El Solano

356 - Polvorilla

Siempre fue mejor navegar con bandera de pendejo…

Noche oscura, como la boca de un lobo, como las entrañas de un pozo, como las esperanzas de un pobre… Linterna de petaca y faro de bicicleta que desprende un haz de luz en una noche que ventea y seca el estío sin piedad ni achaque…

Junio. Mes de fríos, calores, hielos, granizos, sudores, centellas y tormentas. En junio todo y nada puede ocurrir. Y me acurruco debajo del quejigo desde el que pretendo vigilar un gastado alambre donde un macario de buen porte tiene frecuencia de paso. Por su rastro veo que marca poco la mano izquierda. Debe estar aspeado, cojo o simplemente se quiere burlar de mí. Ya me lo creo todo. En esto de la caza, que nada me atrae, lloro y río a la vez.

Qué torpeza no echar un jersey. Más torpeza aún no tener un trago de agua fresca con el que aliviar el reseco del poniente. Menudo aire. La mies se derrite por las inclemencias de un tiempo que no obedece más que a los caprichos de una primavera que se niega a ceder el testigo al verano… No hay luna. Y las estrellas se empiezan a empañar con un cielo emborregado y cárdeno, tenebroso, que parece que va a estallar en gritos de tantísimos días de sol y lluvia. La naturaleza –el campo, digo– no soporta que le atosiguen, que le vapuleen o que le manden. La sierra es dueña de sí misma, de sus inquietudes y locuras. Y no queda otra que someterse a su capricho incesante y voluptuoso.

Son las dos. Y la noche está pecaminosa. De lejos se forma una descarga eléctrica. Avanza como un venado por un brezal. Vamos, Polvorilla, espabila o te empapas. Beso mi medalla de la Virgen de Guadalupe. Su metal, aunque peligroso, es lo que más me protege. Vamos a casa, ya has demostrado tu incompetencia de cazador desesperado. Mañana hilarás la historia según te salga de los pinreles. Pero, ahora, anda ligero para el coche…

No veo un carajo. A lo lejos estallan rayos. Sigo sin ver. A la linterna se le ha ido la pila. Los destellos de la noche me marcan el camino. No estoy nervioso. Ni siquiera inquieto. Sinceramente, hoy me encuentro por encima del bien y del mal. He salido de paseo y, como excusa, he echado el trabuco como animal de compañía. Si entra, que entre. Y, si no, me voy a cenar la tortilla igualmente…

Llego a la linde del rastrojo. El coche está a poco trecho. Por curiosidad me calzo los binoculares apoyado por un destello de la tormenta apremiante… ¡Bingo! Sin quererlo, un bulto enorme serpentea por el rastrojo, escondiendo sus miserias entre las pacas de paja… Nuevo destello, lo veo bien. Anda cojo de la mano derecha. Está cuajado en carnes y cabeza. Es macho, va solo. Noche de nuevo…

Yo paso de lo que tiene que ver con la caza, pero me sudan las manos y me palpita fuerte el corazón. Se cuajan mis instintos. Descuelgo mi mochila, me aprieto el puñal y pesco el rifle encorvando mi figura para fundirme con el rastrojo. Con la penumbra del relámpago, segundos después, se oye el estruendo… Corro escondiéndome entre las pacas a cortar metros hacia mi objetivo. A ver qué pasa, granuja….

He avanzado tantas veces como destellos ha escupido el cielo. He jugado al escondite con una noche temible, con un cochino tremendo y, para más inri, rengo y pendejo como el más rastrero de los enemigos.

Lo siento ajeno a la penumbra, a lo inhóspito de la noche y a mí. No habrá ni veinte pasos. Apoyo mi silueta sobre la paca de paja apuntando a una oscuridad que no me deja ver a dos palmos. Quito el seguro fijando mi mirilla sobre el sonido de sus mandíbulas que mascan trigo calmo y sosegado sereno por lo desapacible de la ventisca, de los rayos y de unos momentos que invitan a todo menos a pasear una escopeta… Con otro relámpago se hizo de día… Y antes de que sonara el estruendo del cielo apreté el gatillo dispuesto a partirme el dedo en mil cachos…

Un trallazo me despertó de mi sueño. Estaba dormido, apoyando mis desgracias contra un quejigo milenario, vigilando una gatera gastada de un cochino que aparentemente cojea, o así lo pregona su rastro… Una tormenta se acerca. Conmocionado por la siesta, cansado por la guardia y rendido por el esfuerzo, camino en dirección al coche mientras, a lo lejos, las estrellas se visten de tormenta mientras un sueño me rebota en las sienes con una realidad tan cierta como el solano que me azota la cara…

 

Por Lolo de Juan.

 

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