El rincón de Polvorilla: ‘El isard’

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A mi tocayo, Vargas Zúñiga

 

 

 

 

 

Allá está, en la atalaya impasible del tiempo. Justo allí, donde el mundo conduce sus pasos a toda velocidad, sin rumbo, avanzando metros dirigiéndose al vacío de su vanidad. En las cumbres heladas de una tierra bravía, inhóspita, dura, salvaje, conquistada por valientes e inconquistable para los hombres.
En el alto más alto. El cosmos se mece a sus pies. El manto del invierno apresa todo en sus alrededores. Los transeúntes del planeta  –esos que ve pasar cada día-  se ven como hormigas por los barrancos, por las carreteras y riberos. Corren y desesperan sus minutos para llegar a nadie sabe qué ni dónde.

El viejo macho de capa negra, de gancheadas puntas, tremendas bases y prudencia extrema. El auténtico sarrio, el isard, el chamoix o como  queramos ponerle. El soberbio animal otea y ve pasar los días de un universo de ilógico sentido, ilógicas ideas y sobradas locuras. El rebeco, insignia de salvajismo, bravura y montaña. Rumiante prudente, desconocido hasta para sus expertos, indomable e inconquistable como su medio, inalcanzable como su belleza.

El ego le llevó a fallar. La avaricia por poseer, por intentar arrebatar de un balazo toda la altanería y bravura de aquel entorno que haría flaquear al más bragado. El destino vertió su cazo de agua helada sobre su crisma. Si lo quieres, no has de desearlo, has de estar dispuesto a cambiar tu vida por la suya. Parece un cuento, ¿verdad? Pues es la realidad más aplastante de las que campean por la historia…

Está allí, junto a la pedriza. Está echado, inmóvil, mayestático, apenas mueve las orejas, observando el infinito, amparado por un bosque tupido y desnudo a la vez ¿Lo ves? Justo tras ese roble que blanquea, bajo el nevero, por encima de la piedra triangular está donde estaría cualquier estratega. Su suerte menguada por nuestra vista.

Está muy lejos. No lejos para una bala. Lejos para alguien que no merece tamaño trofeo.   Está en una pared a la que no podemos acercarnos si no es para cobrarlo. Todo o nada. El guía –y verdadero cazador pues el poseedor del arma sólo sigue sus pasos- coloca la mochila, guiña un ojo y dice: el destino dirá si mereces ese trofeo.

El estruendo rompió la paz de un ambiente sordo, arropado de hielos, frío, piedras y pinares. El tremendo animal corre herido hasta rodar pedriza abajo.

Se estrecharon la mano, luego un abrazo. El isard batiría todos los récords, no longitudinales, ni de grosores. Acababa de abrir una ventana de luz en un mundo tan oscuro   -tan opaco- que se habían borrado las veredas del camino correcto.

Con el trofeo al hombro, en silencio, dejaron la sierra en paz. Pues en paz deja ella a los que habitan su entraña.

M. J.”Polvorilla”

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