El ‘Diario de un cazador’ reverdece como una ruta turística y tratado cinegético

Fuente: eldia.es

La envoltura literaria que Miguel Delibes imprimió a “Diario de un cazador” (1955), sustrato de una ruta turística presentada hoy en Valladolid, no oculta ni el retrato social de la España de la primera posguerra a través de una ciudad provinciana, ni una suerte de reflexiones sobre el arte cinegético.

 

Ambas consideraciones convergen en este libro que Miguel Delibes (1920-2010) escribió a los 34 años, quinto de su obra narrativa, con el que obtuvo el Premio Nacional de Literatura y fue el primero donde se atrevió a volcar abiertamente una de sus principales pasiones: la caza, aunque camuflada en forma de novela.

Acaso sea este volumen una especie de “Biblia de los cazadores” donde, a través de un alterego literario, Delibes se muestra “en estado puro” a partir de reflexiones sobre la caza fruto de su experiencia personal y que pone en boca del protagonista del relato, ha sostenido hoy el periodista Jorge Urdiales, creador de la ruta.

Todo ello queda claro desde la dedicatoria: “a mis amigos cazadores” que “con arma, perro y bota” salen cada domingo al campo “a lomos de una chirriante burra (bicicleta) o en tercerola, o en un mixto (tren) de mala muerte”, dejó escrito el narrador en la primera de este diario.

A lo largo de dos centenares de páginas, el novelista se refleja en su otro yo, al que sitúa “en los lugares de caza de juventud”, donde alternaba con su cuadrilla, amigos y familiares en montes, páramos, pinares y ribazos de La Mudarra, Villavaquerín, Quintanilla de Onésimo, Villanueva de Duero, San Miguel del Pino y Valladolid.

Estos términos municipales conforman el segundo itinerario de “Las Rutas de Delibes”, una idea de la Diputación de Valladolid para promocionar la provincia a través de media docena de libros cinegéticos del autor de “Las ratas” y que comenzó el pasado julio con la basada en “Las perdices del domingo” (1981).

Este segundo jalón, de seis previstos en el proyecto, tiene su referente en la capital de Valladolid, donde reside y se afana el protagonista de las cacerías (Lorenzo), una ciudad-tipo de los años cincuenta de la España de posguerra: donde se nacía y moría en casa, la del estraperlo y el pluriempleo para llegar a fin de mes.

En vez de supermercados había economatos y plazas de abastos, los trenes resoplaban y silbaban, las bocinas anunciaban la entrada y salida de los centros fabriles, abundaban los muladares, estaba mal visto “ennoviarse con estudiantes”, y los resultados del fútbol y la lotería se conocían a través de pizarras instaladas en la fachada del periódico local.

“Cualquier rincón de la provincia de Valladolid ofrece sensaciones. Hasta el Campo Grande, pulmón de la ciudad, es naturaleza”, ha recomendado a los lectores y turistas José Antonio Quirce, el otro autor de estas rutas ‘traducidas’ desde la obra de Delibes y que ha plasmado la Diputación en folletos informativos y desplegables ilustrados por Carlos Garbi.

Algunos de los ‘cazaderos’ se encontraban entonces en el extrarradio de la ciudad, donde hoy se levantan modernos barrios residenciales.

Miguel Delibes evoca a cazadores apasionados, en ocasiones al borde del furtivismo y sustrayendo dinero de la maltrecha economía de la época para poder satisfacer una afición y aportar carne a la olla familiar e ingresos extraordinarios con la venta de pellejos.

No oculta el autor, en varios apuntes, su preocupación por el retroceso de la caza menor, cuyas causas esboza y que pone en boca de su personaje principal, así como numerosas expresiones, giros lingüísticos y jergas de varios pelajes a partir de un habla coloquial donde no son extrañas las locuciones de índole taurina, a pesar de la conocida aversión del escritor por la fiesta brava.

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