Monteros de Espinosa “Cerca del lecho donde duerme…”

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«Junto al Rey, cerca del lecho donde duerme, percibiendo casi su respiración y oyendo sus ensueños, en la misma cámara donde no es dado penetrar a la más encumbrada nobleza ni a las dignidades más altas, dos caballeros, elegantemente uniformados, de sencillo porte y de leal aspecto, pasan velando toda la noche sin dar un punto de reposo al cuerpo». De esta guisa reza un folleto, de principios del siglo XX, definiendo las características de tan leal cuerpo. Y cazador, que serlo, lo fue.

Leyenda hermosa donde las haya, ésta, la de los Reales Monteros de Castilla o de Espinosa, que por ambos se les conoce −o historia, que como tal figura en la Historia general de Castilla o en los escritos del filólogo e historiador sevillano Gonzalo Argote de Molina, reeditor, entre otros, del Libro de la montería de Alfonso XI en pleno siglo XVI−.

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Corrían los primeros años de una histórica Castilla, independiente ya del Reino de León a manos del noble conde Fernán González, allá por los finales del primer milenio. Si bien Argote sitúa la leyenda de nuestros monteros en el condado, que no reinado, de su hijo, el conde García Fernández y el mismísimo Al-Mansur, Almanzor para los amigos, lo cierto y verdad es que la Historia la coloca en el condado de su nieto, el conde Sancho García −que participó en la batalla de Calatañazor, en la que «Almanzor perdió el tambor»− y el rey moro Mahomad Almohadi, taifa de Córdoba tras la desmembración del Califato. Año del Señor del mil y seis.

La leyenda

Hallábase guerreando la corte castellana en las inmediaciones de las sorianas tierras de San Esteban, teniendo enfrente a las moras precisamente en la cercana villa de Gormaz. Tiempos aquellos de razias e incursiones diarias que se saldaban con paces nocturnas de lujuriosos saraos para amanecer, espada o alfanje en ristre, volviendo a tirarse los trastos, o cascos, a la cabeza.

Montero de Espinosa en un dibujo realizado por el Conde de Clonard en su obra Álbum de Infantería Española.
Montero de Espinosa en un dibujo realizado por el Conde de Clonard en su obra Álbum de Infantería Española.

Relata la fábula que hallándose en una de estas veladas nocturnas de moros y cristianos bajo la luz de la luna, la joven y hermosa condesa doña Aba, viuda de García Fernández −recién muerto en el sitio de Alcocer− y madre de Sancho García, se enamoró perdida del apuesto rey moro Almohadi, que la correspondía. Ante la oposición de su hijo a semejante ‘sacrilegio’, pactó la joven viuda con su sarraceno emponzoñar al conde con veneno y, a señal suya −consistente en lanzar paja a la corriente del fronterizo Duero−, permitir a las topas de la taifa degollar a las cristianas. Pero, hete aquí que las paredes tienen ojos, y una dama cobijera, o moza de cámara, de la doña, escuchó los planes de la pareja, corriendo a soltar la lengua con su amado, un tal Sancho Peláez, escudero del conde −y natural de la burgalesa villa de Espinosa−, que puso en oídos de su señor los aviesos planes de su señora madre. Preparada la ponzoña, Aba se la acercó a su agotado hijo de regreso de cacería, el cual, ciñendo espada, obligó a la traidora a probar su medicina, cayendo ésta fulminada a sus pies. ¡Ten madre p’a esto!

Decidió el conde seguirle la bromita al moro y arrojó la paja al río. Advertidos los almorávides, y creyendo certera su fechoría, avanzaron sobre el campamento cristiano que, con su ejercito emboscado, les sobó la badana y dejó al Mohamad compuesto, sin tropas y sin novia que lo consolase. ¡Por listo!

De sus privilegios

«Leal me fuiste, Sancho Peláez. Desde ahora tú guardarás mi sueño. Y que guarden también los hijos de Espinosa en los siglos venideros el sueño de todos los monarcas que Castilla tenga», dicen que dijo el conde, instituyendo, en ese preciso instante, la más antigua guardia real de la historia, el más que famoso cuerpo de los Reales Monteros de Espinosa, encargados desde entonces −y hasta la II República en que fueron abolidos− de velar por el real sueño, siendo los portadores únicos de las llaves de los aposentos reales en la noche y vigilando por turnos, durante las horas prima, modorra y del alba, para que absolutamente nadie, ni de la más rancia nobleza, penetrase en los citados aposentos.

De tal privilegio, si así pudiera llamarse porque más parece una pesada carga, se derivaron otros muchos. Todos ellos debían ser originarios de la villa de Espinosa (que pasó a llamarse Espinosa de los Monteros), ser de sangre y honradez probada −a tal fin se prohibió la pernocta en el lugar de judíos y otros impuros que pudiesen mezclar su sangre− y no pertenecer a oficios serviles o de delantal, es decir, que podía ser montero un agricultor, pero nunca un carnicero, por ejemplo. Tuvieron exención de impuesto y mantenimiento a cargo de la corona de ellos y sus familias. Del rey Fernando III recibieron el Privilegio de Mures, otrora sólo concedido a monasterios y órdenes de caballería, consistente en cuatro aranzadas de tierra (unos 20.000 m2) en Mures, más conocida hoy por Villamanrique, y de Juan I de Castilla, segundo rey de la dinastía Trastamara, el Derecho de Tora, consistente en cobrar doce maravedíes por familia judía para ser protegidos de los cristianos en las visitas reales a los lugares del reino, derecho que duró, por razones obvias, hasta la expulsión de los hebreos por sus Católicas Majestades, Isabel y Fernando.

Monteros del rey

Pero si hay un privilegio recibido por tan leal cuerpo que nos interesa como tal, no es otro que el de cuidar de los montes reales, de su caza y de la organización de sus monterías, cumplimiento que llevaron con tal tesón y diligencia, que les otorgó fama de intrépidos venadores por los siglos de los siglos. Por razones de espacio no nos detendremos en la descripción de sus cargos −con la solemne promesa de hacerlo en venideras ocasiones−, pero sí de enumerarlos para que vuestras mercedes se hagan buena cuenta de la importancia que como tal tuvieron en esta nuestra afición montera que aún hoy nos perdura.

La Torre de Babel, de Pieter Brueghel el Viejo. Alegoría al Emperador Habsburgo, escoltado por su pareja de monteros (detalle del cuadro en la foto de cabecera).
La Torre de Babel, de Pieter Brueghel el Viejo. Alegoría al Emperador Habsburgo, escoltado por su pareja de monteros (detalle del cuadro en la foto de cabecera).

Ordenó sobre todos ellos el montero mayor de Castilla y organizó las cacerías aquel que mantuvo el oficio de sotamontero. Hubo monteros de trailla, de lebrel y monteros de ventores. También fue noble el oficio del criador (por supuesto, de canes) y fue el encargado o titular del ‘ministerio de la montería’ nada menos que el alguacil de montería.

La citada promesa incluye hablar de la calidad de sus perros, así como de su fidelidad a los diferentes monteros y, cómo no, de las distintas órdenes que, a toque de cuerno, bocina o caracola, servían para organizar las monterías reales. Y, puestos a pistear por los rastros de nuestra montera historia, ¿qué tal algunos lances de montería en tela cerrada o de los navajazos que recibieron algunas de nuestras graciosas majestades a manos, mejor en boca, de tremendos jabalines de veinte arrobas? CyS

Por A. Mata

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