Mi última espera

Por Ignacio R. García Gómez
Solo con soñar sobre lo que los indicios presagian ya es disfrutar de un buen aguardo. Así empezó mi última espera. Hace dos semanas, estando de visita en el coto, me comenta mi buen maestro Juan Carlos que en el puesto de “la tetera” está entrando un guarraco, que por las huellas parece ser un buen ejemplar. Nos acercamos con cierto cuidado de no romper el monte y poder evaluar de forma clara las señales evidentes del paso de un señor jabalí. Las huellas dejaban al descubierto un buen ejemplar no sólo por la anchura sino también por la profundidad de la marca en el barro fresco.

La baña es natural, situada en un permanente hilo de agua subterránea que aflora en una arcilla que moldea todo el buen elemento que bebe en sus aguas saciadoras; pero no es allí donde está el puesto de aguardo sino unos doscientos metros más allá, donde un claro de monte cerrado deja un cúmulo de piedras en el que aflora el alimento aportado como fuente de querencia para los animales que lo conocen.

La  encina, preparada y acomodada para las horas de apoyo, deja ver un círculo casi perfecto de un radio de 25 metros, en cuyo centro se observan las señales de brusquedades en el terreno sólo compatibles con el hozar de los suidos salvajes que tan frecuentemente pastan en sus piedras apiladas. Este puesto tiene una querencia fijada de paso de todo animal que bebe en la baña visitada, no hay nada como una buena cena después de un refrescante baño. Este hecho está grabado en el rastro de barro que impregna los pasos hasta el claro alimenticio.

Me acerqué en silencio, algo innecesario por lo temprano de la tarde aunque se hace imprescindible en el buen hacer de todo esperista, buscando y detectando el aire para no “marcar” la entrada y que pueda hacer huir a nuestro esperado compañero. Todos añoramos en nuestro fuero interno que a la llegada al puesto allí ya se encuentre un hermoso ejemplar que facilite al máximo el lance; pero como casi siempre, el puesto solo estaba acompañado por hambrientos pajaritos, que ante mi presencia retoman un vuelo salvador hacia los árboles cercanos.

Me acomodo, posiciono seguro mi arma y abro mi macuto preparando mis incontables achiperres. Pongo el foco con su soporte en mi .30-06 y coloco el visor a la distancia correcta al centro del puesto. Con mi bote de polvos de talco compruebo con satisfacción que el aire es bajo, lento y en buena dirección, se mancha mi pecho y mi cara de polvo blanquecino: buen presagio.

Cojo los prismáticos y oteo todo el contorno, comprobando lo blanquecino de algunas jaras, su color sólo es por la presencia del esperanzador barro de la baña vecina. Mis vecino y eternos acompañantes, los mosquitos, hacen acto de presencia. La cercanía del verano los hace inevitables, suerte que antes de empezar embadurné mi vestimenta con repelente, lo que hace que los eritemas de sus pinchazos no sean el único recuerdo de una noche al raso. Para aquellos que puedan pensar en el repelente de insectos como una huella detectable de nuestra presencia, decirles que empleo una mezcla propia de sustancias desinfectantes de uso ganadero que, más de que repeler a los mamíferos, les atrae aún más. Ventajas de ser trabajador del campo.

La tarde avanza. Las aves desarrollan un baile de descenso y alertados despejes que de forma permanente nos ponen en alerta ante posibles visitantes. La visibilidad se va reduciendo y cada cierto tiempo acomodo mi vista con el visor para con el centro del comedero, a fin de que mi agudeza acompañe con la tarde y la noche vecina.

Llega el momento de cierto riesgo de tener compañía, la tarde va dejando espacio a la noche y aparece un corto espacio de tiempo donde el silencio lo cubre todo; siempre digo que es la entrada de la oscuridad que a todos sorprende. Cojo un caramelo para mantener mi garganta fresca, los sustos siempre secan el gaznate y provocan reflejos innecesarios, descanso la vista hacia el comedero y cuando retomo la atención, observo una silueta sorprendente. Parece un corzo, siempre silencioso, resulta inexplicable que haya alcanzado el centro sin el más mínimo ruido. Mi corazón late sobremanera con el temor de espantar con sus sístoles al apacible cérvido. Los prismáticos me ofrecen una visión detallada de un vareto corcero que aplasta mis ansias de trofeo soñado ya en la tablilla de casa. Come, levanta la mirada y en ocasiones centra su mirada en mi presencia, pero retoma su alimentación despreocupada. Todo va bien y además es ciertamente pronto, todavía pueden venir más vecinos.

Cierro los ojos mientras oigo su masticar de granos, cuando de repente toma veloz carrera, saliendo en huida y pasando justo debajo de mi encina, sin duda algo ha provocado su salido y no he sido yo. Todo en alerta: oídos, ojos y olfato, mientras con el tacto verifico la cercanía y disponibilidad de mi arma. Ruedan piedras, sin duda lo que viene es un guarro, late el corazón que hasta molesta al tiempo que miro y remiro con el objeto de localizar al esperado jabalí. La mancha se mueve y es grande, lo tengo todo preparado. Entra directo al centro del comedero y coloco su silueta en el centro de mi visor, pero cuando lo tengo ya centrado veo por ese rabillo delator las minúsculas siluetas que le acompañan. Guarra, indiscutible conclusión. Los gemidos rabiosos de los lechones y los gruñidos molestos de su gran madre acompañan por un tiempo, retomando de forma aún más sonora el chascar de los dientes al comer los granos de maíz suculentos a esta hora de la cena.

Dos bufidos y tras un romper monte de manera atronadora en la noche desaparece la familia por el mismo lugar por donde antes lo hizo el joven corzo. Retomo los miedos, las ilusiones y en especial las ansias de una noche que se sale de lo habitual por lo ajetreada y concurrida, las más de las noches es el silencio la única compañía, pero esta era como una avenida en ferias, por aquí viene todo el mundo.

Bufe y gruñe, parece (y es) guarro y no sale; lo tengo enfrente, lo siento pero no lo veo. Se mueven las jaras y rodea, promete, pero no sale. De nuevo gruñe y olfatea de forma profunda, algo que escucho con claridad. No lo encuentro pero sus haceres solo son coherentes con un macho con saber. Se acerca y se hace el silencio, pasa el tiempo y el silencio permanece, pero algo me dice que está allí. Mientras permanezco inmóvil, de forma que hasta el respirar me parece atronador, sé que lo tengo cerca, pero no sale. De forma sorprende sale y es cuando puedo ver su silueta, pero sin que me dé tiempo a colocarle en la mortal cruceta, escupe un expectoración que desencadena una salida a la carrera en mi contra. Se marcha, yo le espero pero ya no vuelve. Bajo del puesto con el sabor de una tarde extraordinaria de caza y con el pleno convencimiento que hoy sólo ha sido la pequeña antesala de mi última espera, porque la última, lo que se dice la última, no la hare hoy… sino mañana.

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