‘El lobo cerval’, por M. J. Polvorilla

“¡Vaya animal! ¡Qué maravilla!”. Anda Fausto asombrado por la belleza del felino. Hemos retrocedido treinta años en mitad de la conversación donde, alrededor de la mesa camilla, un puñado de oyentes escuchamos las historias del viejo guarda. Servidor contaba con quince berreas, un amiguete de la quinta y un trío verde como las ovas con forestal, biólogo y fotógrafo incluidos. Son amigos de casa, vienen de paso y de paso paran a tomar un vino. Aquí estamos mejor que en brazos… Aunque depende de los brazos de quién…

Nos guía la conversación una caja de cartones de El Jabalí de Oro, un vinaco blanco y áspero como unas bragas de esparto, pero con buena lumbre no hay choza mala, así que entra lo que sea con tal de no detener la narrativa del orador.

“Iba yo una mañana con los perros de mi cuñao Arístide: un campanero rabón burraco del medio alante, un barbas acanelao y tres careas. Yo recuerdo que íbamos a conejos, a jabalines o a lo que saltara. De lagarto parriba. Entonces había poco de y mucho de . Y venga cepos, lazos, anzuelos… Entonces ni mercao ni vergas en vinagre. Aquí se salía al campo a hacer la compra. Que por una pellica de zorro bien curtida te daban un tanto en sal o en aceite. Y si tenías la suerte de arrebañar un lobo… Los ganaderos aflojaban la mosca agradecidos por la captura…

El caso es que aquella mañana mi cuñao quería echar al Chiruco, y ya le dije yo que al Chiruco no, que anda siempre liao. Esa mañana echamos a la Villara, que era nervio. La Villara era cruzada en podenco ibicenco, más nerviosa que una centella, siempre encendía. Y mira que he criao perros, pero la Villara no ladraba. Hablaba. Y puerta con ellos. Y al monte a revisar cepos y lazos. Y vamos a ver como baile Migué…”.

En la agradable candela todos estábamos metidos en la historia. Los forestales, el naturalista y el biólogo. Qué tiempos, qué dureza y amabilidad la de esta gente. Qué no habrán robado a los amaneceres de otoño…

Cagüen la leche, que ha salío una primala y se ha llevao tos los perros hasta volcar Valseco. Ando con la Villara, la única que no hace asunto a ese ganao, y voy a revisar una ristra de cepos que tengo colocados en los arenales de Carbonero, cuando… tirones metálicos y soplidos felinos… –Nos mira, sonríe y dispara– ¡¡Ya está la rata en la lata!! La Villara envela, sujetando adrenalinas. Despacio, pequeña, que de ahí no se va…”.

La conversación se pone al rojo, ¿qué tiene Fausto en la mente? Se sabe el centro de atención, apura el chato, lo repone, acaba de liar un cigarro y, sonriendo, continúa:

“Para quieta Villara, vamos por arriba a ver si va a ser el zorrazo negro que tiene una cabeza como el Balarrasa (mastín de los Cheles, mayorales de ovino, que se había templado las costillas con una piara de lobos sobreviviendo malherido a la hazaña). Total, que anduve seis pasos, o siete, aparté unos brezos, que sabes que en la mano bajera abundan, y lo vi… ¡qué maravilla, qué animal!”.

Uno del trío verde, de ese que no seca el verano, exclama: “¿¡Qué era, por Dios, qué intriga!?”

Fausto le mira con los ojos llorosos, siempre los tiene así, o por el vino o por el lagrimal débil, pero lo miraba serio y sereno. Dio una calada al cigarro, otro trago de vino y, pasándose la palma de la mano derecha desde la frente a la nuca con aires de interesante, responde: “Pos qué va ser…“.

Casi les da un soponcio. “¡¡Siga usted, hombre de Dios!!”, decían.

Mira por el ventanal, como afilando la mente para no dejar detalles. O tal vez para pedir ayuda a la imaginación y añadir alguna coletilla debido a que la historia, mil veces narrada, siempre tiene que ser un poco diferente a la anterior… “En el brezal de la umbría estaba tendido, con la mano prendida en un cepo. Sí, un cerval, un auténtico lobo cerval –(lince)–. Su lomo moteado. Orejas respingonas acabadas en antenas. Rabillo corto. Mirada intensa… Pese a que entonces había muchos, no como hogaño que ya no se ven, a mí se me encogió el cuerpo. ¡Vaya animal, qué maravilla!”.

El biólogo se puso colorado, sorprendido por la sensibilidad de aquel hombre tan rudo. Le miraba encorvado sobre la mesa, de abajo a arriba, como intentado poner a aquel santo varón en un pedestal… Ensimismado comparte en alto: “Qué bonito tuvo que ser soltarlo… Porque lo soltó usted, ¿verdad?”.

Fausto se volvió de un respingo, suelta el cigarro, y rebota: “Hombre claro que le solté… ¡¡Pero dos tiros con la de los caños largos!!”.

Por M. J. “Polvorilla”

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