Panorama montero. Valle de la Zarza

monteria

Es curioso como, cuando el horizonte se tiñe de púrpura en la amanecida, resuenan en los oídos las notas de los fandangos: «¡Qué bonito es el fandango, al amanecer el día en el silencio del monte…». Nadie, que no haya sido capaz de vivir estas sensaciones, es capaz de comprenderlas. Ese encuentro con uno mismo en el lento latir del silencio en el tiempo, sólo roto por el traquetreo del todoterreno… inmersos en la bruma rojiza que provoca la polvisca levantada del camino… la mirada fija en la cuerda, buscando el norte infinito del cortadero, soñando con la solana si el hielo cubre la hierba… esa especie de oración, rezada desde dentro, sin emitir un sonido, que nos acerca un poco más al cielo de los sueños, ése en el que, si todo se da como debe de ser, alcanzaremos la gloria bendita del lance tantas veces deseado… Y siempre se escapa un suspiro que excita la esperanza, nunca perdida: ¡qué sea lo que Dios quiera!, ¡estamos de montería…!

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