No se deje engañar por el animalista, escuche al cazador

montería

El animalista, hablándole como le habla una madre boba a un bebé, besa el hocico del perro. Y el can, con su lengua infestada de bacterias y heces, le llena los labios al vegano de saliva animal.

Por H. E. Cavazos Arózqueta

Mientras tanto, allá afuera una madre besa por última vez al niño que murió de hambre, desnutrido. Debido a que no hay suficiente proteína para alimentar a la humanidad. Pero eso al amante de los animales parece importarle poco. Lo que pareciera ser que celebra, es que ha desaparecido del orbe una boca más, una amenazadora y glotona boca más, que pudiera comerse una vaquita o un pollito o un cerdito del mundo. Porque los adoradores de los animalitos pueden sentir afecto por esas criaturas y no empatía con la gente. Le recitan poemas a sus gatitos, los arrullan con tarareos de melodías de cuna, mas rugen con sus inquisidoras voces contra el hombre llano y que va a pie o a caballo. Son fundamentalistas del neo veganismo, que adoran a las bestias sin haber estado en contacto con ellas. Y ahora quieren que todo mundo comparta su enferma y trastornada zoofilia radical. Quieren imponernos su galanteo obsesivo por los animales.

Así que absténganse cándidos y simplones de caer en la trampa de los fulleros del color verde. Prestidigitadores de las emociones, estos nigromantes urbanos lejos de querer engañar los sentidos de sus espectadores, buscan enredar los sentimientos de los más ingenuos de los peatones. Al igual que sus similares, estos magos ecologistas también usan conejitos y palomas para su performance. Sin embargo, lo que los distingue del resto de los ilusionistas, es que a los que me refiero no desaparecen al animalito, sino que lo iluminan para que los aspectos más tiernos de la criatura sean exaltados y toquen las fibras más sensibles de los idiotas que atestiguan el espectáculo, para que así, embaucados con el espejismo, se traguen la charlatanería animalista y olviden su esencia humana.

Lo peor de todo es que esta moda, esta quimera de atizar los derechos fundamentales de los animales —¡haga el canijo favor, estimado lector!—, ha comenzado paulatinamente por devenir moda y amenaza con convertirse en idiosincrasia de la clase media del siglo veintiuno. Por eso no han sido pocos los mañosos y oportunistas legisladores que han lucrado políticamente con el cariño febril de unos cuantos por los animales. Consecuentemente, los pillos y sagaces políticos que integran el Poder Legislativo han intentado prohibir la fiesta brava, los circos con animales, la cacería, la charrería, los zoológicos e incluso la equitación. En algunos casos, dichas prohibiciones han prevalecido. Y consumada la prohibición, la clase política voltea la página, pasa a otro tema e ignora los desastrosos efectos secundarios de sus ignorantes y dañinas leyes animalistas: cirqueros desempleados; toros de lidia sacrificados; leones, tigres y elefantes abandonados.

Resulta ridículo, bochornoso, que en un país donde queda tanto por hacer y trabajar en materia de Derechos Humanos, nuestros diputados y senadores pierdan el tiempo legislando falacias tales como reconocerle derechos a los animales, ya que es evidente que más bien se trata de un tema de obligaciones de los ciudadanos; como verbigracia la obligación de respetar y no maltratar a ninguna especie animal. Obligación que es fundamental dentro de una sociedad moderna. Sin embargo, entre estar obligado a respetar a los animales a reconocerles el derecho a la vida hay una inmensa brecha de lógica que separa estos dos aspectos. Y aunque, suponiendo sin conceder, todos los seres vivos gozaran del derecho fundamental a la vida; inconcusamente dicho derecho por ningún motivo se ponderaría sobre el derecho a la vida del que sí gozamos los seres humanos. Por consiguiente, proyectos de leyes prohibitivos que pretenden acabar con el aprovechamiento sustentable de la fauna atentaría en múltiples áreas geográficas, políticas y sociales en contra del derecho a obtener alimentos mediante la caza, por dar un ejemplo.

