Tras los pasos del muflón del atlas

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“La naturaleza es bella por la insondable grandeza de sus misterios, el increíble ingenio de los mecanismos de sus habitantes y la variedad de soluciones que ofrece, su absoluto orden dentro de un aparente caos de arbitrariedad y, sobre todo, porque hace que nos sintamos como una parte muy minúscula dentro de su impresionante grandiosidad”

Llevaba ya varios meses rondándome por la cabeza la idea de intentar cazar al arruí en su particular paraíso natural en la Península. Desde que en la década de los setenta fue introducido en aquellos parajes de indudable belleza, habían sido muchas las anécdotas que había escuchado sobre su caza. Unos afirmaban que era sencilla y carente de incertidumbre, mientras que otras historias lo recogían como un lance digno del mismísimo San Huberto.

Lo que parecía claro es que un animal que se adecua a aquellos secos y agrestes parajes de la sierra murciana representaba para mí un reto. Aquel curioso rumiante de largas pelambreras había despertado en mí foro interno unas ganas tremendas de llegar a conocer algo de su etología, de vivir alguna jornada en su hábitat, de sumergirme en su medio para llegar al deleite de poder comprender mejor sus hábitos y costumbres.

Indudablemente me movía mi instinto cazador entrelazado como el acero de una cadena a una cada vez más creciente sed de conocimiento del medio y es que, cada día que pasa, presto mayor atención a todo lo que rodea al mundo de la caza y la naturaleza. Estaba claro que Sierra Espuña era mi destino soñado y para embarcarme en esta aventura nada mejor que disfrutar de la compañía de mi mujer junto con Antonio y Almudena, una pareja de buenos amigos con los que compartimos este tipo de escapadas cinegéticas.

La sierra encantada

La sierra es un mundo de contrastes que hacen que nos encontremos ante un islote de humedad dominado por amplias zonas de pinos carrascos en un paisaje semidesértico. En los barrancos y otras zonas húmedas de la sierra podemos disfrutar de bosquetes de olmos, álamos y sauces enanos. Junto a éstos, los matorrales constituyen otro pilar fundamental dentro de este ecosistema vegetal; contemplaremos chaparras, lentiscos, espinos negrales, enebros y sabinas junto con áreas de esparteras en las faldas de la serranía.

En las cumbres destacan los piornales, con especies de porte almohadillado, como el culo de monja o el piorno amarillo. Los roquedos ofrecen especies como el ombligo de Venus, zapaticos de la Virgen, clavel silvestre o la hiedra, así como diversas especies de helechos. Por último, debemos mencionar las zonas de cultivo que salpican la serranía en el que los bancales de almendros y olivos de secano son su exponente principal.

Espuña, durante mucho tiempo, fue aprovechada para la ganadería, tanto local como trashumante. Los pastos y la bellota eran importantes recursos para los municipios y pedanías que arrendaban sus dehesas para su aprovechamiento.

Pero, a principios del siglo XIX, y debido fundamentalmente a la tala indiscriminada de madera para la construcción de casas y barcos, junto con la producción de carbón, se produce un cambio radical en el paisaje, haciendo que la zona quede sumida en una casi total deforestación sufriendo graves problemas de erosión.

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«En la sierra el efecto que produce este ungulado, gracias a su labor de pastoreo, es considerado como muy favorable, ya que esta acción permite conservar los pastos herbáceos evitando la invasión de la vegetación leñosa y mejorando la cobertura de hierba, incrementada tanto en producción como en calidad».

Tuvo que ser una catástrofe natural la que actuó como desencadenante para que se tomasen medidas y corregir la situación. Así, en 1879, se produce la riada de Santa Teresa en la que pierden la vida setecientas sesenta y una personas en los municipios de Lorca y Murcia causando daños materiales muy elevados.

A finales de siglo, se encargaron unos trabajos de repoblación supervisados por tres famosos ingenieros de la época: Ricardo Codorníu, José Musso y Juan Ángel Madariaga. Fueron variados los trabajos de construcción de muretes, diques, sendas, caminos y viveros que sirvieron para cubrir unas 5.000 hectáreas de bosque y matorral.

Ya en el siglo pasado, conviene señalar una serie de fechas ligadas a los acontecimientos que marcan el devenir actual de esta joya de nuestra piel de toro:

•1931: se declara Sitio Natural de Interés Nacional. Esta consideración afectó a más de 5.000 ha del corazón de la sierra.

