Eland de Derby. El espíritu de la noche

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El aire ardiente nos secaba la piel de la cara mientras contemplábamos el frente de llamas avanzando por la ladera que teníamos delante. El crepitar del incendio se asemejaba al tropel que produce en su huida un grupo numeroso de animales pesados y, a ratos, las lenguas de fuego, superaban los cuatro metros de altura cuando eran empujadas y alimentadas por el viento. Decenas de pájaros similares a los vencejos, carracas, abejarucos y pequeños halcones volaban en círculos alrededor de las columnas de humo, acosando sin piedad a los innumerables insectos y animalillos que huían despavoridos del infierno.

Estábamos quemando unos herbazales muy espesos, de una altura superior a los dos metros y medio, salpicados de árboles dispersos, que se extendían varios cientos de hectáreas sobre una zona tremendamente querenciosa para el eland de Derby y el búfalo.

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