Relatos

Cuento de San José

San José
Cuento de San José de José García Escorial.

Desde hace años tengo la costumbre de felicitar a mis tocayos, coincidiendo con el día de su santo, 19 de marzo, San José, escribiendo un cuento.

Este año 2020 voy a aumentar el número de destinatarios y no solo a los que celebran el día de su santo, en estas fechas.

El obligado ocio doméstico que nos impone el Gobierno a la ciudadanía hace que amplíe el número de lectores.

Es un cuento, es ficción, no es autobiográfico, me lo he inventado, aunque tenga muchas cosas, tal vez demasiadas, que fueron verdad.

CUENTO DE SAN JOSÉ

Emiliano, un castellano guasón, divertido, llano, había conseguido el éxito profesional.

Excelente ingeniero de caminos, había llenado las rutas de España de aquellas carreteras del Plan REDIA, que nos acercaron a tantas personas, incluidos los cazadores, a nuestra piel de toro, y dejaron una España abierta a la nueva clase media, creada después de tantos siglos de oscurantismo y ruina social.

Mi amigo, bueno era de la edad de mi padre, ‘león’ en el Alto de los Leones, camisa azul, alférez estampillado en negro, ayudó en lo suyo a la reconstrucción de una España olvidada durante siglos, que nosotros, la generación de sus hijos, heredamos orgullosos su legado.

San José
Cuento de San José: Emiliano tenía una pasión desmedida por las torcaces.

Cazador de llanura áspera

Emiliano era cazador, de llanura áspera, de cerros redondos, de riberas amables, donde reinaba la veloz patirroja, el escurridizo gazapo, la rápida liebre, el astuto zorro y el sufrido morral de vez en cuando lo adornaba alguna torcaz, la impensable pitorra, un despistado azulón y en alguna ocasión quebró el ala de una ‘avetarda’ de altos vuelos.

Pero el Ministerio lo llamó a Madrid y sus horizontes cinegéticos se ampliaron, como nunca había podido soñar, en la meseta sur.

El ya llamado sufrido morral se arrinconó, y se cambió por la generosa percha de perdices y conejos, la liebre no que muele los riñones y se queda para los galgos.

Los cazaderos de Toledo, Ciudad Real, empezaron a serle familiares, y enfocaba la carretera de Extremadura cada mes de octubre en busca de su pasión desmedida, las torcaces.

Matinés en la churrería de Iglesias

Lo conocí en las abrigadas matinés de la churrería de Iglesias, donde me acercaba quitando el tiempo a la primera clase del día.

Allí se reunían cada mañana en época de desveda cazadores veteranos (así lo consideraba yo, aunque apenas andarían todos en el inicio de la cincuentena).

Todos maestros en sus profesiones y muchos de ellos legendarios cazadores, para alrededor de un tibio café, ilustrado con aceitosos churros o porras, hacer sus planes de caza, era una academia abierta para un neófito cazador con ganas de empaparse de su afición.

El campeón de España de Caza Menor charlaba con el presidente de la Federación de Caza de España y asentía el presidente de la Real mientras tomaba nota el secretario de la española.

Un duque rijoso alternaba sus relatos eróticos con los cinegéticos mientras preparaba una salida ‘patera’ en el Tajo.

Otro comentaba que su finca de Urda estaba atestada de guarros, una sola vez acertó.

Hasta preparamos una engañosa salida para cazar osos en Asturias que solo llegó hasta la gasolinera de la Cuesta de las Perdices de la Nacional 6.

A Emiliano le comentaban que desde el balcón del parador de Oropesa no se veía el encinar al estar todo negro de torcaces, y me daba un codazo cómplice para asentir que ese sería nuestro próximo destino.

‘Palomazo’

Allí donde hubiera noticia de ‘palomazo’ nos dirigíamos.

El coche, yo era el chófer habitual, lleno de los cartuchos de Emiliano para los dos.

Los cartuchos se los cargaban en una pequeña fábrica de Segovia con plomo de quinta y con 36 gramos, eran ásperos para mis veteranas escopetas yuxtapuestas, herencia familiar, y hasta para la repetidora Browning de muelles, que encima pesaba más que mis reliquias de escopetas.

Los planchazos eran habituales cuando llegábamos al Shangri-La prometido.

Las azuladas aves habían liquidado las existencias de bellotas hacía una semana, nos comentaba afligido nuestro contacto local mientras se guardaba raudo la prometida, y no merecida, propina.

Para casa de vuelta, lleno el coche con todos los cartuchos, y vacías las esperanzas.

San José
Cuento de San José: José García Escorial de torcaces.

Pero de vez en cuando nos sacábamos la espina en el abulense paso del Puerto de Serranillos, en el madrileño Boquerón de Miraflores, o en los segovianos amaneceres del Pinar de Juarros, o en la llegada de la noche en Los Salvadores, en la brutal amanecida millonaria palomera de la toledana Valdepalacios con todo el paso de Oropesa en dirección al Puente.