•1973: Se crea la Reserva Nacional de Caza con nuestro protagonista, el arruí, como actor principal y una superficie de 14.000 hectáreas.

•1978: Se declara Parque Natural.

•1992: Se reclasifica a Parque Regional.

•1995: Se le incorporan los montes de Mula alcanzando su superficie actual de 17.804 hectáreas.

•1998: Declaración de ZEPA (Zona de Especial Protección para la Aves) y propuesta de LIC (Lugar de Importancia Comunitaria).

Sobre el arruí en Sierra Espuña

La llegada a la serranía de los primeros arruís se remonta a 1970, cuando se trajeron cinco machos y cuatro hembras procedentes del zoológico de Casablanca (Marruecos) y otros ocho machos y doce hembras provenientes de Frankfurt (Alemania).

A principio de la década de los noventa, concretamente en 1992, un brote de sarna procedente del ganado doméstico, provocó una enorme mortandad de individuos lo que mermó sus poblaciones hasta que en 1995 se controló la epizootia.

Aunque la dureza climática de la sierra es relevante, este hábitat se presenta para el arruí como mucho más favorable que el que encuentra en sus lugares de origen, ya que, aunque la topografía viene siendo abrupta y de gran pedregosidad, no suele enfrentarse en nuestro territorio a las grandes nevadas y el frío que pueda encontrar en las cumbres africanas.

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Mapa mundial de distribución del arruí o muflón del Atlas.

En la sierra el efecto que produce este ungulado, gracias a su labor de pastoreo, es considerado como muy favorable, ya que esta acción permite conservar los pastos herbáceos evitando la invasión de la vegetación leñosa y mejorando la cobertura de hierba, incrementada tanto en producción como en calidad. Por otro lado, al crecer con fuerza el verde en las zonas de cortafuegos, realiza una labor de limpieza muy interesante a la hora de luchar contra el temido fuego.

Es curiosa la relación de facilitación que se produce en algunas especies arbustivas del Parque para protegerse de la acción de ramoneo del arruí. Tal es el caso de la madreselva, especie de gran predilección para este rumiante, y que se esconde en ocasiones al abrigo de la sabina mora, especie a la que no presta demasiado interés nuestro barbudo amigo.

Jornada primera: ilusión y desazón

Salimos de la Villa del Oso y el Madroño a las 16:00 horas del viernes 4 de octubre de 2013 con nuestras maletas cargadas de sueños e ilusiones. Tras una primera media hora marcada por los maravillosos atascos de la capital, pusimos rumbo a la tierra de Isaac Peral, aquel mítico cartagenero inventor del submarino.

Como me suele ocurrir en estas ocasiones, no fue necesario que sonase la alarma de mi despertador a las 06:15 horas del sábado. Diez minutos antes, cansado de estar en la cama y deseoso de emprender esta nueva aventura, me limitaba a dejar pasar el tiempo soñando cómo sería nuestra experiencia. Al fin y al cabo, dejar volar la imaginación ante algo desconocido es una parte más de nuestra pasional afición.

A 06:30 estábamos como un clavo esperando a Antonio y Juan para acudir a nuestros cazaderos situados en las cercanías de Lorca. La mañana estaba muy oscura, con un cielo que se atisbaba completamente cubierto por nubes azul grisáceo que parecían presagiar una jordana marcada por las tormentas.

Así las cosas, hicimos una parada de rigor en una gasolinera del camino donde pudimos conocer a José, el voluntarioso guarda que nos acompañaría estas jornadas cinegéticas. Bajo el efecto de una buena taza de café nos comentaba que, en estos últimos días, no había visto a los grandes machos en los diferentes puntos querenciosos de la finca que él conocía como la palma de su mano. Los últimos avistamientos se habían producido a última hora de la tarde, cuando las manadas salen del mato a carear en espacios más abiertos.

Nuestro guarda José, conocedor a la perfección de las conductas de los animales, sabía que en estas épocas de mucho calor en el centro del día, el careo de los animales hacia los puntos de comida se suele concentrar en la madrugada y el crepúsculo. Así, bien entrada la mañana, nuestra mejor opción sería volver al hotel junto con nuestras parejas, ya que los animales se suelen dedicar a la rumia y el reposo ocultos en lo más fresco de aquellos frondosos barrancos.
Una vez que comenzamos nuestro deambular por la finca ya con las primeras luces del alba, se sucedieron asomadas a extensos valles salpicados de siembras y plantaciones de almendros. Las diferentes colinas nos ayudaban en nuestra empresa y pasamos largo rato gemeleando en busca de algún signo de movimiento en aquellos barrancos salpicados de pinares y esparteras.

