¡Qué no, qué no, que no hay perdices!

carlos-enrique-lopez-foto-portada–Hay uno en la taberna que dice que ha visto un bando.

–¡Será de tordos…!

– ¡Qué no, qué no! Que jura que eran perdices y que iban dieciocho…

– ¿Qué estaba fumando?

– Seguro que era tabaco…

– ¿Y bebiendo…?

– Cerveza…

– ¡Pues se habrá cargao medio barril! ¡Dieciocho perdices juntas no se ven ya ni en la feria de la caza!

Hace menos de un mes que escuché esta conversación a dos paisanos en un pueblo de la Sierra de Segura, y doy fe de que la situación es por lo menos así de mala. ¡No se ve un bando!

Yo, que recorro de lunes a viernes las carreteras de la provincia de Jaén, doy fe de que no se ve un bando. Si por cada zorro que he visto me hubieran puesto un bandito de pollos, este año sería glorioso.

He visto zorros cruzando por medio de los pueblos, jabalíes que bajan a comer en los basureros a la caída de la tarde, buitres en los campanarios o en las tapias de algún colegio, millones de gaviotas en medio de la sierra, accidentes provocados por ciervos en mitad de inmensos olivares, búhos reales a la hora de la siesta, cormoranes que acaban con la población de truchas y cernícalos que se comen a los canarios en los balcones. Pero no he visto perdices. Hace años, viajar por las carreteras por donde ahora lo hago durante los meses de verano, era garantía de ver los bandos de pollos buscando hormigas a la hora de la siesta en cualquier carril, o en medio de la carretera. ¿Cuántas veces habré frenado para dejarlos pasar…?

Ahora, lagartos, culebras, unas cuantas liebres atropelladas y todo el catálogo de rapaces de la fauna ibérica, incluyendo algún quebrantahuesos, de ésos que ya no hay, pero, ¿perdices?, ni el recuerdo. Ni siquiera en zonas legendarias.

Creo que todavía podríamos llegar a tiempo de intentarlo, aún hay granjas con un nivel de pureza muy alto y con los ejemplares procedentes de ellas se podría lograr la reintroducción en muchas zonas donde ya no queda ni una. En otros sitios habría que poner en marcha una moratoria de al menos tres o cuatro años sin cazarlas y, en cambio, destinar el tiempo de caza al control de depredadores, que hay más que hierba. Ha llegado el momento de no quedarse quietos esperando que otros hagan lo que deberíamos hacer nosotros. Posiblemente, desde la propia Federación Española de Caza, y de sus delegaciones provinciales, deberían partir los planes para dar opciones de recuperación a una especie señera que se está quedando en una anécdota. La perdiz no aguanta más y no debemos seguir cazándola.

Habrá quien me ponga a bajar de un burro, pero no me importa, estoy seguro de que estoy en lo cierto. Si no concedemos una tregua de, al menos, tres o cuatro años, controlamos la expansión de depredadores y nos preocupamos de que los agricultores dejen de envenenar el campo, la caza de la perdiz será algo para ver en vídeos o para poder practicar sólo en terrenos cercados a cambio de sumas imposibles para muchos bolsillos.

El de la taberna juraba que había visto un bando, pero también juraba que no diría dónde hasta que la cerveza le saliera por los lagrimares. Mientras tanto, ya habían mandado a buscar a Juanito, el de la pastora, que es el que mejor maña se da para correrlos con la moto y cogerlos casi reventados. El Tuerto esperaba paciente con un saco de arpillera bajo el brazo, apurando las últimas caladas del ducados, y Seisdedos, que era el descubridor, se afanaba en quitar las pepitas de un pimiento frito, que se retorcía entre la negrura de sus uñas esperando a ser engullido. Todos sabían que había pocas perdices y, en consecuencia, no era conveniente dejarlas en el campo. ¡Para que se las coma un zorro…, más vale sacarle unos eurillos pa una juerga! Don Tomás las paga bien y en su casa, por lo menos, siguen vivas.

Pero, al paso que vamos, ni siquiera don Tomás tendrá perdices. A nosotros nos quedarán los recuerdos de cuando salíamos a buscarlas con una canana repletita y una caja en el morral, y dejábamos correr las liebres por miedo a quedarnos sin cartuchos cuando ya le hubiéramos dado tres voladas a los bandos y estuvieran buenas para tirarlas. Y mi hijo, cuando se lo cuente, dirá :

–¡Anda ya, Papi! ¿En tres horas, cincuenta tiros a las perdices en el coto de la sociedad…? ¡Sería a los zorzales!

 

Por Carlos Enrique López.

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