Las enfermedades de las especies cinegéticas, ¿cuál es el riesgo real?

Brown Hare (Lepus europaeus)

No son pocas las enfermedades que pueden afectar a las especies cinegéticas, con incidencia y repercusión muy diferente según los animales a los que afectan y su trascendencia sobre la cabaña ganadera doméstica o las personas.

Frente a ellas, los cazadores ocupamos la primera línea de acción ya sea como mecanismo de información, vigilancia, prevención y control, aunque por desgracia, no siempre la sociedad nos reconoce como debiera dicha labor. Tampoco debemos olvidar que nuestra salud puede exponerse a ciertos riesgos cuando manipulamos animales cazados que pueden estar afectados por alguna enfermedad transmisible al ser humano.

Categorías

De forma práctica y con el ánimo de ayudar a mejorar la comprensión de las más destacadas, diferenciaremos entre las que afectan a las especies de caza mayor, y a las que afectan a la menor, , aunque algunas pueden ser comunes a ambos grupos.

A su vez, dentro de estos grupos, podemos ubicarlas en tres categorías:

Aquellas relevantes desde un punto de vista de salud pública, esto es, las zoonosis o enfermedades que pueden afectar a las personas que contactan o consumen animales portadores o enfermos. Son las que repasaremos en este artículo.

Otras que son importantes por el devastador efecto que causan en las poblaciones que se ven afectadas. Como por ejemplo, la nueva variante de la enfermedad hemorrágica vírica en el conejo de monte, la sarna en algunas poblaciones de ungulados de montaña o el botulismo, enfermedad bacteriana que afecta sobre todo a aves acuáticas y causa elevadas mortalidades cuando sube la temperatura y baja el nivel de agua, generándose un caldo de cultivo ideal para la proliferación de la bacteria.

Un último grupo aglutinaría enfermedades de gran repercusión económica en la gestión sanitaria de la ganadería doméstica y, de forma indirecta, también en la fauna silvestre. Entre ellas señalaremos las pestes porcinas del jabalí y el cerdo doméstico, muy importantes porque se consideran erradicadas en la cabaña porcina española desde hace años pero no así en otros países de Europa del Este, lo cual supone un riesgo ligado a posibles transportes ilegales, sin los pertinentes controles veterinarios, de jabalíes europeos hacia la Península, que llegan fruto del ansia poco lícita de mejorar los trofeos de una finca o explotación. Tampoco podemos olvidar la tuberculosis o la brucelosis, de venados y otros bóvidos, potencialmente transmisibles a vacunos, ovinos y caprinos, con las repercusiones sanitarias y económicas que eso supone en las explotaciones ganaderas afectadas._DSC3241

Como ya hemos apuntado, en el presente artículo analizaremos el riesgo sanitario que potencialmente tenemos los cazadores cuando disfrutamos de la caza, nuestra pasión.

El contacto con la naturaleza y los animales de forma tan directa como lo hacemos los cazadores, puede entrañar una serie de peligros asociados a la presencia de ciertas enfermedades en las especies que cazamos, manipulamos, cocinamos y consumimos. Estas enfermedades, denominadas zoonosis, son potencialmente transmisibles entre los animales y el hombre, y pueden causarnos graves problemas de salud.

Algunas zoonosis presentes en la caza mayor.

Entre las causadas por bacterias destacan la tuberculosis y brucelosis, que pueden presentarse tanto en el jabalí como el venado o la cabra montés, por citar algunas. Ambos son procesos transmisibles a las personas, si bien, no suponen un riesgo elevado para los cazadores por presentar una baja incidencia en los animales abatidos y escasas posibilidades de contagio. Sólo se produciría por contacto directo con el agente causal por inhalación, fundamentalmente en el primero de los casos, o por contacto con heridas o lesiones cutáneas, en el segundo._DSC9479

Entre los causados por parásitos, destacan sobretodo la sarna sarcóptica que puede aparecer en cualquier especie, y la triquina en el jabalí. En el primer caso se trata de una enfermedad cutánea que genera pérdida de pelo en las zonas afectadas, erosiones y engrosamiento de la piel, así como un picor intenso de la piel. En los casos más graves provoca un deterioro generalizado del animal que incluso puede causarle la muerte. Se trata de una enfermedad muy contagiosa por contacto directo con la piel de animales afectados, dándose casos de cazadores con sarna en la zona del cuello por transportar reses abatidas a la manera tradicional, “al hombro”. En las personas provoca molestas lesiones cutáneas que generan intenso picor, son de difícil tratamiento y prolongada curación, por lo que debemos extremar las manipulaciones de animales sospechosos como veremos al final del artículo.

