Las brumas del Duero: ‘Dogmas de fe’

felipe vegue

Como en las antiguas guerras de religión, esto a los animalistas se les empieza a ir de las manos. Dan por sentado ciertos dogmas que ni dejan explicar, dando por cierta media verdad en sus ataques hacia el colectivo cinegético. Nosotros sabemos lo que ellos quieren: que no cacemos animales, de ninguna clase o especie y, por nuestra parte, es tan grande la pasión y nos encanta hasta unos niveles que ellos nunca entenderán, que no soportaremos la idea de que nos aparten de la caza.

Y, ahora, cómo escribiremos esta historia: es mucho, muchísimo más complejo intentarlo que justificarnos, eso nunca. Es cierto que ellos no entienden el camino de vida emprendido por cazadores y se creen los mitos de la muerte de animales buenos y desamparados, nuevas historias que en pocos años han cambiado la mentalidad de jóvenes convirtiéndolos en anticaza y reaccionando tan negativamente, hasta con el uso de la fuerza.Dan por hecho que los cazadores obtenemos ventajas injustas sobre pobres animales indefensos, modernas armas capaces de liquidar un animal a enormes distancia y variados equipos para facilitar el tiro o mejorar las condiciones, que cualquier neófito que nos oiga comentar no entenderá en su real significado.

El éxito o el fracaso en la caza depende del venador en mucha más medida que en las armas que éste emplee. La mayoría de la gente, hablando racionalmente con ella, entiende que el esfuerzo es la ética de la caza y la tecnología sólo una mera ayuda para culminar el lance que, en un porcentaje muy elevado, no culmina con una pieza y, sin embargo, esto choca con los anuncios de nuestros mercaderes y sus clientes de resultados asegurados.

No deberíamos olvidar que nosotros también somos piezas potenciales, máximos predadores en la cadena trófica con la ayuda de los elementos que se han desarrollado para la caza, cuando no contamos con ninguna ayuda, carecemos de instintos animales que éstos han desarrollado en los días de su vida de presa y con multitud de depredadores acechándolos. Nosotros y nuestros sentidos están cada vez más atrofiados, lo hacemos con los medios de los cuales nos valemos, armas y métodos modernos que, en algún momento en la caza deportiva, se deberían quedar ahí sin evolucionar.

Comparémonos con los depredadores conocidos –leones, lobos…–, el éxito en sus cacerías oscila dependiendo de la ayuda de su grupo, pero nunca alcanzan el éxito en sus intentos al cien por cien, ni tan siquiera en la mitad de las ocasiones. Entre los humanos, los arqueros –que son los únicos que están incrementando su número– obtienen una tasa de acierto muy baja comparable a la de los predadores, me atrevería a decir por debajo del 10 o 15%, y estoy seguro que a ellos les será más fácil obtener el reconocimiento social que se niega a otras modalidades.

Escuchamos: «Los cazadores sois unos enfermos violentos» y otras lindezas, que son recurribles. Nunca un animalista querrá entender que la caza y demás prácticas tradicionales tienen la llave para la conservación de la naturaleza en su estado natural. El amor desmedido hacia el mundo animal es un lujo destructivo de sociedades desocupadas que siempre ofrecen alternativas de alimentación al planeta, que éste no puede soportar. La caza es y será una aventura para quien la practica, una vuelta al origen y una forma, cómo no, de alcanzar estatus social y, por lógica, siempre habrá alguien que con estos comportamientos piense que los cazadores no tienen derecho a presumir ni de su condición ni de sus capturas.

Tanta despreocupación tenemos entre los nuestros que hasta en las redes sociales el mensaje que estamos transmitiendo es el equivocado. Escenas cargadas de la violencia final del lance y una única carrera hacia la meta del despojo trofeístico, no de la carne como fin apreciable. Solo en la meta, el trofeo no es el marketing que la sociedad entienda, es un mensaje que se interpreta como de rabia, frustración y que ofende a demasiados, busquemos limitar las escenas violentas y dolorosas del abate y el cobro de la pieza, y busquemos el mensaje del desafío de lo natural y el respeto a la pieza abatida.

El furtivismo tiene que dejar de ser un mito entre los cazadores: es delincuencia, es una equivocación no respetar las normas de la caza y las que nos enseñaron desde el nacimiento, de educación y respeto. El delito ofrece argumentos a los que quieren eliminar la caza, dejándonos al lado a los cazadores deportivos, aún con éxitos demostrables en la conservación del hábitat.

No quiero dejar de lado la incorporación femenina, cada vez en mayor número, a nuestras filas y ellas son, en estos  momentos, las que están siendo más castigadas por el radicalismo de animalistas, atacándolas de forma sexista. Entre nuestro colectivo no existe ninguna diferencia en trato y es muy necesario que no sea un reto para ellas, sino el espacio adecuado para integrar una pasión igualitaria y sin distinción en las cualidades del cazador. Cazar es un reto y muchos de nosotros nos gusta que sea así y en la capacidad femenina de autosuficiencia para proporcionar alimentos desde la noche de los tiempos la mujer, siempre ha ganado la partida de la eficacia y la diversidad.

Me gusta cazar más que nada en la vida, mis familiares y amigos pueden o no entenderlo, pero me ilusiona que nos vean a todos como guardianes y reguladores de la vida salvaje, de protección de la naturaleza y de sus criaturas. Es muy necesario hacer entender entre los nuestros que el ideario del cazador pasa por el respeto a las leyes y a las propias instituciones, no en una batalla contra ellas, que en las futuras normas de protección y sus directrices se nos describirá y otorgarán concesiones con el reconocimiento por nuestras acciones y trabajo. Éste debe ser el desafío y la motivación personal de cada uno de nosotros.

 

por Felipe Vegue

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