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«La fortuna nos había jugado una mala pasada. Tal vez quería poner a prueba nuestra afición y perseverancia. La incertidumbre nos traía su lado amargo. Bendita incertidumbre la que rodea la caza auténtica».

Transcurrió así nuestra salida mañanera sin ninguna novedad en el frente. Nuestro escurridizo objetivo no nos había dado ni una sola oportunidad de poder disfrutar con su presencia.

Un delicioso arroz con conejo, verduras y caracoles colmó nuestro incipiente apetito hasta acabar con el último grano que quedaba en la paella dándonos sustento para afrontar nuestra jornada vespertina. En este caso, nuestras Almudenas nos acompañarían en silencioso peregrinar por aquellos ondulados andurriales. Mientras nuestros amigos cazaban en compañía del guarda José, nosotros lo haríamos junto con Antonio y Juan, repartiéndonos el coto de forma equitativa dibujando un plano imaginario que se dividían entre las zonas altas y las bajas.

Nada por aquí y nada por allá… Una cierta monotonía inundaba el ambiente marcado por continuas caminatas hasta alcanzar las riscaleras que nos permitiesen observar el horizonte de aquel intrincado hábitat.

Como suele ocurrir en los casos en que el reloj juega en contra nuestra, caía la tarde a toda velocidad. La ansiedad de poder tener, aunque sea, una sola oportunidad te juega malas pasadas mentales minando tu ánimo minuto a minuto. Las preguntas en tu fuero interno se suceden: ¿Será posible que no hayamos visto un solo animal en todo el día…? ¿Será la tormenta la que hace que los animales no salgan de sus apostaderos…? ¿Será el calor…? ¿Será…?
El caso es que no encuentras respuesta y, a lo máximo que llegas es a plantear diferentes hipótesis de comportamiento animal. Hasta el propio guarda no se podía explicar lo que estaba ocurriendo. Aquellos rebaños con más de una decena de hembras y crías habían desaparecido como por arte de magia.

Pero, mira por donde, ya con la última claridad que arrojaba aquel agotado sol, en la enésima asomada, pude ver un rebaño que, en décimas de segundo, desapareció en un tupido barranco. El último en ocultarse, como protegiendo a sus damiselas, era un precioso macho digno de mi cada vez más pasional deseo. Estaba claro que los animales estaban allí, pero no tenían la intención de dar la cara… ¡Vete tú a saber por qué!

El día había sido largo, estábamos cansados física y mentalmente, pero nuestra ilusión había sido cercenada por aquella frustrante jornada. La fortuna nos había jugado una mala pasada. Tal vez quería poner a prueba nuestra afición y perseverancia. La incertidumbre nos traía su lado amargo. Bendita incertidumbre la que rodea la caza auténtica.

Emilio Pardo de Unceta, en su fabuloso libro Viaje por la caza nos comenta: «… la incertidumbre en el acto venatorio, la dificultad para su consecución, la necesidad de esfuerzo, son elementos tan necesarios para la caza que tarde o temprano tomarán el rango de principio obligado, porque de no ser así la degeneración de la filosofía de la caza está garantizada».

Aunque sin lograr el éxito de nuestra empresa, fueron éstas unas jornadas muy placenteras y sin obsesiones. Volveríamos, sin duda, a aquel agreste paraje en pos de poder tener un encuentro con aquel curioso ungulado fruto de la unión de los géneros Ovis y Capra.

Segunda jornada: recechando en La Rambla

El viernes 13 de diciembre de 2013 volvíamos a poner rumbo a la Ciudad de los Cien Escudos. Introdujimos en el navegador del coche la dirección del que iba a ser nuestro hotel en el municipio de Lorca y después de un ameno viaje llegamos a nuestro destino a las nueve de la noche con una temperatura bastante alta para esta época del año. La ciudad de Lorca es una emblemática urbe nacida a orillas del río Guadalentín, que en árabe significaba río de barro, en el fértil, aunque árido, valle al que da nombre el mencionado caudal.

