El Sur también existe: ¿es Malta un ejemplo a seguir?

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Entre oriente y occidente, a medio camino de África y Europa, un pequeño archipiélago de cronología convulsa, Malta, se nos presenta una vez más como un ejemplo de tenaz resistencia. En España, si se pregunta por esta República, lo que comúnmente se nos viene a la cabeza es la goleada que les metimos en el decisivo, para nosotros, partido de clasificación para la Eurocopa de 1983, pero Malta es mucho más.

 Si hablamos en clave histórica, ya sea en términos de simple influencia económica o de dominación pura y dura, Malta fue, sucesiva o simultáneamente, griega, fenicia, cartaginesa, romana, vándala, bizantina, árabe, aragonesa y… a partir de aquí, más o menos, empieza el verdadero proceso de forja de la naturaleza orgullosa e independiente, que no aislacionista, de sus habitantes.

En 1530 Carlos I de España, arrendó estas islas a los Caballeros Hospitalarios con el compromiso de frenar a las hordas turcas capitaneadas por Solimán el Magnífico, que pretendía dominar el mar Mediterráneo. Malta se convirtió en la barricada cristiana frente al empuje de la civilización musulmana. Además de ese compromiso principal, se estableció otro, que, aunque simbólico, no deja de tener su aquél: la entrega anual de un halcón al emperador o a sus sucesores (el halcón maltés). El compromiso se cumplió hasta 1798. Esta cláusula es recurrente en los tratados de cesión de derechos territoriales de aquel rey, cuando cedió Túnez al sultán Mulei Hassan en 1535 le exigió: “(…) librar cada año al dicho señor Emperador y asus successores reyes de España (…) enel dia dela fiesta de señor santiago que se celebra a veinticinco de julio seys buenos cavallos moriscos y doze falcones…”.

Malta fue sitiada por los otomanos en mayo de 1565, los Caballeros de la Orden de Malta, con la ayuda de la población, lograron mantener las islas. A este fracaso turco se añadió, seis años después, la derrota de Lepanto. Repitió esta proeza durante la Segunda Guerra Mundial: entonces era parte del Imperio Británico y, debido a su proximidad a las líneas del Eje, fue un destino frecuente de sus ataques navales y aéreos, fue sitiada de nuevo y, de nuevo, aguantó. Esta resistencia hizo que Jorge VI les otorgase la Cruz de San Jorge. Estas dos epopeyas son rememoradas anualmente por los malteses, y las dos cruces, la de san Jorge, que hoy puede verse en su bandera, y la de Malta, distintivo de los Caballeros Hospitalarios y verdadera insignia de la República, son merecidos emblemas de su tenacidad.

Caza y resistencia son los dos ingredientes que motivan esta reflexión. Malta ha vuelto a erigirse en un rocoso bastión, en este caso, no ante oriente, sino ante occidente, no ante el intento de la imposición mediante las armas, sino ante el de las opiniones. El pasado 11 de marzo ¡TODOS! los malteses fueron convocados a las urnas, no para decidir “caza sí o caza no”, algo que ya a los de aquí nos acongojaría, sino para que manifestaran su opinión sobre si debía seguir permitiéndose la caza de especies de aves migrantes durante el periodo de regreso a sus cuarteles de cría, y el resultado fue que sí.

No aplaudo su decisión, al contrario, creo que el cazar estas especies en ese periodo es pan para hoy y hambre para mañana, sencillamente alabo su valentía. En España, por desidia, descuido o incompetencia, no podemos cazar ni la tórtola turca ni el estornino negro, la Directiva (de Aves) nos lo impide. Ninguna de las dos especies tiene mayor interés cinegético, pero sí tienen interés económico y ambiental. Para controlarlas nos obligamos a acudir a las excepciones contempladas en la misma Directiva, en otras palabras, voluntariamente nos acostumbramos a vestir como excepcional lo que debiera ser normal.

La caza de perdiz con reclamo está dando las bocanadas, no vale la tradición, nos dicen que no y amusgamos las orejas; el silvestrismo está tocado del ala, tímidamente y en voz baja protestamos, pero aceptamos; retrasamos la media veda porque nos lo mandan y a obedecer… Europa exhibe su poder y nosotros nuestros complejos. Firmamos unos compromisos de por vida, sí, de por vida, porque aunque en teoría todo es negociable, fue un engaño muy bien pergeñado, aceptamos unas directivas pensadas por y para el centro y el norte de Europa. Que las vacas se vuelven locas, pues nosotros, tontos, y prohibimos el abandono de carroña en el campo; que el lobo ahora es bueno y lo recibimos con los brazos abiertos, ya no se le puede gestionar (porque la única gestión es la cinegética, la estricta protección se traduce en abandono); y así podemos seguir sumando quebraderos de cabeza por no tildarlos de despropósitos.

Si el lobo o el buitre, el ratonero o el cuervo no tienen carroñas, que aguanten o espabilen y vivan de otra cosa, del ganado (vivo, por supuesto), o de los huevos de, por ejemplo, las perdices o del urogallo, y ¿nosotros?: ¡chitón! Con estas condiciones no se pierde más que un acerbo cultural, o sea, nada; quemaremos como si fuesen instrumentos diabólicos artes centenarias y renunciaremos al arte de criar y enseñar al pájaro. En definitiva, no tardando mucho, nos conformaremos con contemplar sin participar. Está bien sólo observar, a la mayoría de las personas contemplar animales nos produce sensaciones de alegría y bienestar, también a los cazadores, pero dar el siguiente paso, el de interactuar, es simplemente el súmmum.

Salir al campo porque sí, se nos queda corto, parece que los cazadores nacimos bajo el influjo del lado oscuro de la luna, pero no podemos pasar sin repasar los almendros, sin investigar cómo van las moras, sin interesarnos de si cantan o no las codornices, o de si la berrea se atrasa. Todo de un modo egoísta, pero es que somos herederos de una arcaica condición, la de los cazadores–recolectores. El que nos coarten nuestra naturaleza una vez que hemos pagado, y hemos aceptado el dónde, el cuándo, el cuánto, el cómo y el porqué, nos fastidia porque ese porqué se torna cada día más incierto.

Lo decidido por los malteses es, técnicamente, una aberración, pero el espíritu que ha motivado tal despropósito es de admirar, y de imitar, ¿para cuando los cazadores españoles darán un puñetazo “maltés” sobre la mesa?

Por Fernando Benito Álvarez.

 

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