¡Sí se puede!

Polvorilla - Lanceando

Dios castiga sin palo ni piedra. Mis dos caballos, mis dos pies y mis dos manos. Mi única ilusión sincera. Heridos de gravedad en sendos remos. Un verano de por medio. Moscas, polvo, sufrimiento. Tres meses largos como un lustro sin pan. Qué horror.

Uno se acostumbra a que el tiempo pase. Cuando asimilas que estás jodido, que todo está mal y que sólo te queda resignarte los días pasan volando. He invertido tres meses en mimar a los míos, en conocer mejor sus manías. He estado tres meses de luto y ahora me decido a dar un paseo para romper mi ayuno y el de Asesino.

Los comienzos, las reconquistas o las segundas partes han de ser majestuosas. Han de sonar a trallazo, a quedar callado todo. Es miércoles, llevo una semana de agonía, de malas noticias y mucho trabajo. Es complicado que algo arregle este malestar. Si acaso mi caballo. Hoy salimos de paseo a ver la berrea. He echado la lanza, por si las moscas.

Sin quererlo he tomado el camino que sube a Garrapatones. He rodeado la Sepultura para venir de retirada con el aire de cara. Hoy no pretendo más que dar un paseo. Pero el instinto atávico se ha aliado con el de mi caballo. Juntos vamos sigilosos asomando al rastrojo, donde los venados berrean. Nos detenemos en la distancia admirando un gran palmero que, acostado, rumia sus glorias y padreos.

Asesino está descompuesto. Escarba con la mano, no para quieto ¿qué carajos te pasa? Asesino me está diciendo algo pero  no sé el qué. Le suelto rienda y le dejo hacer. Se planta en el corte del monte mirando a lo lejos al palmero. Falta poco para la puesta de sol. Un bando de azulones sale de la charca y oigo batir sus alas sobre nuestras cabezas. Van 32. Algo grande va a ocurrir, me lo dice el corazón. Miro de nuevo al venado. ¿Y por qué no?

Es imposible. Siempre he jurado defender que a un venado no se le gana la mano a galope. Es imposible. Pero lo echo raso abajo, todo lo abajo que puedo. Más ciervas y varetos le amparan. Está aspeado y cansado. Asesino lo sabe. Y yo también. Suelto más rienda, aprieto rodillas, la piara de reses regresa ahora al monte. Y ahora es nuestro momento de demostrar quiénes somos.

Las reses vuelan raso arriba. Llevan todo el día de careo con el celo por lo que noto su cansancio. Pero mi objetivo va de los zagueros, el gran palmero. He de sacarlo del grupo para desampararlo y restarle ánimo. Asesino sabe lo que ha de hacer. Espoleo, agito el palo y me meto en las entrañas del pelotón que se ha dividido.

Voy a todo galope. Llevo al venado a una decena de metros a mi derecha cortándole la cara para evitar su entrada al monte. Va directo a una alambrada en la que, si choca, encontrará la muerte porque pienso atacarle. El venado sabe dónde está la malla, antes de estrellarse frena y se vuelve de cara al caballo. Asesino no necesita apoyos. Sabe lo que tiene que hacer. Y le sigue cortando la querencia al imponente ciervo.

Regresamos raso adelante por nuestros pasos, a tumba abierta, aunque el venado ha ganado algún metro. Veo cómo abre la boca, saca la lengua y jadea. Ya eres mío. Mi montura lo advierte también. Vamos amigo, aprieta, saca el corazón que tienes y limamos la distancia. Llevamos dos kilómetros desde la media vuelta. Y parada en seco y el soberbio pavo vuelve a correr donde el principio. No esconde su agonía, nos cruzamos miradas. Vuelve a correr desesperado. Ahora sí.

La puesta de sol fue testigo. Un venado de 18 puntas, de coronas vueltas, golpeándolas con sus nalgas, la boca abierta, un palmo de lengua fuera, acosado y agotado por un centauro que regresaba de los infiernos, dispuesto a gritar a los cielos que es la valentía la que rompe los moldes. Vamos a demostrar al mundo que se puede. Sí se puede. Podemos. Y podremos.

Mi caballo a rienda suelta, guiñando orejas, estirando cuello. Ganándole meros a su presa. Asesino necesita un último empuje más. Monté el palo, con todas mis fuerzas, agarré crines con la mano izquierda y saqué medio cuerpo fuera de la montura para decirle a mi caballo que ya estábamos listos. Asesino ve la lanza, bufa, saca fuerzas de donde no la hay… El venado va a cruzar frente a nosotros, vamos a carajo sacado, sobre un rastrojo lleno de piedras. En pleno septiembre, oliendo a tierra mojada. Ahora o nunca ¡¡Qué bonita tarde para morir!!

El venado pudo cruzar el camino que le separaba del monte porque dio un quiebro de cobarde. Se introdujo entre los brezos y a media docena de metros se paró, nos miró jadeante, asustado y abatido. Pese a que se había escapado los tres sabíamos que él no era el ganado. Pude ver cómo mi caballo también le decía algo.

Camino del cortijo me serené porque el pulso iba a estallarme. Mi caballo viene retrotón y orgulloso de demostrarme que se puede, que sí se puede lancear un venado.

No olvidaré jamás su mirada penetrante, descompuesta, retadora y a la vez agradecida desde los brezos de la Umbría de la Sepultura, donde un venado de dieciocho candiles me acababa de regalar el lance más emocionante de los que he vivido a lanza y caballo.

Juro que nos volveremos a ver, amigo.

Asesino juró lo mismo.

 

Por Lolo de Juan.

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