Con derecho a cazar

images_wonke_opinion_felipe_vegueAsistimos a un crecimiento de los anticaza sin precedentes, interpretaciones de bienestar animal, apoyos ministeriales, subvenciones vitalicias y las tendencias de humanización de todos los seres vivos.

Estos colectivos ven en cualquiera que utilice prácticas tradicionales -agricultores, ganaderos, cazadores, etcétera- el enemigo ideal a abatir y en todos los frentes se nos otorgan calificaciones y etiquetas que en nada merecemos y enfrentan a la opinión pública (la mayoría urbanitas, claro) en contra nuestra.

Asistimos al crecimiento de radicalismos y, con ellos, aumenta la hoguera donde quemar, en un profundo acto de fe, a todos aquellos que no comulgan con sus ideas progresistas y liberales. Olvidan las más elementales reglas de la democracia, que ellos dicen seguir, cuando la realidad es bien distinta: siguen a sus dictadores, nuevos paladines que entrenan a las masas en la obediencia ciega de sus tesis, expertos en transmitir al pueblo lo que éste quieren oír.

No hace tanto, bastaba que el cazador, en su tiempo libre, cogiera sus pertrechos y su perro y se lanzara a horizontes infinitos, en ocasiones buscando cómo completar su subsistencia y, en todas sus salidas, con la apetencia de los seres libres que necesitan poner a trabajar todos los sentidos para sentirse en plenitud.

La ultra avanzada sociedad cree que no necesita los recursos naturales para el desenvolvimiento diario. Esto, que tantos literatos y filósofos de otros tiempos narraban y justificaban en sociedades que viven y necesitan el medio de una forma vital, podría quedar en entredicho frente a la filosofía actual, ¿qué es lo que nos obliga a seguir siendo cazadores?, ¿a nuestras salidas al campo?. Quizás, el mejor prólogo escrito, explicando esto está en el libro Veinte años de caza menor, del Conde de Yebes, de José Ortega y Gasset, que para nosotros y aun con el paso de los años, está hoy de actualidad y, al menos, desmonta un principio del cual nos quieren privar: el derecho a decidir.

Explicar la caza en los foros donde la libertad de expresión sólo tiene un color -verde-, la ‘libertad’ y la ‘democracia’ se llenan sólo de buenas intenciones, no supone al ciudadano desconocedor de las reglas venatorias más que una incomodidad. Todos sabemos que atraer al mundo de la caza a nuevos acólitos no sólo pasa por la pasión que se despierta en los nuevos conocer o practicar un buen día en el campo; es la realidad económica, el gasto que supone convertirse en cazador y el tiempo que hay que invertir para su práctica. En esta situación hemos contribuido todos, tenemos demasiados vividores, por un lado, que obtienen oportunidades de negocio a los siempre ilusionados incautos que buscan paraísos perdidos donde dar rienda suelta a su afición; por otro, demasiadas leyes y reglamentos que en nada nos favorecen y en los cuales no ofrecemos demasiada oposición por parte de nuestras organizaciones.

Una ley de caza, la del setenta, dio demasiado poder a decidir y comercializar a ayuntamientos, comunidades o vecinos que se creían con potestad divina, no sólo sobre la propiedad de la tierra, sino también sobre todo ser vivo, donde la envidia, el ser ‘hijo del pueblo’ o ‘casado con’, otorgó privilegios a muchos, que se hicieron cazadores al grito de antes que lo mate el fulano…, que relegó a los habitantes de grandes ciudades a manos de los que cazadores urbanos en una franca desventaja: Yo pago tanto; tú pagas cinco, diez veces más, si te interesa, y eso cuando no tenías que andar rogando a todo dios para que te vendieran una tarjeta.

Crecimos en recursos y el país se llenó de escopeteros, nada que ver con los cazadores, que ahora ‘a las maduras’, se han dado de baja y aparecer por doquier ofertas de todo a cien, cotos sin socios, monterías sin monteros, y quedando a los ayuntamientos sin presupuestos para las fiestas que ya no se cubrirán.

Ley del 70 en España garantiza y enmarca el ejercicio de la libertad en la caza, que es la base de las mil y una disposiciones autonómicas que no hacen más que enredar nuestro panorama.

Leyes dictadas por políticos que no escuchan a nuestros representantes, representantes que en demasiadas ocasiones que no escuchan a sus socios, representantes estos más preocupados en el desfalco de nuestras arcas, cadena de despropósitos que no hace más que aumentar las deserciones por cansancio e impotencia de los acólitos, solo preocupados por la pasta, eternos en mandatos, carentes de ideales.

Tener, tenemos y muchas, organizaciones en defensa de la caza y, me consta, representantes, que se enfrentan a los problemas con ganas y conocimientos, que exponen sus actos con claridad, pero que son abrumados por los corruptos, que son apartados por enfrentarse a la corrupción y declarados persona non grata.

Es del todo imposible obligar a los cazadores a estar donde no quieren o no se sienten representados, pero es imprescindible, si queremos que la caza siga formando parte de nuestras vidas, formando un solo frente, ya que, si algún día a las mayorías les toca decidir nuestro destino, negro muy negro futuro nos espera. Decidir sobre aquello que no se conoce también es una potestad de las masas y tan sólo una minoría nos conoce en profundidad.

 

Por Felipe Vegue.

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