¿Deberían pagarnos por cazar?

Portada Time
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Es habitual, desde los medios de tipo conservacionista, o desde los más recalcitrantes anticaza, hacernos culpables de todos los males que asolan al planeta, en su vertiente medioambiental, culpándonos de todo aquello que pasa por sus mentes incendiarias, la mayor parte de las veces sin ningún tipo de base científica o al menos de unos mínimos estudios que avalen sus peregrinas teorías.

Ciervo cola blanca
Ciervo cola blanca

Por eso nos quedamos muy sorprendidos cuando llegó a nuestras manos el número del 9 de diciembre del pasado año de la más que famosa revista TIME –de siempre con un marcado acento anticaza– en el que, a través de un artículo, en portada, de David Von Drehle, –bajo el título Problemas de plagas en EEUU: es hora de gestionar los rebaños– pide que la actividad cinegética solucione de una vez por todas los problemas de superpoblación de bastantes especies, muchas de ellas, hasta no hace mucho, bajo el paraguas del ‘peligro de extinción’. Basado en una serie de datos que expondremos (y que pueden ver en anexo extraídos de la publicación) Von Drehle aboga por una intervención rápida y exhaustiva de los cazadores con el fin de controlar a especies que, debido a su proliferación, ‘juegan hasta con los niños en la cunas’, cosa… ciertamente peligrosa cuando se trata de aligátores de más de un par de metros.

Datos impactantes

Según los datos aportados por el reportaje, y a modo de ejemplo más que significativo, la población del venado cola blanca es en estos momentos superior a la que había cuando Colón llegó a America. Aunque sólo sea en porcentajes de crecimiento y en cantidades absolutas, el panorama es como sigue:

Venado, 32 millones de ejemplares y un crecimiento del 800%.

Pavo salvaje, 8 millones de ejemplares y un crecimiento del 1.500%.

Puma, 100.000 ejemplares y un crecimiento del 1.600%.

Castor, 5 millones de ejemplares y un crecimiento del 2.400%.

Mapache, 5 millones de ejemplares y un crecimiento del 2.600%.

Jabalí, 5,5 millones de ejemplares y un crecimiento del 120%.

Oso negro, 450.000 ejemplares y un crecimiento del 320%.

Ganso del Canadá, 5,7 millones de ejemplares y un crecimiento del 370%.

Aligátor, 5 millones de ejemplares y un crecimiento del 400%.

Lobo gris, 5.000 ejemplares y un crecimiento del 610%.

Puma
Puma

En palabras del propio autor: «Después de haber estado más de cincuenta años sin problemas por interacción con la vida salvaje, y tras haber protegido dichas especies hasta el extremo, los americanos empiezan de nuevo a convivir peligrosamente con criaturas que son, muchas veces, agresivas», reafirmando lo que ya dice en el título de su artículo, «¡es hora de gestionar la manada!».

Cazando en el cementerio

La situación ha provocado algunas situaciones en distintas ciudades que, si no fuese por la gravedad de los hechos, rozan la comicidad, como puede ser el hecho de cazar en un cementerio. Las autoridades de Durham, en el estado de Carolina del Norte, han autorizado la caza con arco en el interior del perímetro urbano. Las autoridades de San José, California, localidad situada en el tecnológico Silicon Valley, aprobaron el pasado mes de octubre cacerías en zonas urbanas y periurbanas de jabalíes, que en la actualidad se han convertido en una auténtica pesadilla para conductores, transeúntes, jardineros, limpiadores… En Rock Mountain, Illinois, se autoriza la caza de especies salvajes en la zona urbana, siempre y cuando ésta sea realizada con arco y practicada en una zona verde; parques, cementerios, huertos, jardines… se han convertido en los cotos particulares de avezados cazadores. Tanto en Maine como en Ohio se aprobaron recientemente leyes que incrementaban los periodos autorizados de cacerías de pavo salvaje y venado, dada la extrema abundancia de ambas especies. Y en el estado de Nueva Jersey se dieron hasta cuatro batidas el año pasado a los osos negros, en los bosques existentes entre Filadelfia y la ciudad de Nueva York, cada una de ellas durante seis jornadas de caza, con el objeto de reducir drásticamente el exceso de población de este peligroso plantígrado.

