La caza con rehala, en vías de extinción

355 - Caza con rehalaNo  recuerdo el momento concreto en que comenzó esta aventura, pero hace más de veinticinco años, ante el inexorable declive de la caza menor, como tantos otros cazadores, descubrí la mayor. Gracias a una amistad común, conocí a Borja Barba y con él me adentré en el apasionante mundo de la caza con rehala. En ocasiones, reniego de aquel momento y, en otras, las más, considero que es de los mejores acontecimientos de mi vida.

A lo largo de los años son muchas las personas que han estado junto a nosotros y muy variado el oficio de cada uno. Por diferentes motivos han ido apareciendo y desapareciendo, pero siempre con el mismo espíritu de fraternidad que ha reinado entre nosotros. En este momento somos cuatro amigos: Borja, David, Álvaro y el que suscribe los que integramos este variopinto equipo, pero siempre recordaré a los que han estado aquí: Felipe, Ángel, Julio, el otro Felipe, Antonio, Jesús, Dani, Félix, cómo no, mi primo José Antonio y demás, han hecho posible este sueño.

Cazar con la rehala es una experiencia indescriptible, sentir tus perros batir el monte, levantar la caza, la certeza de la res en una ladra y el culminante lance del agarre es una vivencia sublime. Hace que parte de uno mismo se funda con la naturaleza en una experiencia única y personal, que transciende lo humano para acercarnos a lo que una vez, no hace tanto, fuimos y continúa aferrado a lo más esencial de nuestro ser. De unos años a esta parte la sensación se incrementa y compartir la caza con mi hijo Pablo me permite estrechar nuestros vínculos y ver en él la ilusión y el derroche físico que yo ya no puedo permitirme.

Desde el comienzo se han ido sucediendo los problemas de toda índole que conlleva una organización compleja, y más con animales: alimentación, limpieza, desparasitación, vacunas y demás requerimientos sanitarios, cuidado de los cachorros, selección de los perros más aptos, problemas familiares y personales, implicaciones laborales, el cada vez mayor número de trabas administrativas a la propia existencia y transporte de rehalas, el desmedido coste económico de licencias (una por cada autonomía en la que pretendas cazar), seguros, combustible, mantenimiento y averías del vehículo y tantos otros apartados que surgen de improviso… Todo esto hace que mantener una rehala –y digo una rehala, no cuatro amigos que juntan cuatro chuchos para cazar los domingos en su coto– suponga un descomunal esfuerzo, tanto económico como personal.

Las nuevas normativas que la Administración está exigiendo a las rehalas va a traer como consecuencia directa que muchas recovas no puedan cazar en la próxima temporada montera.
Las nuevas normativas que la Administración está exigiendo a las rehalas va a traer como consecuencia directa que muchas recovas no puedan cazar en la próxima temporada montera.

Algo tan arraigado y nuestro como la montería es inconcebible sin la existencia de la rehala. Muchos nos considerarán un mal necesario y en las más de las fincas, salvo honrosísimas excepciones, nos tratan como apestados, olemos mal y nos dan ‘de comer aparte’, pero nadie imagina una buena montería sin la concurrencia de buenas rehalas, bien presentadas, con perros sanos y fuertes, con buena ‘lengua’ y buena boca, capaces de levantar al más rápido de los ciervos y doblegar al más bravo jabalí. Nos damos por bien pagados con oír un «Esos perros del collar amarillo, sí que son buenos», al atravesar un cortadero o girar en un cierre.

 

Comienza, entonces, nuestro particular calvario: mientras los puestos van despreocupadamente a la junta a disfrutar del almuerzo y comentar los lances del día, nosotros iniciamos la recogida, casi nunca fácil y siempre tediosa, que las más de las veces nos obliga a recorrer nuevamente la finca hasta devolver los perros a su transporte, cuando no a regresar al día siguiente o la desazón de que el buscado perro esté muerto o para siempre desaparecido.

El afán recaudatorio de la Administración, que no tiene límites, ha decidido emplearse ahora con las rehala y ven en el exiguo aporte económico que recibimos por todos estos desvelos, una inagotable fuente de ingresos, una vaca más que ordeñar. Soy el primero en aplaudir el aflorar la economía sumergida, no entiendo una factura sin IVA. Pero de ahí a considerar la caza con rehala como una actividad económica o empresarial me parece un total desatino. ¡Juro ante Dios que nunca en mi vida he recibido un céntimo por cazar con la rehala, jamás hemos terminado la temporada para repartir beneficios y siempre hemos ‘repartido’, con desigual equilibrio, el coste que supone mantener los perros durante todo el año!

El autor con su hijo Pablo.
El autor con su hijo Pablo.

Creo, sinceramente, que esta nueva vuelta de tuerca puede ser la gota que colme el vaso y que lleve a la desaparición de la rehala de Borja Barba, desconocida en el ámbito nacional, pero muy bien considerada en nuestro modesto entorno, que siempre hemos procurado mantener al mejor nivel, mimando y seleccionando los perros, acudiendo puntuales a las juntas, monteando con dedicación la mancha elegida, marcando y acarreando las reses abatidas y agradeciendo a cuantos organizadores nos han honrado con solicitar  nuestra presencia.

Si Dios no lo remedia y la Administración no retira este macabro proyecto… desapareceremos.

Ignoro cómo funcionan otras rehalas, nunca ha sido de mi incumbencia. Dudo que pueda haber quien posea una rehala con fines empresariales; creo, de corazón, que, como negocio, sería  ruinoso. No sé si alguien se puede permitir tener en plantilla  a quien se dedique a cuidar sus perros y obtener algún beneficio que no sea el de la caza en sí misma. No entiendo, pues, el objetivo perseguido ni comprendo la persecución a que estamos sometidos.

Pago mis impuestos directos e indirectos, que no son pocos, y solamente ruego que se me permita dedicarme a esta afición que llena mi poco tiempo de esparcimiento. Creo que no es pedir demasiado…

 

Por Ángel José Macías López.

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