

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Al finalizar la jornada, vuelta al cortijo que está en mitad del cazadero y, después de la ducha, una gran cena y su posterior partidita al mus.

Al día siguiente la cacería fue sólo de media jornada, ya que la vuelta suponía un montón de horas de coche hasta el norte del país, pero aun así dimos tres manos buenas y se abatieron unas cuantas perdices más…

Para terminar, como en todas las cacerías, tapete de piezas y fotos de recuerdo, ¡y vaya recuerdo!, como para repetir después de las 276 piezas que se cobraron en día y medio entre Javier, Alberto, Sabin, Daniel y un servidor.

Cierto es que conozco muchas fincas de caza menor y que cuantas más conoces más te das cuenta de cuáles son las que se miman, y, por ello, aquí se ve el cariño, el trabajo y la dedicación que hay detrás de todo, por esto las cosas funcionan, cuando se dan todos estos factores, pues no sólo hay que atender los bebederos, las siembras, los predadores…, sino que la caza va más allá.

Sólo me queda dar mi agradecimiento como aficionado a la menor a los gestores de la finca, por hacer esa labor por la caza que muchos desconocen, y que, aunque sean fincas dedicadas a la explotación, ésta es otra cosa, es todo el conjunto y hay que venir y verlo, saborearlo y, después, hablar. CyS

Por Mikel Torné

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