Si bien lo expuesto anteriormente podría interpretarse filosóficamente como discriminación por especie, también denominada especismo; no obstante, es importante que, tal y como lo menciona el reconocido ecólogo, el Dr. Gerardo J. Ceballos, Investigador Titular de tiempo completo del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México, “es necesario hacer una evaluación de la cacería desde un punto de vista técnico, de modo que resulte lo más objetiva posible. Para esto, se tiene que hacer a un lado la parte filosófica. De pronto es fácil calificar cualquier actividad humana como ‘buena’ o ‘mala’, y está bien. Pero tenemos que entender que la posición filosófica no corresponde a la técnica o científica”[1]. Y esto último es un problema que se manifiesta con frecuencia en el momento en que se entablan debates en torno a la caza: se confrontan por un lado la postura del animalista, basada principalmente en cuestiones morales o sensibles; y por el otro lado la posición del cazador, asentada en razones económicas, lógicas, científicas. Consiguientemente, salta a la vista que lo que aviva la llama animalista en el pecho de los verdes es básicamente la ignorancia y su sensibilidad.

El problema de la afectividad y el sentimentalismo de los amantes de los animales, es que esta emoción ha opacado y desplazado su facultad para socializar o sentir empatía por sus semejantes los hombres. Es por esto que se alarman y se inquietan ante la violencia en contra de las bestias, pero reaccionan con más rudeza y brutalidad contra los humanos que por medio de su sapiencia aprovechan de estas criaturas para el beneficio de la sociedad. El verde tiembla de indignación por la sangre derramada por el toro de lidia, y en ese carmesí líquido y ardiente encuentra motivos para desear la muerte y el sufrimiento al torero, un hombre, tan hombre como el más falso ecologista, incluso más hombre que aquél.

Cuando el verde despotrica contra la cacería o la pesca, ignora los provechos y las gracias de la proteína animal. También hace caso omiso del hambre que tanto aqueja a la humanidad. Problemática que bien podría ser menguada en nuestro país mediante la caza regulada.

En México, año con año, se tramitan cintillos para que dentro de las Unidades de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre se aprovechen alrededor de 60,000 venados cola blanca. Sin embargo, debido a que aún no se regula de manera contundente la caza en este país, dentro de rancherías, ejidos y comunidades rurales se extraen de manera ilegal hasta 240,000 ejemplares de este cérvido [2]. Esto se traduce en circa 15,000 kilogramos de carne orgánica, limpia de hormonas, sin antibióticos, de animales libres y sanos— a $150.00 pesos el kilo, haga usted la cuenta si supiéramos aprovechar esto—. Lo que a su vez significa que además de la derrama económica que deja la actividad cinegética en las zonas marginales del país, los campesinos, ejidatarios y comuneros, mediante el aprovechamiento extractivo sustentable del venado obtienen proteína y recursos para la alimentación de sus familias y mejora de sus condiciones de vida. Esto concientiza a que decaigan prácticas de cacería furtiva y genera interés en el cuidado y conservación del Odocoileus virginianus, que por consecuencia implica la preservación del ecosistema en donde este ciervo habita.

La cacería legal ha logrado revalorizar la fauna silvestre. El turismo cinegético ha dotado de valor pecuniario a las especies que son susceptibles a ser aprovechadas para su caza. Gracias a ello, animales como el venado cola blanca, el venado bura, el venado temazate, el puma, aves como el guajolote o las codornices representan para los terratenientes de sus hábitats naturales un negocio. Un negocio interesante y fructífero, por lo que se avocan al cuidado de estas especies, para que acudan cazadores al área a pagar por poder darles caza. Para la realización de estas cacerías se requieren guías, choferes, taxidermistas, cocineros; es decir, la caza también genera empleos. Así que se conforma un circulo virtuoso en el que la cinegética fomenta la conservación, el desarrollo económico y sustentable, empleos y mejora las condiciones de vida de las personas que viven en las zonas donde se puede cazar, que suelen ser las más pobres del país.

