La población de jabalíes crece en Cataluña mientras baja el número de cazadores

Campan a sus anchas por terrenos que les deberían ser hostiles como la playa de Cadaqués o el asfalto de Barcelona. Comen de todo, desde bellotas, raíces y gusanos hasta huevos y tortugas. Incluso son capaces de hurgar dentro de los contenedores en busca de comida. Se reproducen a gran velocidad ya que promedian entre cinco y siete crías por camada y su presencia en el territorio, lejos de estabilizarse o reducirse, ha ido en aumento. El jabalí no tiene freno.

En algunas zonas como el Alt Empordà, la Garrotxa o la sierra de Collserola se estiman densidades superiores a los once animales por cada cien hectáreas. Y, aunque la cifra de capturas va en aumento, la presencia de este gran mamífero sigue creciendo. La temporada de caza 2012-2013 se cerró en Catalunya con la cifra récord de 35.385 capturas. “El número de ejemplares abatidos ahora es siete veces superior a la cifra de hace veinte años”, constata el subdirector de Activitats Cinegètiques de la Generalitat, Jordi Ruiz. Por el contrario, el número de cazadores con licencia en dos décadas se ha reducido drásticamente, pasando de los 117.000 que había en 1993 a los 67.000 del año pasado. Mientras, en las colles de cazadores la media de edad ronda los 55 años y el relevo generacional es escaso. Más jabalíes, menos cazadores y de mayor edad. Con estas tres variables no es extraño que algunas voces insten a las sociedades de cazadores a adoptar en un futuro medidas más contundentes contra una especie que ha generado ya varios conflictos entre los agricultores (las quejas por los destrozos en campos de cultivo, especialmente plantaciones de girasol o maíz, son frecuentes) y en las carreteras del país. Se estima que al año se producen en la red viaria interurbana catalana unos 1.000 accidentes en los que se ve involucrado un jabalí.

La figura del cazador profesional o privado, presente en algunos países como en Estados Unidos, es una de las posibilidades que plantean algunos agricultores e incluso cazadores para reducir la especie. De momento, este no es un tema prioritario para la administración, que confía que las medidas adoptadas en el último año, como la prohibición de alimentar al jabalí, la agilización de la burocracia para los cazadores o la declaración de emergencia cinegética, que permite a la Generalitat actuar allí donde hay una gran densidad de esta especie, surtirán efecto. No obstante, el subdirector de Actividades Cinegéticas asegura que “si en un futuro no hay suficientes cazadores es muy probable que aparezca el cazador profesional”. Sin embargo, Ruiz quiere dejar claro que esta una decisión que atañe a los propietarios de las áreas de caza, en un 90% de titularidad privada, de modo que si a la larga se requiere de esta figura no será la Generalitat quien la pague. “La administración ya disponemos de cazadores profesionales como son los Agentes Rurales y Guardas de Reservas de Fauna”, dice..

El presidente de la Federació Catalana de Caça, Paco Piera, cree que por ahora los cazadores que hay en activo son suficientes para mantener a raya la población de ungulados, aunque reconoce que “si en un plazo de unos diez años, el número de cazadores continúa bajando y la especie va creciendo sin control sí que se deberá tener en cuenta esta figura más profesionalizada”. Un perfil que no vería con malos ojos el presidente de los cazadores de Girona, Narcís Sánchez, siempre y cuando este cazador no actúe en los cotos privados de caza sino en franjas de protección, cerca de carreteras o en zonas más urbanizadas. Para otros como Josep Maria Batlle, que con 23 años es uno de los pocos jóvenes de la colla de Beuda, la presencia de esta figura “sólo debería ser necesaria si el dueño de un coto no puede resolver los daños provocados en cultivos”.

Mientras, los agricultores aseguran que las medidas adoptadas hasta ahora han resultado ser claramente insuficientes. Algunos como Heribert Pagès, miembro de Joves Agricultors i Ramaders de Catalunya (JARC), hablan ya de “plaga”. “Arrasan con todo y cada vez colonizan más terreno. Años atrás en Mollet de Peralada (Alt Empordà) no se veía ni uno. Ahora, en lo que llevamos de temporada de caza, que empezó en septiembre, se han cazado decenas”, explica. “No vemos ninguna solución efectiva al problema”, se lamenta Maria Romans,una agricultora del Pla de l’Estany que el año pasado perdió un tercio de la plantación de sorgo, una gramínea usada para hacer pienso. Si las medidas adoptadas hasta ahora no han dado resultado hay que buscar otras soluciones, ya sean batidas masivas, la unión de colles para abarcar más territorio o recurrir a la figura del cazador profesional”, dice.

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