Pero fue en los buenos días de cimbel del interprovincial Alamín o de la toledana Sierra del Castañar, donde Emiliano disfrutó más, y donde me hice tirador fiable con la escopeta.

No desdeñaba el rifle

Emiliano no desdeñaba el rifle, armado con su .30-06, acudíamos a ganchos, batidas, pichivatas, alcarreñas, manchegas, extremeñas, castellanas, en alguna ocasión pasábamos Despeñaperros.

El resultado era muy exiguo, los madrugones muy amplios y la afición incólume.

Acabé haciéndome con un rifle, un Sako de calibre .264 Win Mag, que no era bueno para casi nada y menos para montear.

El .264 se puso de moda después de la prohibición de adquirir los .30-06 por ser cartucho militar/OTAN.

Mejor consejo hubiera sido adquirir un 7 mm Rem Mag, o un .300 Win Mag, pero había que apañarse con el .264 como rifle único.

Con ese arma en la sierra de Madrid cobré mi primer cochino macho, tirando a bola, con las miras metálicas.

Con ‘canuto’

Ya con ‘canuto’ (mira telescópica) en el arma, en una montería en Jaén que me llevó Emiliano y con él al lado cobré mi primer venado.

Me guió en el lance.

Empezaron a pasar un grupo grande de ciervas, me dijo que estuviera atento apuntando, un venado se empezó a mover de izquierda a derecha entre las encinas, yo seguía apuntando, el venado se destapó, hizo una pequeña parada, y me dijo: «¡Tira!».

Al disparo el animal se fue corriendo envuelto entre las ciervas, pero Emiliano me dijo: «Lo has matado»; sin dejarme ir a verlo hasta el final de la montería.

Efectivamente, allí estaba con un tiro en su sitio, tengo la foto agarrando feliz al venado, calzado con mis botas monteras de Mazuecos de Talavera, los pantalones por dentro, vestido con una cazadora de piel de ante y tocado con un sombrero de fieltro verde, el único que tuve por muchos años.

Este sombrero se lo dejó un amigo de mi padre en casa de mi abuela al final de la guerra, pero nunca volvió a por él, hasta que un día ella me contó la historia, lo buscó, lo encontró y me lo dio.

Aún lo conservo en la habitación de mis archiperres, perdió la badana interior, la cinta exterior está blanquecina por el salitre, pero el grueso fieltro está como el primer día, tendrá el sombrero fácil más de ochenta años.

Los últimos ojeos

No era muy mayor Emiliano, apenas superaba los sesenta años, pero un cáncer se apoderó de él, su afición a la caza no disminuyó pero sí sus fuerzas.

En los últimos ojeos de su vida, haciendo virguerías con mi coche, le dejaba en el mismo puesto, y si era imposible le cambiábamos a otro accesible, se quedaba solo en la postura con el secretario, y nunca le preguntaba por el número de perdices cobradas, no quería hundirle su prestigio de escopeta fina.

Allá en la ruda Castilla la Vieja, en un pequeño panteón familiar de un pueblo con mucha historia, en un precioso día de primavera, le dimos sepultura.

En estos días de ocio obligado, dando un repaso a mis armas para ver su estado y limpiarlas, me he vuelto a encarar el FN del .458 Win que me regaló su familia para que tuviera un recuerdo de mi amigo Emiliano.

San José
Cuento de San José: José García Escorial en África.

¿Sueños remotos?

Me acerqué a la tienda de Serrano de Diana, tenía la idea de adquirir un .375 H&H siempre pensando que algún día iría a cazar fuera de España, África, Canadá, sueños remotos.

Pero Horquillas me presentó ese rifle de segunda mano que estaba dentro del presupuesto y lo adquirí.

Años más tarde en el Valle de Luangwa, en Zambia, con mi primer búfalo a los pies, levanté los ojos al cielo y extendí abiertas las palmas de mis manos, estando seguro que alguien allá arriba me las chocaría.

Desde ese día sigo con esta costumbre y cada vez noto más manos que se entrelazan con las mías, más seres queridos que ya se fueron.

Esta pandemia del coronavirus va a significar más afectos perdidos, más manos a entrelazar, pero espero que hasta que la guadaña ponga fin a mis sueños, pueda seguir defendiendo mi puesto de caza, mi puesto en la vida

Esta pandemia del coronavirus va a significar más afectos perdidos, más manos a entrelazar, pero espero que hasta que la guadaña ponga fin a mis sueños, pueda seguir defendiendo mi puesto de caza, mi puesto en la vida.

Muchas felicidades a mis tocayos y a todos vosotros, no se me ocurre un deseo mejor que vernos muy pronto.

José García Escorial

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.