La previsión del tiempo para el fin de semana era buena, aunque con el termómetro demasiado alto para alcanzar con solvencia nuestra empresa. Y es que nuestro cabro no es muy amigo de los calores centrales del día, buscando refugio en lo más profundo de los barrancos y zonas espesas de cañizo. La piedra caliza les ofrece oquedades donde permanecer ocultos al amparo de aquellas viseras pétreas que les proporcionan sombra y un cierto grado de ventilación. Tal era el caso, que cuando transitaba por el fondo de aquellos profundos andurriales, pude observar innumerables camas y revolcaderos de estos curiosos ungulados.

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Alfonso Mayoral con el arruí abatido de un certero tiro en el codillo y, un poco más abajo, otra foto para el recuerdo acompañado de Diego y el guarda.

En esta ocasión, en nuestra gasolinera de ‘cabecera’ nos esperaba Diego, el gestor de la finca Los Tiemblos, coto donde íbamos a desarrollar nuestra noble actividad venatoria. Se mostraba optimista, extrovertido y colaborador. Nos contaba que todos los últimos días había visto ejemplares en los diferentes enclaves de los que dispone esta finca de mil trescientas hectáreas. Tenía mucha fe en la zona conocida como La Rambla. Se trataba de una profunda garganta por la que discurría un arroyo con algo de agua, lo que representaba un auténtico oasis en aquel mundo árido en el que viven los arruís. Toda nuestra estrategia se basaba en ir dando asomadas a lo largo del barranco con el objeto de poder ver algún animal pastando o refrescándose en lo más profundo de su seno.

Ya en nuestro primer rececho espantamos a un grupo de varios animales debido al despiste de nuestro anfitrión, que dejó sin silenciar el maldito teléfono móvil. Este odioso aparato ya me había jugado otras malas pasadas frustrando algunos acercamientos de varias horas. Cuando esto ocurre, no queda otra que intentar no reflejar frustración o enfado, ya que el error es consustancial a nuestra especie y, todos los días, nos enfrentamos a ellos de forma más que natural.

En nuestro segundo rececho tuvimos algo más de suerte en el sentido de que ejecutamos a la perfección la aproximación a un balcón calizo de nos servía de atalaya. No nos hizo falta tirar de prismáticos puesto que, entre la espesura del cañaveral y los pinos, vimos un macho solitario de incuestionable belleza. Comenzó a caminar tapándose continuamente y no le quedó más remedio a Antonio que tirarlo en movimiento y en posición sesgada. El resultado del disparo fue adverso y nuestro barbudo amigo desapareció transponiendo a través de una pequeña cuerda.

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El astro rey iba haciendo cada vez más acto de presencia y no se movía la más mínima brisa, por lo que los animales desaparecieron por completo como si se los hubiera tragado la tierra. Hasta bien entrada la mañana estuvimos gemeleando y escudriñando todo el cazadero con nefasto resultado, por lo que, aun perdiendo nuestra primera batalla, tocamos retirada con la intención de relajarnos y afrontar un anhelado almuerzo.

Por la tarde nos plantearon cambiar de estrategia. Aunque centrados de nuevo en La Rambla, nos apostaríamos en dos puntales con la intención de esperar el movimiento de los animales.

Antonio acompañaría a su tocayo y Almudena, mientras yo permanecería junto a Diego en la parte baja de la torrentera. Después de más de una hora pudimos divisar un buen macho justo en el borde superior de aquel abrupto barranco. Su careo era lento y parecía muy concentrado en la superficie del suelo. Al estar nosotros bastante alejados y tomar el animal la dirección de nuestros compañeros, decidimos permanecer inmóviles en nuestra privilegiada posición.

Ya habíamos perdido de vista a nuestro macho cuando, rompiendo el más absoluto silencio de una tarde repleta de tonos anaranjados y una clara sequedad, se oyó la detonación del rifle de Antonio. La verdad es que, aunque parezca mentira, me pareció distinguir el impacto de la bala en la masa corporal del animal. El hecho de no repetir un nuevo disparo nos hacía ser optimistas. Nuestras dudas fueron rápidamente disipadas cuando, pletórico, Antonio me mandó un mensaje confirmando que había tenido un lance maravilloso en el que tuvo que tirar de pecho al cabro, a una distancia cercana a los doscientos ochenta metros medidos con su telémetro.

