Los siete magníficos

A Fernando López-Gamonal. Sobran las palabras.

Dicen que todo hombre tiene asignado un camino a recorrer mucho antes de nacer. Y que el jinete recorre su vereda con libre albedrío hasta que su destino le es revelado. En ese trayecto se aúnan y separan muchas otras veredas, de hombres y animales, de momentos y sentimientos. Y que llegado el instante, en un culmen, ha de decidir si quiere arriesgar a cambiar su estrella o acomodarse en lo pactado con la Providencia…

La inmensidad tiene nombre. Se llama Asia. Se define como cordillera. Y se culmina como Tien Shan. Y, para más inri, para echarle guindas al pavo y melones al carro, se le pone nombre de conquistador: el Khan Tengri. La cordillera más hermosa del planeta, la más astuta y caprichosa. Que no conoce de amores ni de odios, ni de alegrías ni de penas. Pero campa a sus anchas sin obedecer a nada ni nadie. Mata o da vida sin ton ni son. Sin razón. Y allá que vamos –volvemos– a bailar con ella, aunque nos saque un dedo, aunque baile con el más puerco de la fiesta y escupa en nuestro traje nuevo. A que nos bese en la frente y nos dé a la par un rodillazo en la entrepierna… así es el Khan Tengri  y –con esa inmensidad– Asia entera.

Subirás donde nunca hayas pensado que ibas a subir. Comerás lo que siempre juraste que no querías. Reirás por todo y llorarás por nada. Porque en esa caza eres la primera víctima. Y sólo con humildad y con las manos en los bolsillos a lo mejor te guiñan un ojo. Nada de llevártela al catre en la primera ronda de copas… Eso, ni en sueños. Cruza los dedos para que te mire de soslayo medio segundo y nunca más se acuerde de ti. Porque es la más guapa de la guateque, pero la más lista y maldita de las que campean por el mundo.

Están echados a algo menos de un kilómetro. Una suerte. Pero de ahí no se menean. Hay siete íbices superlativos. De los grandes, los mejores. Pero a un millar de pasos. O se arriman o nos comemos los mocos. Y así llevamos tres días, escalando una pared para verlos en el mismo lugar, parece que comen, beben y duermen en ese metro cuadrado. No hay manera de acercarse ni de sorprenderlos. Si son grandes es porque el destino así lo ha querido. Y esas barbas largas no se han tejido a base de imprudencias. Mañana habrá que intentarlo.

No están. No es posible. Pero allí no están. Los guías dicen que algo raro ocurre, algo fuera de lo normal los ha careado de encame. Hemos de subir más alto, al alto más alto que he gateado en mis veinte catorce primaveras. Qué ha ocurrido. Los siete magníficos han huido sin decir adiós, hasta nunca o hasta siempre. Como el humo, esfumados. Me lo dice el serpa con sus ojos achinados: hay que subir. Alarmado cuestiono ¿al glaciar? Sus ojos me contestan. Negativo, respiré aliviado. Mira más alto, no es al glaciar… es por encima del glaciar… y ahora mismo estamos a 4.500 metros… y ese pico dista a medio millar de metros más verticales. No hay opción, o subimos a equivocarnos o no tendremos opción de meter la pata. Porque nadie asegura que allí se encuentren…

Estoy mareado. Mis pasos son torpes y mi aliento débil. Qué coño pinto yo aquí, fuera de mi pueblo, de mis caballos y mis miserias. Subir para que no estén. Jugarte el tipo por un cortado que no deshiela ni en el estío. Hay una posibilidad entre un millón en que los encontremos al otro lado. Los lobos, los osos o la mala conciencia los han movido de allí. Polvorilla date mus. No puedo continuar…

Qué hermoso es eso de ir el último, que tu guía se adelante y, al asomar, te mire serio, prudente, y con el idioma de los que no hablamos nada, te diga: ahí están, lejos, pero están. Estos asiáticos son buenos observadores, pero les falta el instinto de disparar mientras te salta la tierra a la cara. Estos son de mandar balas al infierno, pues las armas sueltan rayos a un kilómetro… pero los extremeños somos de matar a distancia de cuchillo, por eso poco fallamos…

Están bajo el glaciar, en la umbría del techo que estoy visitando. Van de careo, inquietos, hacia un callejón a nuestra izquierda. Tengo que llegar allí, como sea. Las oportunidades nunca se pierden, porque alguien siempre las aprovecha. O ellos o el que firma. Y no he venido a este cielo a vender barata mi derrota. Miro el aire, compruebo las botas y me lanzo precipicio abajo a ocupar ese callejón donde tienen que pasar para cruzar el valle. Los serpas no entienden qué hago, pero estoy seguro, me juego el pecho, a que por allí van a pasar.

Agazapados como tejones, seguro quitado, dedo en el gatillo y cruz puesta en esa colada, a un ciento de metros, donde rezo para que pasen… Los minutos corren, los guías se desesperan, por una vez marco la tranquilidad del grupo con mi rosario enganchado a la muñeca… oigo piedras que ruedan… un guía situado en un alto lejano, que chiva la que acontece, mueve su mano diciendo que el encuentro es inminente…  Meto la ceja dispuesto a romperme la frente con tal de mandar un trallazo… Asoma el patriarca de aquel imperio…

Dicen que el destino de cada uno está escrito antes de nacer… pero también escuché que el camino se hace a cada paso, con cada riesgo y ventura… O que a veces la valentía y la inconsciencia son una misma virtud o defecto porque llevado al extremo nada los separa…

Qué tendrá el agua cuando la bendicen. Aquellas sierras cuando te atrapan. Aquellos cortados que te matan con solo mirarlos, huyes de ellos y, al sortearlos, quieres volver a pasar…

De camino al campamento se desveló nuestro misterio. El serpa se arrodilló junto a la nieve del glaciar, posó sus dedos en una huella y, sonriendo, me dijo: “snow leopard”.

En silencio, con pasos cansados, seguimos caminando.

Por M. J. “Polvorilla”

 

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