En el caso de la triquina del jabalí, nos encontramos ante un parásito completamente diferente. Se trata de un pequeño “gusano” que en sus fases larvarias se encapsula en el músculo de los animales infestados. Estos animales no presentan síntomas, pero cuando su carne es consumida, las larvas salen de sus cápsulas y generan un cuadro patológico grave que incluso ha causado la muerte a algunas personas que habían consumido carne no analizada previamente. Por ello, es fundamental desterrar falsas creencias, por desgracia muy arraigadas en algunos colectivos, y llevar muestras de TODOS los jabalíes abatidos al veterinario, para que las analice antes de su consumo, especialmente si se van a elaborar embutidos, pues la carne se consume sin haber sido sometida a ningún tratamiento térmico, y eso incrementa notablemente el riesgo. Año tras año, en un goteo incesante pero continuo, aparecen casos positivos en nuestro país y, por desgracia, también se diagnostican problemas graves en personas que consumen carne sin analizar.

También es necesario considerar las posibles parasitaciones por garrapatas, no por el daño que puedan provocar con su mordedura, sino por su eventual papel transmisor de enfermedades, alguna de ellas tan graves como la enfermedad de Lyme, provocada por la bacteria Borrelia burgdorferi.

Chevreuil dans une patureAlgunas zoonosis presentes en la caza menor.

Destacamos sin duda la tularemia, una enfermedad causada por Francisella tularensis y que tiene una elevada prevalencia en liebres, principalmente de Castilla y León, donde año tras año se comunican casos desde hace dos décadas. Esta bacteria provoca en las liebres un deterioro generalizado, asociado fundamentalmente a cuadros hemorrágicos que desencadenan su muerte. Pero en ocasiones, las liebres enfermas o portadoras de la bacteria en estadios iniciales de la enfermedad son cazadas antes de morir, y es entonces cuando las personas que las manipulan (cazadores, cocineros, guardas, etc.) presentan un mayor riesgo de contagio, bien por contacto directo con fluidos de los animales durante el transporte o desuello, o bien por inhalación al desollarlas o incluso de los vapores liberados durante su cocción. De ahí que cuando aparece un brote, no sólo se contagien personas que desarrollan su actividad en el medio ambiente, como cazadores, agricultores o ganaderos, sino también cocineros que no hayan salido al campo ni tenido contacto con el animal entero.

Tampoco debemos olvidar, en el caso de enfermedades provocadas por bacterias y también teniendo a la liebre como especie diana, la leishmaniosis, causada por especies del género Leishmania y cuyo contagio no se produce por contacto directo, sino que requiere la presencia de un mosquito flebótomo como vector. Esta enfermedad se caracteriza porque las liebres son portadores asintomáticos, esto es, no presentan ningún síntoma que haga sospechar que portan la bacteria, pero cuando un mosquito les pica e ingiere su sangre, transporta el agente y puede inocularlo a personas tras una nueva picadura. Los cuadros clínicos que aparecen en personas afectadas son variables, desde una gripe no muy severa, hasta cuadros más graves con fiebres elevadas, lesiones cutáneas, inflamación de ganglios, etc. Es interesante destacar que hace un par de años se produjo un brote de esta enfermedad en un área periurbana de Madrid con una elevada densidad de liebre y abundante presencia de personas, que, sin ser cazadores, acudían a disfrutar de una zona de ocio y esparcimiento y, desgraciadamente, se contagiaron de la enfermedad.

Otra enfermedad parasitaria importante de la caza menor es la sarna sarcóptica, que puede afectar a liebres y conejos. Y entre las causadas por parásitos internos destacamos la cisticercosis, porque aparece con cierta frecuencia en la liebre. Producida por una fase larvaria de una tenia cuyo hospedador definitivo puede ser el hombre, aparece habitualmente en la cavidad abdominal de las liebres a modo de racimos de pequeñas vesículas traslúcidas y brillantes, en cuyo interior está la fase larvaria del parásito. Es fundamental ser cuidadosos en la gestión de los animales afectados y sus vísceras, evitando consumirlas y que las consuman los perros, procediendo a su destrucción efectiva para impedir que el ciclo continúe.