«A lo largo de todo el país se empiezan a escuchar voces reclamando más caza que nunca, y no sólo estamos hablando de una caza deportiva que poco influiría en algunas poblaciones descontroladas, sino que hablamos de una caza de control y gestión poblacional como respuesta ante una expansión que, en muchos casos, llega a ser calificada como una auténtica plaga», afirma el autor de este singular artículo –por no seguir la línea editorial habitual de la publicación–.

Descontrol poblacional

El problema, a hoy en día, es que hay poblaciones totalmente descontroladas de muchas especies, desde los jabalíes hasta los gansos e incluso los cisnes, por no hablar de los caimanes o aligátores. Los animales entran en casas, jardines y huertos privados, destrozándolo todo a su paso, causan accidentes de circulación y son una vía de expansión de enfermedades asociadas a las garrapatas (como la enfermedad de Lyme, una infección que afecta a distintos órganos) y otros parásitos. Por no hablar del riesgo en vidas humanas.

Con varios estados muy afectados, el jabalí es una auténtica plaga. Desde aquella pequeña piara que introdujo Hernando de Soto –conquistador español que descubrió las costas de Nicaragua y murió en 1542 en el Misisipi– para alimento de sus huestes en el siglo XVI, y tras escaparse algunas parejas, organismos oficiales cifran su población en más de cinco millones, que campan a sus anchas por ciudades y pueblos. El gran reto a afrontar, según indican expertos en la materia, es que esta población ha llegado a una cifra tal que los crecimientos poblacionales serán exponenciales y de proporciones y consecuencias inconmensurables.

Oso negro causando daños
Oso negro causando daños

Los castores son otra de las especies que, lejos ya de los bajos niveles de presión a los que fue sometida en el siglo XIX, se ha expandido sin control y ha colonizado numerosos ríos, arroyos y canales, ocasionando en numerosas ocasiones graves desastres por inundaciones o sequías en determinadas zonas, al desviar a su antojo muchos de éstos por su continua actuación sobre los cursos fluviales. Lo mismo sucede con las especies antes citadas, y algunas más, y muy peligrosas, como caimanes, pavos salvajes, gansos, pitones, zorros, pumas, osos, mapaches, lobos, ciervos o alces. Todas ellas necesitan una interacción urgente y necesaria de la caza para intentar, cosa nada fácil a la luz de los datos, paliar y solucionar una casi desesperante situación.

¿La solución…?, la caza

Se da la circunstancia, también curiosa, de que el propio autor atribuye la génesis del problema a las llamadas generaciones Bambi –al menos tres– que, influenciados por la dichosa película de Disney, crecieron con un exacerbado espíritu proteccionista para con las especies salvajes y un odio visceral hacia los cazadores. Su visión bucólica de la naturaleza salvaje, y la no comprensión de los propios mecanismos naturales de control de las especies, generó un clima absurdo de proteccionismo que hoy muestra sus consecuencias.

«¿Quién puede mantener alejadas a las especies salvajes de nuestros barrios?», se pregunta el autor. Sin lugar a dudas, el predador número uno, el humano cazador que, ejerciendo una acción controlada y planificada, pueda reducir la vida silvestre a sus niveles naturales. De momento, Von Drehle asegura que los estadounidenses empiezan a asumir esa responsabilidad. Según datos del americano Servicio de Caza y Pesca y Vida Silvestre, la caza ha ganado popularidad y, desde 2006 a 2011, ha repuntado con 1,8 millones de cazadores jóvenes entre ¡6 y 15 años!, aunque no es uniforme en todos los territorios, ya que, mientras en Dakota del Sur el 21% de la población es cazadora, en Massachusetts solamente un 1% practica la caza.

Es concluyente y, sobre todo, explícito este magnífico informe, reportaje, de TIME que pone sobre la mesa una realidad que tantos cuestionan. Por una simple extrapolación de ideas –y recordando el artículo que hace dos meses publicaba esta revista–, se nos ocurre, como conclusión, una sola pregunta que deberían plantearse de una vez por todas nuestros detractores, y que ya planteábamos nosotros: ¿qué pasaría con nuestra biodiversidad, la de nuestro país, si se dejásemos de cazar durante un par de años, por ejemplo, jabalíes y conejos? CyS

A. Mata

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