Y con esto y un bizcocho…

Se acabó la temporada montera señores… gracias a Dios sin ningún percance.

Y antes de decir: ¡Hasta Octubre!, he tenido la suerte de disfrutar un último día de temporada memorable, en una buena montería, Valdeazores, organizada por la familia Solís, de Los Claveles, y con una apreciada compañía, José Antonio Muriel.

Vino de una tierra para mi gusto extraordinaria, Doñana… un viaje fugaz a lo largo de 425 kilómetros en los que el paisaje marismeño poco a poco fue dando lugar a las altas sierras de la comarca de Los Ibores, custodiadas en el horizonte por Gredos y sus nieves…

No son el Coto… pero también las embauca una belleza particular. Aunque este día las nieblas no nos permitieran disfrutarla como es debido.

A eso de las ocho y media de la mañana ya estábamos en Bohonal de Ibor tomando café y un buen plato de migas extremeñas para coger fuerzas.

Sorteando, la suerte nos acompañó. El puesto número uno de las cuerdas cumplió.

Nada más llegar, asentarnos y montar el rifle, nos entró una collera de venados, que se adentraba en la mancha con el viento en contra. El primero era una cabrilla y el segundo un venado vistoso. Muriel perdonó al pequeño y dejó cumplir al segundo, que no tiró aún teniéndolo dentro de la mira, para evitar poner en peligro a los puestos colindantes, ya que casi suponía tirar en línea, y más vale prevenir que curar.

Media hora más tarde empezaron a llegar por nuestro mismo cortadero los camiones con los perros, y minutos después de la suelta, el primer jabalí… un cochino o cochina, que de pequeño no tenía nada, y que casi atropella al puesto número dos.

Aún nos queda la duda de si era un jabalí valiente… o temerario… Pues habiendo conseguido ponerse a salvo saliendo de la mancha, volvió a cruzar el cortadero a los pocos minutos, entre el puesto dos y tres. Hasta con el aire en contra se adentró de nuevo en la mancha. Y no contento con ello, volvió a salir por los mismos pasos una tercera vez, ignorando a perros y monteros. Parecía estar de guasa con la armada… con su trote cochinero y ¿su chaleco antibalas? En fin… ¡hay que quedar caza para el año que viene!

Nos pasó también alguna cierva… con lo cual puedo decir que la montería nos resultó entretenida desde primera hasta última hora. Cientos de distaros, ladras incesantes, sonidos en el monte… Todos los sentidos alerta hasta el último, ultimísimo minuto.

Creo que quien es buen cazador, sabe apreciar una buena montería o un lance aún cuando no se lleve un trofeo a casa. Como dice Muriel Eso ya es un extra, aunque a nadie nos amarga un dulce.

Terminamos el día disfrutando también de una buena comida, buena compañía y un buen plantel de unas 80 piezas cobradas… Enhorabuena familia Solís, que todas las manchas abiertas estuviesen tan bien cuidadas como la suya.
Tan solo eché de menos una cosa… la compañía del pequeño Gonzalo, hijo de Muriel, que con 7 años recién cumplidos es un gran aficionado y aprendiz y viene pisando fuerte para ser tan gran cazador como su padre… Como el pequeño no estuvo, a alguien tenía que enseñar Muriel la lección… y me la dio a mí… ‘’no te acostarás sin saber algo más’’.

Me limito a trascribir sus palabras y que cada cual, al igual que hice yo, reflexione lo que crea: ¿Crees realmente que en una montería se airea? ¿O como dice Alfonso Ussia en su “Tratado de las buenas maneras”, es solo un mito? En realidad, llega un momento en que todo el monte tiene olor a humano, a perros, a coches… Entonces, ¿es el olor o simplemente nuestro bulto o nuestros ruidos lo que alerta a la caza en una montería?. Y para muestra un botón con lo que os he contado. Estaría bien saber vuestra opinión, pues seguro que tenéis cientos de vivencias al respecto.

Gracias Muriel y enhorabuena al “monterión” que ofreció la familia Solís en Valdeazores.

Hasta la temporada que viene.

Vanessa Barba-Fernández

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