Capítulo VII: Las piezas de caza de mis cotos y la montería

Por José Fernando Titos Alfaro

Dirá usted que esta es la bendita hora en la que aún no le he mencionado ni siquiera el jabalí ni el venado. Cierto que sí, pero que, como todo en la vida, eso también tiene su por qué. Y es que, aparte de que yo nunca fui amante de la caza mayor, el término de esta nuestra aldea de San Isidro de Rioseco jamás fue querencioso para tan codiciadas piezas de caza para los monteros.

Estas tierras son, sobre todo, tierras de caza menor, pues hasta para la torcaz, la tórtola y el zorzal siempre se mostraron la mar de acogedoras.

La paloma torcaz y la tórtola, hay años, que son como una plaga. La tórtola no tanto, pero la torcaz, a veces, forman bandos en los que miles de ellas, caracoleando sobre las cimas de las colinas cubiertas de encinas, parecen encapucharlas de no sabría decirle que densa neblina azulada. Por otra parte, ¿usted sabe la revolución que, en esto de la caza de las aves de paso, tiene organizada el zorzal desde unos años acá…? Algo realmente, tan sorprendente como impredecible, de verdad. Hay quien se gasta lo que no tiene, entre gasolina, cartuchos y apostaderos, para trasponer, si necesario fuere, allá a los mismos infiernos a tirar zorzales. El zorzal, hoy por hoy, es una droga, que se lo digo yo.

Le decía que estas tierras nunca fueron querenciosas para los venaos ni para los jabatos, y que, por el contrario, tan querenciosas son para la perdiz, el conejo y al liebre, que no parece sino que manan de sus entrañas como de un inagotable manantial. Evidentemente, que esto no es así porque sí. Lógicamente, debe tener su explicación.

Por lo pronto voy a empezar por decirle, que no sé si sabrá usted que la caza mayor y la caza menor nunca hicieron buenas migas. Numerosas son las razones que le podría traer para explicar esta incompatibilidad, empezando por el escenario de sus respectivos hábitats. En tanto que a una le van los parajes montaraces, de denso y selvático montarral y pasos difíciles, si es que no inaccesibles, a la otra le gusta más el monte bajo y de clareo, como el tomillar, el retamal, los acebuchales y el chaparral, y si están aledaños a tierras labrantías, tanto mejor. Pero es que, por otra parte, donde hay jabalíes, no puede abundar la perdiz ni el conejo, pues, aparte del hábitat del jabato, también suele ser muy propicio para multitud de otras muchas alimañas; él mismo, incansable andariego nocturno, se convierte en la peor de todas, ya que en su incansable peregrinaje, va arrasando con sus fauces todo lo que se le cruza en su camino, y, claro, si lo que en su camino lo que se le cruza es un nido de perdices o una gazapera, pues… aquí se acabó la presente historia. Lo de la liebre, por nómada y por gitana, ya es harina de otro costal.

A sólo unos kilómetros de aquí, la sierra se embravece y el monte se adensa, a veces, en una inexpugnable jungla, y ahí sí. El jabalí y el venao abundan, y de ahí que de Las Navas, de Cazalla de la Sierra o de El Pedroso, por ejemplo, sean codiciados por los mejores monteros de Andalucía y de toda España.

Yo, a pesar de la poca llamada que, desde siempre, han tenido para mí las monterías, he tenido que asistir, no obstante, a alguna que otra, debido al ineludible compromiso en que, a veces, te ponen los buenos amigos, pues, en estos casos, ya se sabe lo que suele pasar, y así, a pesar de los pesares he tenido que acudir a alguna, por lo que, si no mucho, sí que tengo algún conocimiento de ellas, y debo reconocer que esto de la montería también tiene sus encantos, que no todo en las cacerías, sea la modalidad que sea, consiste en pegar tiros y matar bichos.

Recuerdo ahora, como a bote pronto, que en una de estas monterías me pasó un caso un tanto insólito, por calificarlo de alguna manera, y que, por ese endémico orgullo que todo cazador parece llevar inherente en la propia sangre, jamás conté a nadie. Como usted ya estará imaginando, se trata de un vergonzoso fracaso. No obstante, no sé por qué, usted me ha caído bien ya desde el principio, por lo que voy a echar cojones a la cosa, y se lo voy a contar tal cual.

Verá usted. Yo, cazador ‘a rabo’ por esencia y pajarero por existencia, jamás fui montero, si es que no era por accidente. Sin embargo –ya se lo he explicado– una de las veces que tuve que acudir, por la ineludible invitación de un buen amigo, a una montería a la montaraz y espléndida finca de Navadurazno del término de Hornachuelos, me pasó lo que me pasó, y todo por lo mismo. Y es que cuando no se está puesto en una cosa, lo mejor que debe hacer uno es quedarse en casita. A las demás monterías que he asistido, si no tanto como le voy a contar, pero más o menos, por el estilo. Eso sí, en esta como en todas las demás, ¿cómo no?, allí estaba yo en el cortijo, como un clavo, a esas tempraneras horas, previas a la montería, del litúrgico ritual de la copita de cazalla y del sorteo de los puestos, mediante papelillos numerados dentro de la copa de un castizo sombrero andaluz. Ese día me tocó el cinco. Para empezar –pensé– no estaba mal del todo, pues el número cinco, siempre fue –no sé por qué caprichosa manía– mi número favorito. Si el puesto era bueno o malo no lo sabía, ni me importaba demasiado tampoco, pero lo que sí era cierto, fue que, cuando llegué a él, el paraje, además de sus inefables encantos agrestes, daba la impresión de ser uno de esos apostaderos que todo buen montero debe soñar.

