Valdelobillos del Castillo de Prim

352 - ValdelobillosEl recuerdo de los viejos amigos…

Al principio llovía muchísimo. Luego… llovía mucho más. Cuando se jartó de jarrear –parecía que iba a dar tregua– el dichoso dios Eolo, levantó una ventolera que amenazaba con hacernos rodar por el cortadero… Secarnos, nos secó, pero nos dejó tiritando como pollos desplumaos y con unas ganas enormes de ‘abandonar’ el puesto y buscar el rescoldo de la lumbre para templar el espíritu… Pero todo el mundo aguantó hasta el final cumpliendo como lo que somos, cazadores. Al fin y al cabo, esto es la caza y lo que tantas veces decimos: lo importante no es cazar, es estar cazando, aunque, en casos como éste, parezca cosa de locos…

Tiempos de caza y amistad

352 - Valdelobillos (1)

Cuando nuestro querido amigo Paco, el doctor Francisco Fernández Cuesta, nos comentó, allá por los principios de temporada, la posibilidad de asistir a la montería de Villalobillos, no lo dudamos un momento, a pesar de que aún faltaba mucho tiempo para la fecha de celebración. Habíamos escuchado –en nuestra redacción– muchas veces, muchos años, hablar de dicha montería y, sobre todo, del entorno espectacular en el que se desarrollaba, la finca en la que el mismísimo general Prim tuvo su castillo de retiro personal y que fue visitado en cierta ocasión por SS el Papa Pío Nono (o noveno), toda una leyenda histórica.

Sin embargo, el motivo más importante por el que no nos podíamos negar fue porque Paco nos dijo que, en esta montería, celebraban ‘las bodas de plata’, ¡25 años ya!, un grupo entrañable de amigos monteros cazando en la finca, muchos de ellos amigos desde la infancia. El poder recordar a algunos ya ausentes para siempre –como nuestro querido Miguel Ángel Carrasco o Leandro Salinas– y a otros muchos, separados largos años por el tiempo y la distancia –Jesús Zaragoza, Deme Perea, el tío Pedrito (Pedro Torres, entrañable y querido compañero de ‘otras guerras’), Miguel Baon (primo hermano del propietario y anfitrión Ismael Baon), Juan Sanz, Lucinio, Luis Moreno, el Gallo, o José Torres, entre otros muchos de aquellos que, allá por el año del Señor de mil novecientos noventa y tres levantaran la veleta que aún hoy en día luce en la Casa del Peral, en la misma Valdelobillos–, fue motivo más que suficiente para hacer una cruz en la agenda y no perdernos una montería que se auguraba entrañable.

352 - Valdelobillos (1)Además, y por ‘circunstancias del destino’, que se dice, también encontramos a posteriori a otros amigos más recientes, como a Antonio Gibaja, José Luis Cañete, Antonio Machuca y a nuestro querido Adolfo Sanz, director hasta no hace mucho de esta publicación.

En resumen que, por encima de todo, y por encima de los propios elementos empeñados en aguarnos, nunca mejor dicho, el día, la jornada iba a ser, y lo fue, memorable, independientemente del resultado final y… del dolor de huesos que algunos nos llevamos para casa.

 

Monteando, a pesar de todo

Ismael y César, propietarios, nos recibieron como en casa, cosa que se agradece de corazón.

Tras las migas y el sorteo –celebradas en la plaza de Retuerta del Bullaque–, y un «¡Señores, a montear y que sea lo que Dios quiera!», como así fue, partimos hacia la finca barruntando la que se nos venía encima.

Se organizaron las armadas en la casa de Los Lobos, a la entrada de la finca y, con el agua ya casi por los tobillos, aunque parezca exagerado, partimos hacia la mancha.

352 - Valdelobillos (14)En ese momento, para los que no conocíamos el terreno, dio comienzo el ‘espectáculo’. Atravesar por un ‘camino-puente’, por el que apenas podían pasar los coches, la cola del Embalse Torre de Abraham, realmente impresiona; pero, sobre todo, es un placer para los sentidos por su belleza. Después, el Castillo de Prim y las riveras del Bullaque para ascender a una cuerda, por terrenos encrespados y deslizantes, que en algunos momentos te ponían los pelos como escarpias. Un paraje, montero como pocos, realmente impresionante y maravilloso del que, salvo por las circunstancias, se podía disfrutar con todos los sentidos.

El resto, ya casi lo hemos contado. En algún momento llegó a nevar, esos copos de hielo, la cellisca, que se clavan en la piel como alfileres y que te llegan a hacer odiar el lugar en el que te encuentras, a pesar de su hermosura.

Aguantamos el chaparrón. Los perros cazaron como pudieron y se escucharon (a pesar de que con el plástico de los impermeables no se oía nada) bastantes tiros, dadas las circunstancias. En fin, que se hizo lo que se pudo y más…

352 - Valdelobillos (12)Eso sí, reconfortó, y mucho, el encuentro con los amigos (a pesar de que vinieron pocos de aquellos de hace 25 años) y se vivieron momentos intensos y emocionantes… al calor de la lumbre que era donde mejor se estaba. Una muy buena mesa, con buena conversación, predispuso el espíritu para la vuelta, el, a veces, largo camino de retorno que sirve para remover los recuerdos y rememorar tantos tiempos remotos ya casi perdidos en la memoria, pero que aún siguen llenando el alma con ese calor tan intenso que se llama amistad. Y caza, por supuesto.

 

Por A. Mata.

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