‘Niebla’, por M. J. Polvorilla

Qué arpía. Granuja. Pérfida, hermosa y malvada. Más ramera eres que todas las que rondan la mala suerte. Porque no dejas ver, pero dejas oír. No dejas descubrir, pero sí ilusionar. No dejas disparar… pero sí dejas cazar…

De todas las que existen, cuantas adversidades campean por nuestro mundo cinegético, es la niebla la única que te puede atrapar de tal manera que no permita soltar colleras antes del medio día. El agua te limita, el frío te destroza… pero la niebla te anula por completo.

Hemos sacado armadas en tiempo… Los perros están listos para dar puerta a los punteros. El caballo resopla, mirando un manto blanco que apenas deja ver. No corre el aire, el sol calienta muy lejos sin fuerza ni tesón… Esta bruma montuna tiene pereza por dejarnos. Se oyen carreras y algún puesto tiene la oportunidad de mandar una bala sin peligro en un claro de esta barrera invisible. Me siento mellado en una barbacoa, enfermo en una fiesta, castrado en un burdel.

La dama de blanco nos tiene jodidos. Está bailando en la pista y nadie más puede marcarse un tango porque tiene a todo y todos obnubilados. La niebla te abraza, te seduce, te desorienta… Hasta te moja y sientes su caricia como una mano que te roza y te besa la frente como diciendo: conmigo bailarás pero no me tocarás… Hay que soltar, el día avanza y muy lentamente se quiere abrir. Hay que soltar y que los rezos mañaneros tengan su fruto para que esto levante, se abra la vista y los monteros sean todo lo prudentes que tienen que ser.

Mi caballo resopla, van a dar las once. No me aguanto… Está la mancha montada, las sueltas dispuestas y todo desde hace media hora… Miro al cielo, adivino un sol muy lejano que me lanza una sonrisa, como poniendo a prueba una paciencia que sabe que no tengo… Oigo la radio de mi socio, se ha abierto un claro en los valles… Y con el sol alto, los collados estarán listos en pocos minutos. Suena gloria celestial en la radio, la mejor noticia que podía escuchar: “¡¡Suelta!!”.

Mi gente, fiel y guerrera como todos los que no soportan la espera, tiraron del cerrojo de los camiones al escuchar la orden: “¡¡Perros al monte!!”.

Por M. J. “Polvorilla”

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