La guadaña

Lolo de Juan_GUADAÑA (51)

A Juan Rodríguez, sanador de caballos. Benditas sus manos y maldita mi afición.

Cómo está el campo. Por Dios. El campo está dorado por la proximidad del estío, está duro, está seco. Pero el campo es la obra más hermosa del Altísimo. Y ponlo de fiesta con sus mejores galas, pues no existe imagen más bella que la de un trigal surcado por un puñado de caballos. Dios existe y se sienta por las tardes en las crestas a disfrutar de su obra.
Entre los trigos nació una potra. Alazán tostada de capa, maninegra, lucera, valiente. Y entre los trigos creció como la más campera y hermosa de las flores. Amapola. Así se quedó. Y así sigue siendo. Suave, valiente, caliente de sangre, fría de sesos&hellip Lancera. Se me encogen las tripas sólo de pensar que le habría podido pasar algo.
Del zarzal salió. De dónde si no. Hace calor, mucho. Y las riberas están serenas y nadie molesta. Entre los poleos el mosquito no ataca. Y allí estaba encamado. Pero claro, le sorprendieron los caballos. Le sorprendieron demasiado. Porque se detuvo un segundo, le rodearon y cuando quiso correr ya los tenía encima.
El calor fue nuestro aliado. Porque a esas horas y con el suelo tan duro el marrano se agota, el caballo también. Pero de uno a otro hay un metro de patas de diferencia. Le acosamos en plena carrera. A todo gas. Vamos Amapola, ahora es el momento de sacar lo que llevas dentro, ¡vamos!
Los chaparros, las piedras y la distancia dejan atrás a los compañeros. Duelo entre titanes. Mano a mano. Le veo las turmas al guarro, le veo las piñatas. Es un matacán de los bravos. Escurrido de nalgas, largo, cabezón. Me palpita el corazón más fuerte. Vamos, mi niña, mete riñones que nos vamos juntos a la gloria. El cochino intenta apretar, está cansado, voy como una locomotora a chocar contra un carromato, el verraco nota la inminencia del choque, se para girándose con las fauces medio abiertas, saco medio cuerpo fuera de la montura, monto la lanza, me agarro al palo dispuesto a partirme el hombro, meto la espuela izquierda para matar o morir.
Crujió la lanza y el cuerpo del cochino. Cayó, se levantó, me rehíce en mi montura, giré la yegua para otro envite, apoyé con las espuelas. Sudores, suspiros, cuánta confusión, éxtasis e incertidumbre. El peludo huye al monte cercano, son pocos metros, los suficientes para no llegar a cortarle. Amapola lo está cazando, es ella la que sabe su cometido. Qué imagen. Llego de nuevo y de nuevo le entallo, se mete rodando bajo una chaparra ya dentro de la espesura. Se me va. Dios se me va un cochino como un tren. Y donde no hay lo saqué, y Amapola no manseó y juntos nos metimos en la boca del infierno para acabar con ese cochino tremendo, o morir los dos allí mismo.
Voy corriendo detrás de Amapola, dando cojetadas por el golpe en la rodilla. Llevo las manos pringadas de sangre; el cuchillo, también. Pero el carmín que me arranca lágrimas de los ojos es el de mi yegua, herida en un remo por un cochino rastrero. Huye a su querencia, dolorida, marcando su lesión. Y un servidor se lamenta de la mala suerte, de la situación. Y cien veces metí mi cuchillo de remate en los escudos de ese tremendo cochino, esa guadaña con patas que acababa de segar a la más hermosa de las amapolas, esa fiera que tuve que ajusticiar pie a tierra por lo espeso del matorral y la caída del choque entre ambos.
Dios existe y camina por las veredas el mundo. Y cuando Amapola se perdió rumbo a su cuadra sin jinete, el Altísimo la encontró y puso su mano sobre las heridas privándolas de gravedad. Le dejó la secuela de la cicatriz para que nunca olvidáramos que el peligro existe, que el mal acecha, y que cuando menos lo esperamos nos puede robar lo que más queremos. Menos mal que nuestras oraciones traen bálsamos para los sustos de la vida.
Ahí está Amapola, con sus heridas cerradas y con unos días por delante para el descanso. La miro en la distancia. Ella contempla la sierra, sonriente, mientras masca heno fresco, deseando que sus apoyos se fragüen fuertes de nuevo para volver a correr por el campo tras los cochinos montunos. Y demostrar al mundo que tropezar está permitido, pero seguir adelante es obligatorio.
Dios te bendiga, Amapola, y te dé larga vida para conceder a los hombres encontrar la libertad cada vez que suben a tu lomo.

Por Lolo de Juan.

 

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