Flushing mallard

Otro proceso importante que puede afectar a la caza menor, vírico en este caso, y que puede ser zoonótico y muy grave para la avifauna es el virus de la influenza aviar. Conocida en términos coloquiales como “gripe aviar”, mucho se ha hablado y escrito sobre ella en los últimos años, generando incluso conatos de “psicosis colectiva” no excesivamente justificados en el ámbito que nos ocupa. Puede afectar tanto a aves domésticas como silvestres, siendo su reservorio natural las anátidas, con mayor riesgo en las migratorias ya que pueden transportar el virus desde sus lugares de invernada, en muchos casos, zonas endémicas. Es posible, además, que los animales silvestres sean portadores asintomáticos pero capaces de transmitir la enfermedad. En cuanto a la transmisión del virus, normalmente se produce por contacto directo, una vez eliminado por las aves enfermas o portadoras a través de heces y otras secreciones, destacando su gran resistencia en el medio natural. En cuanto al riesgo real para los cazadores en España, a priori y con la situación epidemiológica actual, podríamos decir que se trata de un riesgo muy bajo.

Conclusiones y consejos para la prevención

En primer lugar, nos gustaría remarcar que aún siendo muchas las enfermedades que las especies cinegéticas pueden contagiarnos, el riesgo real es reducido, y más si se tienen en cuenta unas mínimas normas de prevención que a continuación detallaremos.

En primer lugar debemos tener muy presente el “menos común de todos los sentidos”, el sentido común. Esto es, si durante el lance con cualquier pieza de caza observamos un comportamiento extraño antes de abatirla, por favor, extrememos las precauciones, puede ser indicativo de que padezca algún problema sanitario. Lo mismo si encontramos algún cadáver. En ambos casos será imprescindible seguir una serie de medidas mínimas, como el uso de mascarilla y guantes impermeables para su manipulación y, si es posible siempre en el caso de cadáveres, evitar tocarlo y comunicar su presencia a la autoridad competente en la zona donde, ya sea el SEPRONA o un Agente Medioambiental.

Otro de los consejos más importantes en la manipulación de piezas abatidas es ser cuidadosos en su desollado, evitando tocar zonas de suciedad excesiva, conservación inadecuada o su realización sin guantes, sobretodo cuando tenemos heridas o erosiones en las manos que pueden ser una vía de entrada para los gérmenes.

Una vez faenado el animal, es importante que su almacenaje se haga en recipientes o bolsas aptas para entrar en contacto con alimentos y que la temperatura de conservación sea la correcta, ya sea de refrigeración o congelación.

En el caso del jabalí, reiteramos la necesidad de tomar las muestras oportunas, siendo de elección el diafragma, músculo que separa la cavidad torácica y abdominal, tiene forma de abanico y se inserta en las costillas y columna vertebral del animal. Serán entregadas al veterinario para que realice el diagnóstico de triquina y confirme su ausencia. Insistimos: no consuman ningún animal que no haya sido analizado, evitarán riesgos innecesarios para su salud.

Por otro lado, tampoco debemos olvidar la adecuada gestión de las vísceras y otros residuos generados durante la limpieza y desollado de los animales. Así, debemos evitar que sean ingeridas crudas por nuestros perros o gatos, puesto que podríamos estar favoreciendo la difusión de algunas enfermedades y su mantenimiento en nuestro entorno más cercano. Tampoco es conveniente abandonarlas en el campo, pues otros carnívoros como el zorro también pueden mantener el ciclo de los parásitos, con las repercusiones negativas que eso conlleva para el resto de especies de caza. En el caso de las vísceras de reses abatidas en monterías, existe una completa normativa que exige a orgánicas y titulares de cotos la adecuada gestión de dichos residuos.Common Snipe fedding in shallow water

También es importante que tras cada jornada de caza nos autorevisemos para eliminar garrapatas u otros parásitos que se hayan podido adherir a nuestras ropas o a nuestro propio cuerpo. En este caso, es mejor acudir a un Centro de Salud para que un profesional sanitario nos la retire antes que tirar nosotros, pues si provocamos su ruptura quedando parte en el interior de nuestra piel se desencadenaría una infección que podría ser grave.

Y para finalizar, en caso de padecer síntomas de cualquier enfermedad que sospechemos pudieran estar relacionados con el contacto o manipulación de alguna especie de caza, es importante acudir a un Centro de Salud y responder a las preguntas del médico confirmando esta posibilidad, así facilitaremos el diagnóstico, evitaremos un agravamiento del proceso, la prolongación del tratamiento y acortaremos los tiempos de recuperación.

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