El buchito

El rocío

A Borja Bohórquez, magnífico anfitrión.

–¡Eso no es , hombre, eso no es ! Si yo te contara temblaba hasta la ermita –decía Castro, al que el mundo le viene de vuelta.
El Rocío, trancos por las arenas, de camino a ver a la Madre de Dios. Sudores de caballo, olores a cuero y vino fino. Cansancio, sueño, risas y baile. Espuelas relucientes del polvo más hermoso de la tierra. La marisma, el mar, los pinares verdes en un junio que aprieta con ganas. El camino une, une mucho, y se refleja en el mosquero de mi caballo.
Ahí va Castro, bueno hombre. Andaluz cerrado como las tuercas de un submarino. Ya viste años, más de la setenta. Barrigón, medio mellado y con expertas dotes de ranchero. Los pucheros de Castro son conocidos en toda la baja Andalucía. Y sus historias y mala leche también. Hemos hecho amistad de no decirnos nada. Aunque de vez en cuando busco su amparo:
–Castro, qué malito me encuentro, ayer me tupí a vino y no me acuerdo de ná.
–¡Ezo no es !, niño, aquí he visto yo al Eulalio, que vive en una casa de la marisma, tan embolillao que cuando caía al zuelo de la borrachera, le amarrábamos los tobillos a la cola del caballo y él zolo lo llevaba hasta zu casa donde le esperaba zu mujé.

Qué majo el Eulalio. Pero Castro anda como si el mundo no le sorprendiese. Ya tiene más tiros pegados que la tablilla de un coto social. Y su gorrilla gastada está empapada de sudores y de golpes de picardía.
–¡Chacho Castro, en este patio hay más caballos que en un regimiento.

–¿Caballos…? ¿Caballos dice…? Aquí hoy no hay caballos. En este patio he visto yo amarraos tres veces más caballos. Hasta setenta. De aquella columna siete. De los hierros del pozo cuatro. De cada argolla dos jacas. Del Charret aquel del carro he amarrao yo nueve bestias y aquí no pasaba . ¡Caballos dice el zagal!

Aquí hoy no hay ni pa medio Rocío de entonces.
Este Castro es irrebatible. Lo que no haya vivido este hombre es imposible.
Total que llego por la tarde muy serio y avergonzado. Anda Castro comiéndose una naranja sentado en la caballeriza con su navajilla y su mirada curiosa.
–¡Chacho Castro!, la que me ha liado el caballo. Calle Vetalengua 23, lo he amarrao a una viga de tren. Ha pegado un tirón y la viga la ha llevado a rastras a todo galope lo menos quinientos metros en medio de un viaje de gente. Menos mal que no ha pasado nada. Pero. qué vergüenza. Todo el mundo mirando.

Ezo no es. Un año iba yo con dos colleras de mulos en un carro. Había dos mulos castaños más cabrones que el copón. Total que partieron los barales, se desprendieron los animales del carro y salieron a toda carrera.
–Joder Castro, esa tuya es gorda, pero tampoco pa tanto…
–¿Qué no? Los mulos a toa carrera, galopando fuera madre, pegaron una jostia contra el Zinpecao que lo hicieron mil cachos. ¡Ahora ze lo cuentas tú al obispo que iba al lao!
Le miré no creyendo lo que acababa de decir. Castro siguió con su naranja y, devolviéndome la mirada, me ofreció una botella de vino diciéndome con voz angelical:
–¿Un buchito…?

Lolo de Juan

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