Entre Cotolles: ‘Pasado, presente y futuro de la caza del jabalí a traílla’, por Rafa González Muñiz

Llevo toda mi vida cazando con perros, los últimos veinticinco cazando jabalíes con perros de rastro, y estoy a años luz de tener todos los conocimientos, todos los datos. En ocasiones dudo si no será mejor olvidarme de lo que sé y profundizar en lo que desconozco, existe una máxima en la caza del jabalí con perros de rastro, el jabalí siempre te sorprenderá con algo nuevo.

En esta caza los mejores aliados del montero serán el perro, la experiencia y la paciencia. El perro es importantísimo, sin un buen perro jabalinero difícilmente conseguirás algo, y sin un buen equipo de perros de jabalí nunca alcanzarás ese peldaño reservado para los mejores.

En la actualidad existen un montón de seudomonteros que llevan media hora de cuerda y ya se consideran monteros excepcionales, monteros que tienen un perro que apunta alguna cualidad, que hay que potenciar, pero que, sobre todo, hay que corregirle muchos defectos y ya lo encumbran al olimpo de los perros extraordinarios.

Al final el tiempo y los lances errados les devuelven a la realidad. Ni el montero se hace en una temporada ni el perro de jabalí alcanza su plenitud por debajo de los tres años como mínimo. Los perros de jabalí en el norte de España suelen estar casi siempre en manos de los mismos monteros, aquellos que hablan poco, que no necesitan vender el producto, son sus perros los que hablan en el monte, los que demuestran con el trabajo diario sus cualidades. El buen montero sabe que los primeros cuatro años del perro son de sacrificio y los cuatro restantes son para disfrutar de su trabajo.

Recuerdo los primeros lances de la caza con el perro atraillado, eran tiempos de escasez de jabalíes y la modalidad de cazara traílla tenía su razón de ser, la influencia de la escuela cántabra llegó al oriente de Asturias y en pocos años empiezan a ser conocidos varios monteros y sus perros de cuerda, Lisandro, en Ribadesella, con un setter irlandés que cazaba de cuerda espectacular; Milio, el de Tospe, con ‘Pelayo’, primero, y ‘Rey’, después; Alvarín, de Llerandi, y ‘Buto’; Gerardo, el de Margolles y ‘Líder’, ‘Epi’ y ‘Paco’; Pepe Cuadra con algún perro de sangre francesa… Eran pocos, pero buenos; fueron los pioneros de la época.

Con el paso de los años llegó la expansión del jabalí y poco a poco los monteros asturianos de otras zonas empezaron a cazar con el perro atraillado. Así vamos conociendo al menos un montero que es referente obligado en cada zona.

Fueron pasando a un segundo plano extraordinarios perros que cazaban todo, en muchos casos líneas tremendamente cazadoras se perdieron, empezaron a llegar perros de Cantabria y la modalidad se fue perfeccionando poco a poco, buenos perros de traílla, espectaculares algunos de ellos, y nos fuimos alejando de aquellas líneas de perros que no eran muy expresivos de la cuerda, pero que, en cambio, eran capaces de mantener persecuciones sostenidas de muchas horas. La modalidad de caza con perro atraillado fue ganando adeptos y en todas las cuadrillas había al menos un montero con su perro de cuerda.

En este periodo también se hicieron populares las pruebas de perros de rastro, con aquella primera organizada por Eliseo López en Las Regueras, a la que siguieron muchas, convirtiéndose en referente obligado la Copa de Rastro del Narcea, organizada de forma magistral por Óscar, que se convirtió en el campeonato del mundo extraoficial de perros de rastro sobre jabalí. Hoy de aquello poco queda.

Las pruebas de rastro eran escasas, los perros que participaban eran perros de jabalí, que en muchos casos eran perros extraordinarios en el monte, y a ellas acudían monteros afamados, con muchas horas de monte y muchos lances vividos con sus perros.

Poco a poco están pruebas se masificaron, las juzgaban personas con buena intención pero con escasez de conocimientos, empezaron a utilizar como reclamo suculentos premios y así, poco a poco, se convirtieron en lo que son en la actualidad. Competición pura y dura, con nivel extraordinario de perros de concurso pero que en muchos casos, no son ni tan siquiera perros regulares de caza, los monteros que todos conocemos se fueron alejando de las mismas. En definitiva, se convirtieron en algo mercantilizado, pero muy alejado del perro de rastro y la caza. Son aburridas y carecen de un reglamento funcional, crónica de una muerte anunciada.

De la escasez a la abundancia

Le explosión demográfica del jabalí, con dinámicas poblacionales altas, nos invitaba a cambiar la forma de cazar, ya no era necesario tirar horas y horas detrás de un rastro, en muchos casos el que había en el área de caza. Pero el método ya lo habíamos aprendido, los resultados eran buenos, se emplazaban jabalíes, se abatían cómodamente, en echadas en la mayoría de los casos diminutas, donde los lances eran escasos en el tiempo, hicimos perros tontos, que tan sólo saben cazar colgados de una cuerda y con el dueño pegado a él, incapaces de mantener persecuciones sostenidas de unas cuantas horas, en definitiva, medios perros.

Muchos monteros decidieron cambiar, dejar la traílla como herramienta complementaria en la caza, en el adiestramiento y cazar a la antigua usanza, echadas largas, cubriendo los puestos claves, apostando en definitiva por la caza de calidad y, sobre todo, apostar por ver trabajar a los perros en circunstancias muy diferentes, aun a riesgo de abatir menos jabalíes.

Esto entrañaba riesgos, muchos, pues los defectos del perro cuando esta atraillado es fácil esconderlos, cazar con los perros sueltos no admite excusas, no hay justificaciones. Cuando soltamos el mosquetón vemos el potencial de cada perro, no hay excusas, no se puede vender humo, en esas situaciones es cuando de verdad se ve el potencial de cada perro.

Esto nos lleva a una situación curiosa, en la actualidad hay dos tipos de monteros: los ‘monteros de toda la vida’, los que no necesitan vender humo, contar películas, los que rara vez buscan justificaciones, en definitiva, aquellos monteros que no necesitan hablar de sus perros, que no necesitan de las redes sociales, sus perros hablan cada día en el monte. Y los ‘monteros de primavera’, aquellos que durante este periodo dan ‘recitales’ en el monte y después nos cuentan sus hazañas en las redes sociales, con vídeos infumables y comentarios esperpénticos que les retratan como monteros.

Además nos ilustran sus hazañas con fotografías de la magnífica genética y han puesto de moda los vídeos ‘perropornográficos’, donde estos ilustres ingenieros del rastro nos deleitan con las fotos de las montas, adornando esas imágenes con comentarios a los que responden los palmeros de turno.

El mundo al revés. Sin duda, muchos necesitan resetearse y olvidarse de lo que saben.

Una opinión de Rafael González Muñiz

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