Así pues, ubicado en una repinada colina, me aposté en la atalaya de un gigantesco peñascón de lomo amplio y allanado, teniendo como pantalla de camuflaje unos retoñecidos matojos, que parecían aferrarse a la vida entre las rendijas y grietas del farallón, como Dios les daba a entender. A los pies de la colina corría un arroyuelo que intuí gorgoritear andarín y juguetón. De él arrancaba, montaraz y bravío como él solo, un escarpado laderón que se encrestaba con descarada soberbia y en el que el matorral más promiscuo daba la impresión de ser impenetrable.

Comenzaron a transcurrir los minutos dentro de aquel estatismo y misterioso silencio, esporádicamente, interrumpido, aunque levemente, por el suave hojarasqueo de los muchos y confiados pajarines del monte, o por el simple egregio reclamo de cañón de algún que otro perdigón allá emboscado por aquellas montarreras.

No tardaron en comenzar a sonar los escalofriantes silbidos de alguna que otra bala que, al perderse en la lejanía como en misteriosos ecos encadenados, tomaban esa especial aureola de lo espectral y lo misterioso. Y mientras tanto, ante mis propios ojos, algún raposo que, matuleando nervioso y desconfiado de acá para allá, huía de la tétrica quema que, seguramente, debía ser para él, aquellos terroríficos, aunque aún lejanos latidos de la rehala y el azuce desgarrado de los perreros, relampagueando entre el esporádico clareo de la prieta maleza de aquel endiablado laderón que ante mi se repinaba.

De pronto, enterrado en el matorral, pude intuir a un jabato, que atrochaba como una diabólica y omnipotente fiera, haciendo crujir los arbustos resecos y saltar astillas de ellos en su alocada huida. Al poco, dio la sensación como de querer orientarse, y se paró, lo que dura un relámpago, en una pequeña calvera. Dos soberbias navajas, que le salían de las encías como pitones de ‘un miura’, lo delataban como todo un impresionante ejemplar. Fue cosa de un suspiro, como le digo, pues, rápidamente, continuó con su desenfrenada huida trotando, un tanto ingenuamente, costera abajo, perpendicular hacia mí. Era el oportuno instante para encararse el rifle. En efecto, así lo hice, y… ¡paf! ¡paf!, dos disparos y los dos marrados. El guarro, al sentir el cercano y mortífero silbido de las balas, enfiló enloquecido y frenético hacia el pujante borbotón de adelfas que crecía, verdegueante y fresco, en la misma vera del arroyo. Y yo, entonces, viendo que me obstaculizaban los matojos que me servían de pantalla para nuevos disparos, hube de repentizar una precipitada carrerilla por el pétreo lomo de aquel mastodóntico roquedo. Con la precipitación, se me fue el pie y… allá va rodando el montero como un balón descontrolado hacia el tupido bosquecillo de jaras, que crecia en la base; en tanto que el rifle sólo Dios sabía, en aquellos tan tensos instantes, donde iría a parar, puesto que, viendo que mi caída era algo irremediable, e intuyendo que se me pudiera disparar, totalmente descontrolado, lo lancé como si me quemara en las manos, sin saber ni cómo ni adonde. Gracias al tupido matorral de jaras, que me sirviera de colchón, por una parte, y gracias a la providencia divina, ya que el rifle fue a parar, justamente, al lado opuesto del que yo cayera, por cierto que, como yo mucho me temiera, el muy hijo de puta se disparó. La cosa quedó sólo en unos leves rasguños, además, por supuesto que sí, del tremendo susto que pillé.

Por fin, las caracolas de los rehaleros, con su peculiar sonido de ultratumba, comenzaron a sonar, llamando a los perros totalmente desperdigados por aquellos montes. Era la inequívoca señal de que aquello había llegado a su fin. Señor periodista, sí le rogaría que, por salvar mi orgullo de cazador, no escriba esto en su revista, por ser una publicación de tanto prestigio y difusión en toda España. Lo que sí podría describir a cambio, serían los espectaculares lances que en esta montería, precisamente, consiguieran un tal José Negrete y su hijo Edy, venidos del pueblo minero de Nerva, pues si el padre era un montero de los de chúpate domine, el hijo no le iba a la zaga ni en tanto así. Menudo venao dobló el padre, y, sobre todo, cómo lo dobló. ¡Qué cuerna, Santo Dios! ¡Qué impresionante estampa la suya! Daba la impresión de ser el padre de todos los venaos de aquellas bravías sierras. ¡Con qué altivez y, a su vez, con qué armonía iba meciendo la cuerna entre el matorral! ¡Aquello era un obús! Por otro lado, el hijo, bicho que pasaba a tiro, bicho que le pedía la documentación, haciéndole besar el suelo. En concreto, al jabato que yo me dejé ir, le pegó tan certero disparo en los mismos codillos, que lo dejó ‘hecho un taco’. Tenía al uno a mi derecha y al otro a mi izquierda, así que los pude observar a la perfección. Vaya un par de artistas con el rifle en las manos. Pero es que según pude oír después, sobre este par de fenomenales cazadores, ya reunidos en la puerta del cortijo, en torno al potaje que, en toda montería, que tal se precie, no puede faltar, si dejan el rifle y cogen la escopeta, entonces, amigo mío, ya es como para hincar las rodillas y cerrar la tienda.

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