‘Llamando a recogida’, por M.J. Polvorilla

Suenan las caracolas del último año transcurrido. Para algunos se habrá triunfado, para otros sufrido… Para todos vivido y para los menos, afortunadamente, desaparecido.

Echo la vista a los once meses pasados, intentando poner en la balanza si pesaron más los aciertos o los fracasos, las noticias alegres o las tristes. Si a lo mejor mis miserias fueron las fortunas de otros… O mis glorias las derrotas de unos pocos…

La vida es un equilibrio de dos polos opuestos. Las sequías de unas zonas son las primaveras de otras, las inundaciones de un lugar, las jornadas soleadas de las playas que hacen su perpetuo agosto. Los disparos más atinados, las desdichas de una sierra que sólo da y nada nos pide.

Qué injusto es el mundo –y el monte con él– ya que sólo nos quita lo que apostamos. La sierra no pide nada, es el casino en el que puedes ganar o perder cuando te crees más listo y entras a pisar su alfombra. Si no acudes, nada perderás ni ganarás… Ni sufrirás ni brindarás… Ni reirás ni llorarás… La naturaleza camina por la calle sin decir nada, sin medirse con nadie, te cede el paso… No quiere líos. Pero si osas llamar a su puerta con aires de arrancarle sus flores para no volver, ahí te las darán todas. Porque la linda y mona será más puta y más mala que todas las putas y malas de mundo unidas.

Si al monte –o a la sierra– le miras de frente, te calzas las botas y prendes el cuchillo al cinto, sus ojos verdes ya no mirarán con la inocencia que aparentaban desde es asfalto, ni la seguridad que da un bloque de hormigón… Si das el paso para poner los arrestos sobre la mesa y echarle un envite, el rival se arremanga, muestra las cicatrices de sus antebrazos, te coge de la pechera, te acerca a sus alientos y, cuando te das cuenta que no puedes nada ni eres nadie, te suspira con locura: ya eres mío. Tu ego caerá en picado, tu hombría con una corbata se vuelve torpeza total cuando estás rodeado de jaras. Tu inteligencia para los negocios se vuelve disfunción para sortear un arroyo. La vanguardia del mundo no supera la destreza de la sencillez… Serás su víctima y él tu verdugo.

Por fortuna, el monte y la sierra viven sus soledades recibiendo a todo aquel que venga con el sombrero entre las manos, la mirada rendida y el gesto encorvado…

Se apaga el año transcurrido  y si volviera atrás cometería los mismo errores, pero los cometería mejor. Lo siento a fuego como una raya más para el tigre y me aborda un poco de pesar…

Menos mal que despido el presente y amarro el nuevo jugando con los charcos y las escarchas. Como si fuera el niño de hace mucho que nunca querré dejar de ser… Y aquí sigue este salvaje entorno que atrae con sus aromas para darme su apoyo y su castigo.

Han recogido colleras en la mancha que hemos dado… Canta un perrero llamando a los cielos a los que están despistados y alguno –quién sabe– no volverá. Enfundo la espingarda con aires cansados porque el frío entorpece mis maneras. Voy a bajar al camino para esperar allí al postor y, de paso, echar una mano al puesto vecino que ha tumbado una gran cochina. Vuelvo la mirada a aquellos riscos que albergan buitres, cuevas y delirios. No digo nada, no pienso nada… Tampoco nada padezco.

En pocas horas soltaremos de nuevo colleras. Suerte en la gran montería que empieza en doce campanadas. ¡Perros al monte por el 2019!

                                                                                   Por  M. J. “Polvorilla”

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