Tanganyka, por el cauce del Mbarangandú. El masai sabio

tanganyka

No volvimos a ver ningún elefante, salvo algún grupo aislado de hembras con crías. Me costaba asumirlo, llevábamos en el cuerpo muchos días y muchos kilómetros pateando lo mejor del Selous y, salvo el incidente del campamento, no nos habíamos cruzado con furtivos. Pero los elefantes no se dejaban ver…

Era uno de los primeros objetivos del safari y todo me llevaba a pensar que se quedaría en eso: puro anhelo.

La densidad de leopardos, sin embargo, era sorprendente. Prácticamente todos los días encontrábamos huellas frescas de alguno, sólo faltaba que diésemos con las de un buen ejemplar, y lo hicimos.

En uno de los cebos colocados en un árbol, a la orilla del cauce seco del Mbarangandú, había entrado un gran leopardo durante la noche. Cortamos ramas para construir el puesto que ocuparíamos durante la espera a escasos sesenta metros de la rama a la que habíamos atado la pata de búfalo, que ya había degustado nuestra presa.

Deja un comentario