El Búho

358 - Polvorilla

El Búho anda menguado de fuerzas. Le faltan los cojones que le sobraban hace años. El Búho está mohíno, débil y torpón. José quiere resignarse y procura coger lo afable, lo fácil y las veredas para no castigar a su caballo por las trabajosas arenas de la Marisma.

El Búho lleva ya muchos años de careo. Muchos. Y la Cari le dice a su hombre que el caballo no da más de sí. José se resigna. Pues el Búho es más su amo que el propio caballo. José sabe que los años no pasan de largo. El tiempo, poco a poco, te gana la mano. Y a cualquier gallo de pelea le cuesta rendir el trono. José está viejo. Y el Búho también.

La otra tarde en las arenas perdió las manos en dos ocasiones. El caballo está torpe. Ve poco, oye menos y las fuerzas le pesan. La Marisma es su casa… y también su calvario. Un caballo con tanto corazón lo da todo, da hasta la vida para demostrar su valor, su coraje y su bravura. Las fuerzas le fallan pero el alma es lo que mueve sus remos. José le motiva, le cuida, le mima… pero ambos saben que el tranco del jaco tiene elegancia pero le falta el peso que siempre le sobró… Y José llega al Cerro de los Ánsares, despacio, y le anima:

–Vamos, Búho, suave…

Y ambos se consuelan, se quieren… pero ambos saben que los años van marcados a fuego como el hierro de unas vacas avileñas…

Hay un lanceo dentro de una semana. Viene gente muy gorda, de la de coches caros y rancio abolengo. Pero José no sabe de distinciones: José trata a la gente como le sale del corazón. José es un hombre de campo que tiene el don del instinto, de la hombría y de leer en los ojos la verdad de las personas. A José –y al Búho– no le engaña ni la marisma aunque sus labios se sellen por respeto y educación. Por eso son parte del paisaje. Y sin ellos el entorno pierde belleza.

El Búho está viejo. Hoy no ha comido. José se resigna. Seca sus lágrimas porque sabe que tiene que despedirse de su amigo. Qué digo amigo, lo que esos dos personajes han vivido no lo llenan cien bibliotecas… ni lo que han visto puede reflejarse en mil museos… José está encogido de riñones, de estómago y hasta ha rechazado las papas con chocos de su Cari, mundialmente conocidas. Habla con su amigo Muriel y juntos cargan al Búho en el van y se alejan para llevarlo a un lugar secreto y lejano, para que el Búho terminara sus días con la menor penuria posible…

Había buen agua, buen pasto y buena dormida. El paraje de los bancales estaba oculto y alejado; era un oasis en mitad de la marisma. Muy lejos de todo, inaccesible para los mapas. Es una atalaya descubierta por los jinetes viejos de la Marisma, ajena al mundo. Es el lugar donde cualquiera desearía acabar sus días… Y allí bajó José a su caballo… le palmeó con cariño, con agradecimiento de miles de atardeceres… con el respeto de un hombre más que bueno, cuya vida no tiene sentido sin su caballo… Se alejó en el coche en silencio, con su amigo Muriel al lado. Sin querer mirar de nuevo a los ojos del caballo más bravo que ha pateado la marisma…

–Para, Muriel, por tus muertos, para…

Se detuvieron en la lejanía. José se retiró del coche mirando a la distancia a su caballo. Sin quererlo, sin ser capaz de sujetar sus sentimientos, se echó a llorar por la desesperación de la despedida. A lo lejos el Búho le dedicó un relincho: Dios existe, y une a las criaturas que gastan idéntico corazón…

Está amaneciendo. Hoy viene la gente gorda a lancear. José no ha pegado ojo. La Cari le prepara el café un poco más dulce de lo normal porque sabe que su hombre anda rengo de alegría… José sale afuera a preparar el Abejarruco, otro fenómeno, pero ni sombra de su Búho

En la casa esperaban los invitados a vivir el sueño de Doñana, a conocer sus marismas y a lancear jabalíes… Antes de partir apareció un destello blanco, tordo picaso, viejo, pero imponente. El Búho abandonó la comodidad del paraíso para regresar a la línea de batalla con su amo, con su amigo, con su otro yo. José se descubrió, derrumbó dos lágrimas emanadas de lo más hondo de su ser y escuchó el relincho de ese Búho, de ese caballo que le estaba demostrando que si la muerte le llegaba, que le pillara viviendo…

Los presentes, absortos, estallaron en un aplauso. El Búho regresaba a casa, a vivir con la pasión con la que José le había enseñado… y a morir como mueren aquellos que saben que la vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que te dejan sin aliento…

Que Dios te bendiga, José, porque esa escuela de vida no la aprende solo un caballo.

 

A Mauricio González Gordon que luchó por mostrar al mundo que no hay que morir para conocer el paraíso, pero que es necesario saber sentir la pasión de la marisma para llegar a él… Con todo respeto.

 

Por Lolo de Juan.

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