Estaba plenamente satisfecho con el triunfo venatorio de mi amigo, pero el tiempo se nos echaba de nuevo encima irremisiblemente. Al preguntar a Diego cuál era nuestra opción, éste se encogió de hombros no sabiendo darme una respuesta convincente. Con menos de una hora de luz nuestras posibilidades eran mínimas. Aun así decidí perder algo de tiempo, pero acercarnos a la parte alta de La Rambla para dar alguna asomada, ya que guardaba un buen recuerdo de nuestro encuentro con aquel esquivo macho de nuestra primera visita a estos pagos.

Así las cosas, procedimos a acercarnos sigilosamente a aquel mirador natural. Intentaba que mis pisadas pasaran totalmente desapercibidas, lo cual era imposible debido a lo complicado del desplazamiento en aquel árido paraje donde moverse sin alertar a los animales es prácticamente imposible.

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«Reinaba la oscuridad cuando dejamos nuestro ejemplar en el lecho del arroyo hasta el día siguiente. Era muy tarde y debíamos ir a buscar el ejemplar de Antonio que había caído».

Asomo al barranco y nada, solamente puedo observar la maraña y el cañaveral de su fondo y una húmeda brisa parece emanar para bañar mi sudoroso rostro. En ese momento oigo unas piedras rodar e instintivamente miro en décimas de segundo a Diego, que se encuentra a escasos veinte metros de mí observado otra cara del barranco y éste me señala con el dedo y el rostro desencajado.

El ruido parece alejarse barranco abajo cuando, como salido de un espejismo, veo lo que creo que es un macho de arruí a unos treinta metros. Sólo puedo distinguir el cuello y levemente la parte superior del cuerpo. Viene al trote con la intención de buscar refugio en la maraña arbustiva.

Ante tan raudo lance mi instinto no aloja dudas. Meterlo en el tubo me lleva una centésima y ante el consiguiente latigazo veo que el animal cae despeñado por el barranco desapareciendo de mi vista.

Después del estruendo llega el silencio que se apodera del momento. Diego, por su parte, al verme, me dice bastante convencido que los animales han salido corriendo barranco abajo.

No le quiero llevar la contraria, pero, en este caso, sé con certeza que he puesto la bala en un lugar óptimo. La única duda que me embarga es si, ante la proximidad de la pieza, el velocísimo proyectil de mi 7 mm haya traspasado al animal como si fuese pura mantequilla.

Con Diego como observador privilegiado, descendí como pude hasta el fondo de aquella gran grieta natural. El animal había ido dejando un copioso reguero de sangre que se cortaba justo al llegar a la tupida zona del cañaveral. Era prácticamente imposible avanzar en aquella maraña de ramas entrecruzadas en todas las direcciones. Desde allí, escuchaba a Diego afirmar de nuevo que los animales habían corrido barranco abajo y que, posiblemente, mi macho iría entre ellos.

Estaba a punto de contestar de forma contundente a aquella versión tan negativa cuando localicé nuestro trofeo con un perfecto tiro de codillo. Así que, en un tono muy calmado, le confirmé a Diego que había finalizado la búsqueda y, pese a su maltrecha rodilla, pudo llegar a donde cayó el animal para hacernos las consiguientes fotos antes de que se nos metiese la noche.

Aquel más que digno animal había sucumbido gracias a la perseverancia que tiene que estar presente en cualquier acto de la vida. Días antes, en el sillón de una cafetería disfrutando de la lectura del último libro de mi admirado Domingo Cadenas, no podía estar más de acuerdo en su sentencia que afirma: «La porfía en la caza es un don, y hay un dicho popular que lo avala: a porfía se mata la caza. Y está demostrado que no hay mejor táctica que la tenacidad para lograr el éxito».

Reinaba la oscuridad cuando dejamos nuestro ejemplar en el lecho del arroyo hasta el día siguiente. Era muy tarde y debíamos ir a buscar el ejemplar de Antonio que había caído, al igual que el mío, por aquel empinado barranco.

Y así terminó nuestra intensa estancia en Sierra Espuña, aunque es verdad que tuvimos tiempo para deleitarnos con su singular belleza, con el contraste de tonos calizos junto con un sinfín de verdes bajo un cielo azul limpio, con alguna nube algodonosa como acompañante, mientras el sol de diciembre bañaba generoso aquellos bancales pétreos repletos de espesas esparteras.

 

Por Alfonso Mayoral.

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