Dicho lo anterior, si no tuviésemos una clase política mentecata y frívola, holgazana y oportunista, tendríamos programas como la Cruzada Contra el Hambre, pero en lugar de repartir choco-roles, gansitos, papitas y donitas, abasteceríamos de carne de caza a las comunidades más necesitadas los cazadores y gobiernos locales en conjunto.

Pero no solamente la politiquería facilona y esa chusma simbolizan un obstáculo. El mayor de los atascos está personificado en el pazguato que anda a paso lento, con las manos en los bolsillos, con la cara grasa recubierta de una barba rala e incipiente, que lleva en los labios resecos un cigarrillo y en los oídos sucios sus audífonos coloridos que se acomodan en su espeso y casposo pelo. Ese tipejo que en su vida ha respirado el aire limpio de las sierras o ha sumergido sus manos en el agua helada de un arroyo, también representa un reto para la conservación de las especies. Porque cautivado gracias a las fotografías de bosques y montañas que sirven como salvapantallas de su computadora, se considera un ecologista consumado y convencido. Y porque adora a su bulldog francés, se llama a sí mismo un animalista radical, predicador de la izquierda mugrosa y artificiosa de los verdes. Esos ambientalistas del Facebook o del Twitter, rijosos y persecutores en el mundo virtual que sueñan con amarrarse a un árbol, son los que pretenden acabar con lo que queda virgen del planeta y con nuestro derecho a disfrutar de esas hermosas tierras.

No veo al ecologismo adulterado de los neo veganos derramar tres millones de dólares en Baja California. Tampoco veo una derrama económica de parte de los animalistas de cincuenta millones de dólares en Sonora. O que los vegetarianos gasten en restaurantes especializados seis millones de dólares en Nuevo Laredo, Tamaulipas. ¿Así que, qué están haciendo ellos por el planeta?

En conclusión, ignoren los alaridos de los animalistas. Nunca antes el que hizo más ruido ganó el debate. Escuchen los argumentos y hagan caso a la lógica. Los animalistas echan mano en reiteradas ocasiones a falacias, al argumentum ad baculum, queriendo imponer su opinión mediante el amedrentamiento, el lenguaje soez, la violencia física y verbal, las amenazas, la bravata, la fuerza en general, de alguna u otra manera—cargada de diversos modos—. Y la falacia más común que usan es el argumentum ad passiones, que consiste en apelar a las emociones del interlocutor, adversario o auditorio, en su caso. ¿Por qué? Porque los argumentos que esgriman en casi todas sus intervenciones van enfocados en alarmar, en tocar fibras sensibles. Éstos van nutridos de sentimientos y dirigidos para generar a su vez sensiblerías. Pero en ningún momento usan argumentos válidos. Jamás apelan a la lógica. Por eso es que pobre animalito, es que mataste a un ser vivo, es que no te había hecho nada cuando le arrancaste tu vida, es que no tienes derecho a matarlos. Todo esto forma parte del cuerpo de una gran falacia: la cacería es mala. Por consiguiente, es importante que los cazadores argumentemos siempre de manera lógica, con nuestras premisas bien organizadas, para poder convencer y defender en todo momento nuestra postura: la cacería no solamente representa un derecho, sino que también es una necesidad. Una eventual prohibición de la caza regulada vulneraría nuestros derechos como ciudadanos y cazadores; y peor aún, significaría una terrible terrible transgresión contra los avances en materia de conservación de fauna silvestre y preservación de ecosistemas que se ha logrado gracias al fomento y los beneficios de la actividad y el turismo cinegético.

A crear conciencia.

[1] Tomado de Caza deportiva en México: ¿matar para conservar o maltrato animal?,de Paola Ramos Moreno. En http://www.sinembargo.mx/04-10-2015/1465792Ciudad de México, a 22 de febrero de 2016. 11:33 AM.

[2] Villarreal, G., J.G. Guía de campo para el cazador responsable de venado cola blanca. Octava edición. Consejo Estatal de Flora y Fauna Silvestre de Nuevo León, A.C., Et. Al. Monterrey, Nuevo León, México. 11- 13.

Por H. E. Cavazos Arózqueta

 

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