Angustia

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Acojonante, ni un rabo ni una pata… Nada. Ayer fue un desastre, un aire fuerte, peleón, niebla, frío… Ayer fue el día perfecto para destetar hijos de perra. Ayer mi caballo se desquició; con él, mis perreros, los monteros… Ayer a las 13:00 horas estábamos camino de las lentejas porque, simplemente, la mancha se había vaciado la noche de antes. Sí, hueca. Cuatro ladras y dos agarres. Ni para una caldereta. Na.

Pero hoy la cosa pinta mejor porque cazamos una solana fuerte. El aire ha venido gallego, se ha templado un poco el ambiente y parece que los marranos están donde tienen que estar. Hemos colocado pronto. Desde el sopié voy a lomos de Asesino, agarrado al mosquero duro y gallardo, pues sabe que la mancha –esa solana– es áspera como el lomo de un erizo. Y a ella que vamos a meternos. Cueste lo que cueste. Porque hoy tenemos que salvar los muebles. Hoy están en juego muchas cosas, entre ellas, el honor. Y mi jaco lo sabe.

Doy la orden. Perros al monte. Canes a reventar esa sierra. Lentiscos, jarales, charnecas, acebuches, aulagas… La misión es clara: lo que haiga, tiene que salir. Manos igualadas, guías espabilados… Tomo la emisora: paso corto, vista larga y mala leche. Hasta el caballo resopla. Ni una ladra… Me tiemblan las venas del cuello… La espuelas no mecen… Estoy frío como el día, helado como la escarcha de las cunetas… y con la incertidumbre de que no pase lo que está pasando…

Ha pasado una hora. Ni un tiro. Ni una ladra. No puede ser. Es imposible. Esta solana cuando no tiene cien, tiene doscientos… El perrero de la mano baja me nota inquieto. Sabe que el jinete guarda la compostura, pero el caballo es incapaz de esconder los sentimientos de su amo… Dios, qué pasa aquí. Nos la han liado… Verás tú qué sofocón… Me abro los botones de la camisa. Me cuesta respirar. Angustia.

Pasamos la primera raya… agua. Ni un raposo. Su puta madre… Los perros andan inquietos, pero no levantan nada. Cierto es que el aire no nos deja oír, que la sierra hace rebozo, que si hay tres piaras nos alegran la montería en un santiamén… Pero allí hay rastro, pero no quién lo produce. Me agarro a mi medalla de la Virgen de Guadalupe desesperado. Salto al sopié para ver las manos de los perros…

¿Qué haces, loco? Asesino escarba, engalla, se descompone. Han llegado dos perros de la rehala, parece que el caballo al verlos barrunta algo, se pinga de manos. ¿Qué te pasa, loco? Mi caballo me pide algo, algo que yo no entiendo. Le suelto rienda y que me lleve… Salimos volando bajo… Los perros amparan sus corvas…

Anduve doscientos metros sopié adelante. De camino oí la algarabía: un agarre tremendo. Vamos, amigo, que yo te sujeto la rienda y te apoyo con las piernas… Eres lo mejor que tengo y lo mejor que tendré… y al agarre que me lleva mi fiel alazano.

Hay un lentiscal de colores, una ventisca que hiela el aire y un follón de la madre que me parió. Deben llevar un rato de brega, pero con el día, no nos enteramos. Perros rajados vienen a ampararse en el caballo. El cristo está en una maraña que raja con verla. Mi montura se detiene junto al monte, se cuadra, parece decirme que de ahí para arriba es cosa mía. Hay muchos perros, una batalla campal y en ese terreno Asesino no tiene defensa… Riendas en la perilla, desmonto y subo a gatas por un caño del agua directo al alboroto. Los perros que venían conmigo me adelantan, como protegiéndome. Me meto en un infierno del carajo donde perros chillan, un guarro embiste y hasta siento bufar en la distancia a mi caballo que no pierde detalle. Desenfundo con no pocos esfuerzos, perros y vahos no me dejan ni moverme ni respirar, estoy en un zarzal tremendo… Distingo su piel, me agarro a su cuerpo y le meto el acero hasta los gavilanes…

Voy camino de la casa, son las cinco de la tarde. Y soltamos a las diez y media. Mi caballo está reventado; su jinete, también. Las manos sajadas, la voz ronca, décimas de fiebre y fatiga monumental. No puedo estar más feliz. No paro de recordar que pude cobrar el cochino más grande de la mañana gracias a Asesino, caballo valiente, y tras ese lance se despertó una sierra que andaba amagada, con disparos, ladras y locuras, llevándose la angustia, el bochorno y la desazón con los aires gélidos que nos azotaban la cara… Porque con el atardecer salió el sol, se echó el aire y Dios quiso que tuviéramos un premio al esfuerzo incesante.

De pronto, aparecieron los dos perros de la mañana, cansados pero dispuestos a acompañarnos a la cuadra. Llamé por radio a su dueño para que lo supiera. Me respondió: «Quieren darle las gracias al caballo». Y juntos nos retiramos hasta la próxima temporada…

Un hombre podrá engañar al mundo, a su pasado, a su presente y a sí mismo. Pero nunca a su caballo.

 

Por Lolo de Juan 

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