Por el cauce del Mbarangandú (II)

de caza por el mundo II

Desollamos los dos búfalos y los troceamos. Parte nos la llevaríamos al campamento para comerla –la carne de búfalo es una verdadera delicia–, las vísceras se las dejaríamos a los buitres, que ya se agolpaban en los árboles cercanos,

el resto lo usaríamos para colocar varios cebos al león, otro apasionado de este manjar.

Cada uno de los lugares en los que uno caza tiene su particular entorno, con personalidad propia. Cada pedazo de naturaleza que el cazador comparte y vive, le hace sentir de un modo peculiar, diferente al resto. Cazar es fundirse con las tierras por las que se rececha, percibir los olores que las visten, saciarse con los sonidos que te envuelven, ‘ahogarse’ en el mar de sensaciones que te asaltan. Cazar en esta parte de África, en estas sabanas en las que la leyenda te susurra confidencias al oído, en estas tierras en las que los hombres apenas sí somos, es un privilegio que hay que saber administrar, de lo contrario, marcharemos de vuelta sin haber atisbado siquiera la grandeza y la majestad que una experiencia como esta te puede ofrecer.

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