Mi padre

A Rafael Cabanillas Rey, montero, rehalero, cuquillero, cazador, con mayúsculas... y maestro.
A Rafael Cabanillas Rey, montero, rehalero, cuquillero, cazador, con mayúsculas… y maestro.

Mi padre tiene ochenta y siete años. Ha sido maestro durante más de cuarenta. Y cazador. Que sigue siéndolo. Maestro y cazador. Las armas y las letras. Ésas son las dos palabras que lo definen…

Cuando, siendo un niño, me tocó asistir a sus clases durante un curso, lo recuerdo sentado en su mesa sobre una tarima, con unos faldones y un brasero debajo, un cenicero atestado de colillas y en sus manos la caña de un hueso de gallina y una pieza de cuero con los que fabricaba un pito-reclamo para las codornices, mientras los alumnos realizaban sus tareas sin rechistar. Los problemas de aritmética eran siempre los mismos: «Un cazador mató siete perdices, otro cinco conejos y un tercero cuatro liebres y dos palomas torcaces, ¿cuántas piezas mataron entre todos?». Parecido al dictado: «Por la vaguada de un valle –recalcando el falso sonido fricativo de la ‘V’– un cazador caminaba despacio, olisqueando el campo, en busca del encame de los jabalíes…».

En el recreo nos daban un tazón de leche para atajar la desnutrición infantil. El conserje, de nombre don Juan, llenaba un barreño de agua caliente y echaba medio saco de leche en polvo –fino y amarillento, más pálido que el azufre–, y la removía sin cesar con una pala, hasta acabar con los grumos. Después se modernizaron y trajeron la leche en botellines de cristal. Costaban una peseta. La consumías en la clase, antes de salir al patio; y mi padre cobraba y vigilaba que no se perdiera ni un solo casco de vidrio.

Cuando los domingos, a la tarde, regresaba con sus amigos del cazadero, se disponían en el suelo de mi casa los montones equitativos de las piezas, para proceder al reparto. Inevitablemente, siempre había un lote mejor que otro y teníamos que sortearlos. Entonces, yo me daba la vuelta y me ponía de espaldas para no verlos, y mi padre, señalando uno de los peores montones, me preguntaba con voz grave:

–¿Para quién es éste? –Y yo, raudo y cómplice, decía:
–Para Eloy… –después–, para Eufrasio, para el Sr. Ángel…

Y cuando llegaba el lote bueno, cambiaba el tono y el orden de las palabras de la pregunta, un tonillo cantarín para apuntalar nuestra trampa:

–¿Y ésteeeee para quién esssss?

A lo que, sin contención alguna, triunfal y exultante, yo contestaba:

–¡Para nosotros!

Después, Eloy, invariablemente reclamaba:

–¡No sé cómo te las apañas, Rafael, que siempre te toca el mejor lote!

A mis hermanos y a mi madre nos da miedo que siga, a su edad, conduciendo el coche por el pueblo. Sólo por el pueblo. Aunque tenga sus papeles y sus facultades en regla. Pero nos da pánico que cualquier día tenga un despiste y pueda atropellar a alguien. Un todoterreno que aparca donde le da la gana, subido a las aceras y a los arriates, por lo que siempre anda a la gresca con los municipales. Él lo sabe, se lo decimos tantas veces que conduce con tensión.

Un día circulaba distraído –con su mente sobrevolando algún barbecho– detrás de un turismo rojo y cuando éste frenó en seco en un paso de cebra, mi padre lo entalló por detrás. Apenas nada, un susto y un rasguño en el parachoques. Cuando la conductora del vehículo se apeó para hablar con él, mi padre se dio a la fuga.

Llegó a casa, guardó el coche y, tan cariñoso y zalamero, dio un beso culpable a mi madre. Al momento sonó el teléfono y un hombre joven le recriminó:

–¿Cómo es posible que usted dé un golpe a un coche, a su edad, y se escape a la carrera? ¿Es ése el ejemplo que ha dado usted a sus alumnos durante su vida de maestro? ¿Acaso no ha visto cómo mi señora ha aparcado, se ha bajado del vehículo y cuando se disponía a hablar con usted… ya no estaba?

Entonces mi padre, abochornado, le pidió disculpas más de cien veces y requirió los datos del demandante para arreglar los papeles. Momento en el que el señor le dijo:

–¿Es que no me conoces? ¡Pero, coño, si soy tu hijo!

El año pasado la diosa Fortuna se vengó de él, de sus enredos y travesuras, y, al salir de la farmacia donde hacía su acopio de pastillas, una chica deslumbrada por un sol de julio le arrolló con el coche, arrastrándole por el asfalto y destrozando sus carnes… estuvo a la muerte. Pero, increíblemente, se recuperó. Casi le cortan una pierna, por lo que debió de pensar: «Si me la cortan, prefiero estar muerto. Antes muerto que mutilado, sin poder andorrear por el campo».

Luchó y luchó y logró salvarse. Cuando le volvió la sonrisa, decía:

–¡Manda narices, tener ochenta y dos y que te atropelle una rubia con un Mercedes!

Lleva un tiempo escribiendo una especie de memorias, con una caligrafía barroca y deslumbrante, de una belleza y virtuosismo extraordinarios, en las que cuenta sus correrías cinegéticas. ¡Ay, las armas y las letras!

Al final, sin quererlo, un Jorge Manrique, un humilde Garcilaso de otro río Tajo, con sus armas y sus letras. Apenas si nombra a ninguno de sus seis hijos, pero cita y describe con memoria prodigiosa y un amor inconmensurable… ¡a cada uno de sus centenares de perros!

Ahora anda preocupado porque autorizó a un sobrino suyo a meter en la sepultura de su madre –que falleció hace más de medio siglo– los restos de sus familiares, y el sobrino cambió la lápida y no ha puesto en ella el nombre de su madre. Una puñalada trapera que le está envenenando por dentro de manera obsesiva. Como si arrancando esas letras le hubieran extirpado su infancia, arrancado de cuajo unos besos, una caricia, un abrazo caliente que se había anclado en el recoveco del alma.

–Si mi pueblo no estuviera a más de ciento cincuenta kilómetros de mi casa y yo pudiera conducir hasta allí –le oigo decir al otro lado del teléfono–, me presentaba en el cementerio y con mis propias manos clavaría esas letras en el mármol o las escribiría hasta con mi sangre. Una ‘T’ de Trinidad y una ‘R’ de Rey, retorcida y grande…

Pero se equivoca con esas iniciales. Le duele que le hayan robado unas letras que el paso del tiempo no logró oxidar. Herrumbre del tiempo que mata los recuerdos, cuchillo de distancia que raja la memoria. Una emoción infantil muy honda, recóndita, que ahora regresa. Un hatillo de recuerdos salvados de las zarzas y las ortigas que quieren derribar los muros de la edad y que se te agolpan, de pronto, en la cabeza.

Se te arremolinan en el cerebro como mariposas del aire, o a la noche, penetrando en tus sueños como luciérnagas. ¿Acaso no es esta vejez un viaje a aquella infancia perdida? ¡Qué maravillosa regresión! No, no quiere irse sin sus letras. Esas letras son su pequeña memoria. Pero se equivoca.

Tras el robo, la primera inicial es un ‘Te’ y la ‘R’ un Recuerdo. Por eso, cuando «…esté al partir la nave que nunca ha de tornar, le encontraréis a bordo ligero de equipaje…», al hombro la escopeta, los bolsillos vacíos… y en las manos, unas letras.

 

Por Rafael Cabanillas Saldaña.

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