Todos contra nosotros

images_wonke_opinion_alberto-nunez_alberto-nunez-seoane-foto-portadaRecibo una comunicación del Safari Club Internacional en la que me avisan de la nueva normativa que se está gestando en Bruselas ante la pasividad de Federaciones de caza, asociaciones, colectivos y plataformas cinegéticas. La Unión Europea pondrá en vigor, a finales de este año o comienzos del que viene, la prohibición de importar a cualquier país de la Unión, trofeos de rinoceronte blanco, león, elefante, hipopótamo, argalis y oso polar; sin un certificado emitido por “la autoridad en vida salvaje” del país importador.

¿Alguien me puede explicar cuáles van a ser los criterios que la “autoridad” –supongo que en España será el Ministerio de Medioambiente, supongo…- va a aplicar para emitir, o no, el nuevo certificado? ¿Alguien me puede decir porqué ninguno de los organismos que representan a los millones de cazadores que somos, ha sido consultado –hasta donde yo sé, así no ha sido- sobre esta cuestión? ¿Alguien me puede convencer de que no seguimos siendo la última mierda de la cadena? ¿Alguien me puede sacar del abatimiento que me produce comprobar cómo la sinrazón, discriminatoria y exclusivista, impuesta por unos mamarrachos es la que marca la pauta?

Viendo, hoy domingo 9 de Noviembre, lo que estoy viendo en este país, la verdad es que no debería extrañarme de nada. Las puertas se siguen cerrando, una tras otra. Las alternativas se van reduciendo, lenta pero inexorablemente. El futuro, próximo, medio y lejano, se difumina entre una pestilente bruma inconsecuente, falsa y verdosa. Casi no queda esperanza, aunque siempre me han dicho que es lo último que se debe perder, para evitar el desastre que, en forma de diluvio de estupidez, ignorancia y fanatismo –los colocan en el orden prioritario que deseen,- terminará por llevarnos a todos, los cazadores, por delante.

La caza menor, la están dejando tan “menor” que apenas si es, y terminará por no ser. La mayoría de los Parques Nacionales, se pudren en medio de la consanguinidad, del excesivamente monstruoso número de ejemplares y de la mala gestión de sus rectores, sin que el Gobierno haga otra cosa que bajarse los pantalones –ejercicio que no le produce agujetas por la cantidad de veces que lo han practicado- ante grupos de papanatas teñidos de verde.

Las normativas asfixian a los propietarios de cotos, a los organizadores de cacerías, a los realeros, a las asociaciones de cazadores y al cazador individual, sin que las mil y una federaciones responsables de la caza monten el pollo que se debería montar. Aquí no pasa nada, nunca pasa nada, y dentro de pocos años, nada podrá pasar porque nada quedará.

Llevamos meses esperando que la ministra de Medio Ambiente tenga a bien concedernos una cita parar hablarle de la situación de la caza y de los cazadores… ¡nada! A los fanáticos pintados de verde los recibió la semana siguiente a su nombramiento, pero, aquí, ¡no pasa nada!

La cerrazón de la Administración, la falta de diálogo, la flagrante discriminación, la incomprensión y la injusticia que padece el mundo de la caza y los cazadores, está próxima a poderse calificar como atentado contra los derechos fundamentales de los ciudadanos que somos, pero sigue sin pasar nada, ¿qué va a pasar?, ¡si no pasa nada!

Da igual que movamos miles de millones de euros cada año, da igual que nuestra contribución sea indispensable para el mantenimiento del equilibrio ecológico, la biodiversidad y la sostenibilidad de la fauna y la flora, da igual que creemos riqueza, puestos de trabajo y futuro para las zonas rurales, ¡todo da igual!, porque cuando uno prejuzga, cuando uno sólo hace caso de quien más ruido hace, sin atender a razones, cuando uno se mira sólo a su orondo ombligo, cuando uno no quiere ver, ni escuchar, ni pensar; dos no se pueden poner de acuerdo.

Fuera de altisonantes discursos, de vanas palabras y de huecas promesas, todos están contra nosotros.

Y, en realidad, si les preguntas, no saben ni siquiera por qué.

 

Por Alberto Núñez Seoane.

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